Secretos, detalles íntimos, confesiones escatológicas, verdades horribles y un regreso recurrente a la adolescencia. De esto se trata. No parece muy tentador, pero es lo que hay. Al día de hoy existen 39 artículos en esta sección de
Orsai.
Aquí un resumen de cada uno:
Son las cuatro y mi hija acaba de tener una pesadilla. Se despertó llorando y me contó el sueño mientras hacía puchero. Yo escuché la historia, le acaricié la cabeza y la tranquilicé. Mientras me describía al protagonista de su pesadilla intenté que no notara mi angustia. Ella no tiene edad todavía para entender mi sobresalto. Ahora que ha vuelto a quedarse dormida, ahora que el desvelado soy yo, voy a intentar contar la historia completa. Hace mucho que no escribo, quién sabe cómo saldrá.
Tengo infinidad de recuerdos infantiles alrededor del tema. Elijo uno al azar. Una vez, en un recreo, alguien notó que yo tenía tetas. Y otro, que estaba en el mismo grupo, dijo: “Tenés suerte, Gordo, podés tocar una teta cuando quieras”. Me lo dijo de verdad, no era un chiste. Esa mañana yo tenía siete años y estaba enamorado de Paola Soto. A la noche me miré al espejo y me pregunté cómo era posible tener más tetas que el amor de mi vida. No me pareció bueno experimentar el romanticismo en desventaja.
Una serie de situaciones (gratas) provocaron que el mes pasado haya escrito poco en mi cuaderno. Es verdad que no redacto estas páginas para nadie, pero también es mentira: suelo andar por la casa con más soltura si el último relato de
Orsai está en sintonía con una fecha cercana. Será que al publicar un texto nuevo dejo de sentir la espera ajena, o que necesito escribir por superstición amateur, para que esto no deje nunca de ser un hobbie. Sea por una cosa o por la otra, hacerlo me tranquiliza; me pone en orden.
Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.
La última vez que estuve en Buenos Aires fue hace cinco años. No existía la Nina, ni yo sabía qué cosa era un blog. Estuve allí veinte días en los que, sin saberlo, abracé a mi abuela Chola por última vez. También conversé con gente que quiero, padecí a Racing en directo y pisé Mercedes. Llegué a Ezeiza con un presidente y me volví a Barcelona con otro. Al regresar pasaron dos cosas, al mismo tiempo, que abrieron un círculo en mi vida: empecé a escribir unos cuentos en internet y Cristina me dijo que estaba embarazada.
Dos veces, y no una, mi abuelo materno me ayudó a ser un escritor. Y las dos veces su intención fue convertirme en su títere. Ahora que el hombre ha muerto soy capaz de escribir sobre el asunto con menos tacto, y puedo recordar —creo que sin rencor— el año surrealista que viví en su casa de San Isidro, esas noches en las que él me encerraba en la cocina con candado para que no saliera al patio a fumar; o las otras noches, todavía peores, en que revisaba mis cuentos y me tachaba con lápiz rojo las ideas inmorales.
La noche anterior a cumplir 25 años supe, de un modo fatal, que estaba a punto de dejar para siempre la juventud, y entonces le pedí a Chiri un favor muy grande. “Es posible que en breve tenga que cambiar de opinión sobre muchas cosas”, le dije, “por eso necesito dejar constancia de esta época”. Lo que le pedí era tan absurdo que no pudo negarse: yo necesitaba que él me hiciera tres entrevistas de doscientas páginas cada una, la primera a los veinticinco, otra a los cincuenta, y la última a los setenta y cinco años.
A las bromas telefónicas las llamábamos ‘cachadas’ y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.
El 8 de septiembre de 2003 me apuntaron con un arma por primera vez en la vida. El caño me tocaba la frente, no de lleno sino de costado, y nunca supe si la pistola tenía balas. (Tampoco quiero saberlo ahora.) Me había enterado unos días antes que Cristina estaba embarazada, y en eso pensé mientras era encañonado. Pensé en un hijo sin padre, en una viuda con panza, en un tipo de treinta y dos años desangrándose a quinientos kilómetros de casa. Y también me acordé de un chiste; un chiste muy malo.
No es bueno escribir enojado. Lo mejor es ducharse con agua tibia o pegarle patadas a un almohadón; sólo entonces, escribir. El problema es que acabo de hacer todo eso y sigo enojado. ¡Mierda! Ahora son las cuatro de la mañana del lunes. Hace unas horas, cuando todavía era domingo, tuve la mala suerte de encontrarme, en plena Barcelona, con un caradeforme. No es la primera vez que veo uno, pero sí la primera que no logro esconderme a tiempo. ¡Mierda, mierda! Estoy caliente como una pipa. (Ustedes perdonen.)
No hace mucho tiempo cayó en mis manos el original de mi primer cuento. Esos papeles mecanografiados solían estar, doblados en cuatro partes, en unos cuadernos Rivadavia tapa dura donde mi mamá guardaba moldes viejos del
Para Ti, fotos de mi hermana cuando era chica y tickets de supermercados que ya no existen. Eran tiempos de inseguridad literaria, y yo quemaba mis papeles cada dos o tres meses. Si todavía queda alguno vivo, es porque Chichita me los robaba del cajón y los resguardaba de mis fantasmas pirómanos.
Hace seis años yo vivía en una casita alucinante, en miniatura, que parecía el decorado de una sit-com. En realidad lo era, porque me la alquilaba un alemán que había trabajado durante veinte años como escenógrafo de Canal 13, y la había puesto a punto con sus propias manos. Era todo chiquito y placentero, y tenía una barra de madera que separaba la cocina del comedor. Y taburetes. También había un jardín, con un horno de barro y una parrilla. Y no tenía Internet. Hace seis años mi vida era la prehistoria.
Desde los tres años de edad empecé a desarrollar una patología muy extraña, casi perversa, fruto de algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué hacía aquello. Nunca lo supe, pero tampoco era capaz de evitarlo. Lo que me ocurría podría definirse como un
tic, pero no lo era. Podría excusarse como una gracia infantil, pero tampoco era eso. Me pasó durante años, y lo sufrí en silencio hasta hoy, que lo diré en público, a pesar de que todavía me causa un poco de vergüenza recordarlo: en la infancia yo arruinaba las fotos. Todas las fotos. Y nada ni nadie podían detenerme.
Todos los esfuerzos que hice en la vida para que Roberto Casciari no me creyese puto acaban de desvanecerse. También se han hecho trizas mis posibilidades de ser un escritor serio. He perdido la oportunidad de ser un hombre y de ser un intelectual. Y todo ha ocurrido hoy, qué día más negro. Esta mañana vinieron unos fotógrafos y me disfrazaron de Mirta Bertotti para salir en la revista dominical con mayor tiraje en España. Me pintaron los labios, me compraron un vestido floreado, me pusieron una peluca y me obligaron a planchar y a hacer cosas de señora.
El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marchatrás con el auto. Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.
Esta historia me encanta: el Chiri y yo estábamos en mi pieza de arriba escuchando Pescado Rabioso o algo de eso, mientras promediaba el año 88. Nos habíamos escapado de la clase de gimnasia, y era una tardecita intrascendente de junio. Entonces, a la mitad de
‘A Starosta el Idiota’, suena el teléfono. Atiendo y del otro lado alguien dice un color y un apellido. Me pongo pálido. Tapo el auricular y le digo al Chiri, asustadísimo:
“¿Sabés quién llama? El Negro Sánchez”.
Nunca jamás en la reputísima vida caímos en la vulgaridad de festejar el veinte de julio. Es más, en las épocas en que el Chiri y yo nos pasábamos las tardes juntos, nos inventábamos una excusa para desencontrarnos durante los días del amigo. Nos daba vergüenza tener que decirnos “feliz día”, caer en esas extravagancias que se dicen los maricones. Con los cumpleaños nos pasaba más o menos lo mismo. Pero con los veinte de julio muchísimo más.
Estamos en 1980. Tengo nueve años y soy adicto a las figuritas
Reino Animal. Si llenás el álbum te ganás una pelota de cuero. Yo quiero esa pelota, con gajos negros y blancos, que está colgada en la vidriera del kiosco Pisoni. Por eso compro figuritas. Compulsivamente. Cada billete que llega a mis manos, cada moneda, voy y compro paquetes de cinco figuritas. Los abro con nervios, porque me falta solamente una, la 64. Me falta la tarántula. Nombre científico,
eurypelma californica.
Vamos a ver. Dejame que haga memoria. Esto que te voy a contar pasó hace casi quince años, en Buenos Aires. El kiosco estaba en Santa Fé casi esquina Cerrito. Un drugstore, toda la noche abierto. Vos venías de Alexis, haciendo zigzag y hablando solo. Un borracho más a las dos de la mañana, pensamos nosotros. Los ojos colorados, media sonrisa. No me acuerdo qué nos pediste: cigarrillos, lo más probable.
—Tome asiento, Casciari —me dice Gravinsky cuando entro a la consulta, y revisa con rapidez la libreta donde apunta mis cosas—… El jueves pasado usted me decía que prefiere darle la razón a todo el mundo, que le huye a las confrontaciones intelectuales. ¿Es correcto?
—Sí —le digo—, más o menos era eso. Como si tuviera agorafobia, como esa gente que tiene miedo de salir a la calle, pero en el terreno de las ideas. Me rompe mucho las bolas discutir. Ya no discuto.
La primera vez que pensé en el futuro fue una tarde de invierno de 1978, en la platea de la cancha de River. Paolo Rossi acababa de convertirle un gol al seleccionado de Austria. Era la primera vez que yo estaba en un Mundial, y la suerte había querido que fuese en casa. Me resultó conmovedora esa fiesta de los ojos, todos aquellos gritos y colores, y le pregunté a Roberto Casciari cada cuánto tiempo habría mundiales en la vida. Me dijo que cada cuatro años, y empecé a medir mi historia con esa vara.
No sé si hay un nombre para los que tenemos este vicio, pero por las dudas lo invento: yo soy cuaternófilo (si a
don Víctor de la Concha le parece bien, aquí le dejo la
ficha para que la incorpore). Los cuaternófilos somos tipos que entramos a una librería comercial —o papelería— a comprar sobres, por ejemplo, o a hacer dos fotocopias, y en lugar de eso nos quedamos una hora y media mirando cuadernos mientras se nos cae la baba en el mostrador.
Yo creo que hago todo lo necesario, carajo. Y más. Abro el Clarín todas las mañanas a las ocho. Miro el partido del viernes; también entreveo, medio dormido por la diferencia horaria, el partido del sábado; y me siento en el sofá con una Quilmes en la mano a mirar los dos clásicos del domingo. Hago todo lo que hay que hacer.
Mi relación con las chicas que te quieren vender cosas por teléfono empezó hace un par de años, y fue un comienzo descorazonador. En Argentina estos llamados no eran una plaga (como lo son aquí) y yo no estaba acostumbrado a reaccionar. Entonces, la primera vez que me quisieron vender algo puteé a la operadora de arriba a abajo y colgué, como dios manda. Error: a los dos minutos la chica me llamó de nuevo, y estaba llorando.
Cuando cumplí ocho años, Roberto Casciari me lo puso bien claro: "O tomás la Comunión o vas a Rugby", me dijo, "pero no te quiero los fines de semana durmiendo hasta las doce". Para la Comunión había que hacer un curso los sábados a las 10. Para ir a rugby, también. Las dos cosas eran con pantalón corto y no había que usar el cerebro, por lo que me costó decidir. Hoy hubiera optado por ser católico, pero en la infancia uno siempre se equivoca: elegí ser rugbier.
El dolor físico es incómodo. Igual que esos tipos que te hablan de sus dramas todo el tiempo. Uno cambia de mesa y el tipo te sigue. El dolor también. Tratás de no prestar atención y el tipo te habla más fuerte. El dolor igual.
Durante mi ausencia, un grupo de comentaristas rebeldes y una máquina escupespam intentaron, con todas sus fuerzas, convertir Orsai en un nido de ratas. Esta anarquía me hizo acordar a las épocas en que mis padres se iban a Mar...
En media hora me tengo que ir vacaciones. Voy a estar un mes panza arriba en el Mediterráneo. Voy a vivir en una casa rodante. Voy a comer pescados sacados del agua por mí. Pescados que conocí vivos, que vi sufrir y que maté yo. Voy a andar en patas. Voy a mirar alemanas en tetas. Voy a jugar al scrabel a la intemperie. "Me alegro, Casciari, ¿estás contento?" No, estoy enojado.
Las entrañables borrachitas de mi época eran mucho menos que las de hoy en día, pero mil veces más constantes en periodicidad de consumo. Y es que, para mi modo de ver, la mujer borracha, cuando es joven y está al aire libre, es mejor que casi todas las cosas sobrias que existen.
Hace poco rescaté de la basura una Léxicon 80 flamante y pesada. Había cuatro, esperando que pasara el camión de la basura, pero sólo me traje una para que Cristina no me tomara por loco. Si hubiera vivido solo me las traía a todas, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.
Creo que vuelvo al amanecer con gripe, que no hay escuela, y entonces me quedo en la cama a descubrir la televisión matutina, que es muy rara: primero Telescuela Técnica, después las Manos Mágicas y a las once Patolandia el programa feliz. A dejarme poner la bolsa de agua caliente en los pies. A eso creo que vuelvo cuando voy. Pero también a otras cosas.
Sí. Yo escribía poesía en mi adolescencia. Sonetos y verso libre. Escribía muchísimos poemas de diversa índole, y los escondía con habilidad para que mi papá no me pensara poco hombre. Siempre tuve mucho cuidado de que Roberto Casciari no sospechara, por eso hice rugby, básquet, tenis, voley y cualquier cosa con pelota, durante sacrificados años.
Una madrugada de los años noventa el ascensor de mi departamento de Almagro se quedó entre el tercero y el cuarto, y tuve que salir por el hueco junto a otros dos pasajeros. Del lado de afuera, el portero nos decía que lo hiciéramos sin problemas, que no habría riesgos. Y entonces descubrí mi fobia a partirme en dos y me paralicé de terror.
Después de la verborrea del viernes, tuve hace un rato una segunda oportunidad en Radio Continental, con Alejandro Apo, en la previa del partido de River. Como me recomendaron mis amigos, esta vez mientras esperaba la entrada me fumé un cuarto de porro, y puedo jurar que todo fue igual de desastroso. La ventaja es que esta vez no me importó.
Siempre intenté imaginarme a Borges, la mañana del 2 de abril del 82, haciéndose leer los titulares de la prensa del día. No me resulta muy complicado sospechar su desconcierto, su primera ironía verbal, su posterior desconsuelo. Un hombre ya viejo, ciego, amante confeso de Inglaterra y de Buenos Aires, enterándose de la guerra entre sus pueblos.
Una vez cada tantos meses extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran explicación.
Yo también después de reventar costuras y volverme loco tras una crisis marca cañón, agarro mi bolsito Dunlop y me pongo a hacer dedo en la ruta para llegar a una ciudad nueva, en la que nadie sepa quién soy. Como mi amigo Bill Bixby, experto en crisis y gran comprador de camisas leñadoras. El hombre entra en crisis por una mujer, por desgaste profesional, por falta de vocación o porque lo aplasta la intrascendencia del universo. Particularmente sólo probé las dos primeras.
Cuando estoy mirando una película de Kiarostami, o de Kurosawa, o de Tarkovsky, y hasta incluso de Bergman, muchas veces no tengo la menor idea de si me están contando una cosa que allá, en sus países, pasa todo el tiempo, o si es una metáfora poética, y en ese caso una metáfora poética de qué corno.
A los doce años yo pensaba en la muerte con lejanía y por placer. Y pensaba en los ríos nocturnos que tenían un nombre con consonantes dobles. Había un perro en mi casa, y yo quería que él me hablara y me contara una historia de su vida anterior a mí. También quería encerrarme a oscuras con una manzana y ver cuánto tardaba en morirme de hambre. Lo cierto es que estaba a punto de escribir un cuento, pero todavía no sabía qué decir.