Textos complicados y muchas veces reveladores sobre nosotros como grupo humano complejo y estúpido. Hay algunos textos interesantes, pero la mayoría son boludeces. Al día de hoy existen 40 artículos en esta sección de
Orsai.
Aquí un resumen de cada uno:
La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una campana extractora de la marca
Balay, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten:
ficción publicitaria, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.
Dos veces a la semana suena el teléfono en casa, o el timbre, y del otro lado aparece un encuestador. Cada vez hay más y se presentan mejor preparados. Con el tiempo, han aprendido a ser inmunes al
NO. Saben minimizar las excusas y están por todas partes, mendigando quince minutos de nuestras vidas. Si un día la Tierra padeciera un conflicto químico que aniquilase todo —plantas, animales, gente— seguirían sonando los teléfonos por la mañana. El encuestador es la nueva cucaracha del mundo.
Salir de casa para cenar con gente implica una serie de actividades molestas: bañarse, vestirse, perderse un partido de la Eurocopa, comprar un vino caro, sonreír dos horas sin ganas, a veces tres. Que te acompañen por las habitaciones para que veas una casa que no te importa. Dejar a tu hija con los abuelos, extrañarla. Cenar sin tele, sin cocacola, comer ensalada de primer plato, no desentonar, no fumar si no hay ceniceros a la vista. Muchísimo menos sacar la bolsita feliz. Son demasiadas cosas para la edad que tengo.
Una tarde de 1990 fui a tomar la leche a la casa de un muchacho que se llamaba Diego Grillo Trubba. No me acuerdo bien por qué, pero en la reunión había otra gente y el asunto tenía que ver con la literatura. Fue la única vez que vi a ese chico en mi vida, y después pasaron casi veinte años. Hace unos meses reapareció su nombre en mi casilla de correos: el mismo muchacho, ya grande, me invitaba a participar de una antología de cuentos que hoy publica Mondadori (sólo en Argentina, creo) y que se llama
Uno a uno.
Menos la cama, todo ha mejorado en este mundo. Antes cocinábamos la sopa haciendo fuego con leña, ahora metemos el tazón directamente al microondas; hace medio siglo podíamos tener hasta cincuenta
longplays en casa, hoy tenemos quinientas discografías completas en el bolsillo; ayer íbamos a los sitios a caballo y tardábamos meses en llegar, ahora nos movemos en aviones y en tren bala. Todo lo que nos importa ha evolucionado menos la cama, la cama no. Dormir sigue siendo la misma mierda desde el siglo once.
En Argentina no idolatramos por mayoría absoluta. No existe personaje adorado por muchos que no soporte un contrapeso importante de descrédito. Maradona, el Che, Eva Perón, Charly, Borges, Monzón, incluso Fangio. Cuando alguien los nombra con amor, siempre hay otro que salta con un pero, con una chismografía, con una bajeza. Nuestros ídolos suelen ir a
ballotage; ganan nuestro corazón o lo pierden, pero siempre en segunda vuelta. Hasta anoche. Ayer, por fin, se nos ha muerto alguien por unanimidad.
Señor autor, me desagrada que utilice en sus textos, y tan a la ligera, la palabra ‘boludo’, pues se trata de una dolorosa enfermedad que no tiene nada que ver con lo que usted quiere representar. Mi marido tiene las bolas muy grandes pues padece de macroorquidismo, y sin embargo es un ser cariñoso, elegante y con un cociente intelectual elevado. Por supuesto, mi queja incluye también las voces ‘pelotudo’, ‘hinchabolas’, ‘bolastristes’ y otros calificativos derivados de las afecciones andrológicas comunes.
Los argentinos y los españoles habitamos en las dos puntas más extremas de la cuerda psicoanalítica. Nosotros vamos al psicólogo sin prejuicios y en masa, como quien concurre a la matiné de los domingos; ellos lo hacen con gafas de sol y a escondidas del barrio, como quien decide ir por primera vez a un cine porno para ver una cinta chancha. Y ni siquiera. En realidad no conozco a ningún español que vaya al psicólogo por propia voluntad. Suelen llevarlos los parientes cercanos cuando huelen el suicidio o la debacle.
En la vidriera de
Dolce & Gabanna hay carteras pequeñas, de piel, a 800 euros. A unos metros, en la vereda, un marroquí vende unas idénticas por 15. Como las carteritas de dentro y las de fuera tienen el mismo color, el mismo diseño y el mismo logo, por la tarde llega la policía. En un mundo sensato meterían preso al vendedor que no tiene escrúpulos. En este mundo, en cambio, se llevan esposado al marroquí, por molestar a los nuevos ricos con una realidad escandalosa: el verdadero precio de las carteras.
Toda mi vida he asociado la noche de reyes con un olor y un sonido. A las madrugadas del cinco al seis de enero, como toda criatura ansiosa, yo no las dormía sino que las soportaba en vela, conteniendo la respiración e intentando escuchar los pasos de los camellos sobre el mosaico. En la oscuridad de la noche, sin embargo, solamente se podía distinguir el runrún del ventilador. Ahora ya soy grande, pero cada vez que me despierto con el ventilador prendido, el corazón me late como si al lado de mis zapatos pudiese haber regalos.
El macho español observa con estupefacción y extrañeza a dos amigos argentinos besarse en el momento del encuentro, o a la hora de la despedida; lo he notado muchas veces. El beso masculino es, para ellos, inaudito; tan espantoso como llorar en público. Que una boca de hombre roce la mejilla de otro hombre no les tiñe la vista de representaciones homosexuales, sino de algo peor: les genera una sensación de vértigo, de asquete, de intimidad imposible. Besarse es, para ellos, como hablar de caca mientras se cocina una
mousse.
Seis de la tarde en las oficinas eBay de Londres. Karen Thompson se acaba de fumar un porro a escondidas y ahora está jugando al solitario en su monitor gigante. Quería ser escritora, pero el destino la convirtió en redactora de gacetillas para un portal de subastas. La vida, a veces, es una mierda. Ahora Karen se pasa las tardes en blanco, en ocasiones se masturba en el baño para discapacitados, en ocasiones no, pero al final del día ha escrito tres mentiras potables. Desde que fuma, sin embargo, está perdiendo realismo.
Colecciono imbéciles más o menos desde 1993. Los cazo, los catalogo, los estudio, los rotulo y los guardo con mucho cuidado. Hay quien colecciona mariposas, o estampillas, o primeras ediciones. A mí me gustan los imbéciles porque son más baratos que las estampillas, y más fáciles de conseguir que una mariposa. Para cazar un imbécil solamente hay que comprar una máquina que se llama
“contestador automático”. Después hay que conectarla al teléfono, poner un cassette chiquitito y sentarse a esperar que pique alguno. En un día habil, soy capaz de cazar seis o siete.
Cuando uno llega a España no entiende muchas costumbres, pero creo que la más terrible (por encima del terrorismo y el tamaño ridículo de los yogures) es por qué insisten en descuartizar a la vaca muerta sin pedir consejo. ¿Por qué reinciden en el corte transversal paralelo al nervio, si ya saben que así no es? ¿Por qué el carnicero finge no saber qué significa ‘colita de cuadril’ cuando es obvio que sí lo sabe, y pone cara fastidio cuando un cliente, nacido en un país ganadero y democrático, le pide un kilo?
Ya no quedan viejas originales de fábrica. Quiero decir encorvadas, vestidas sin estridencia y abocadas a la labor del punto cruz. Ya no queda ni un especimen entrecano y silencioso, al que nombrábamos
abuela —aunque no lo fuese— cuando nos pedía ayuda peatonal.
Venga que la cruzo, abuela. Ya no queda ni una en las grandes ciudades y en breve no las habrá tampoco en el mundo, por culpa de la mujer actual, que, con tal de no envejecer, prefiere inyectarse botulismo.
De todos los oficios, el que más me repugna es el de los abogados. Se me hace cuesta arriba entender cómo es posible que todos los abogados no estén presos. Si este mundo fuera realmente justo, debería haber jaulas a la salida de la Universidad de Derecho. Cada vez que salga un jovencito recibido de abogado, con su toga ridícula y su diploma enrollado, habría que cerrar con llave la jaula y mandarlo al zoológico. Que me perdonen las focas.
Desde la más tierna infancia, desde el principio, entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo, por más que tratase de ocultarlo a causa del qué dirán. Mi mamá se dio cuenta una tarde que me vio tomando mate solo a una edad imposible. A mi padre traté de ocultárselo más tiempo, pero en el Mundial de España se me escapó un grito de gol. Imagino que sufrió en silencio, aunque nunca hablamos del tema.
Empezamos de a poco y en silencio a corroerte, España. Primero llegaron ellas, nuestras indestructibles
Hormigas Negras, macizas, hijas de puta, y te alteraron el ecosistema peninsular. Después te mandamos a King África, para reventarte directamente el cerebro. Y entonces, calladitos la boca, llegamos nosotros, los argentinos. Nos colamos en tus bares, en tus calles, y les dijimos a tus carniceros cómo se corta la carne. El tiempo siempre estuvo de nuestro lado, España: era cuestión de esperar a que vos cambiaras, no nosotros. La especie más fuerte es la que sobrevive.
Siempre.
¿Nosotros somos profundos y ellos son básicos? ¿O ellos son prácticos y nosotros vuelteros? Las diferencias entre argentinos y españoles se resumen en cuatro temas esenciales: las artes, el fútbol, el tiempo y el sexo. En este estudio de campo, ofrecemos un pantallazo general de dos razas que se han pasado la vida intentando (sin suerte) entender el mundo.
La primera cosa horrible que ocurrió en mi matrimonio tuvo lugar la madrugada del 6 de junio del año 2002. Acostumbrado a mis orígenes, di por sentado que Cristina, como cualquier mujer adoradora de su marido, se iba despertar a las cinco de la mañana para ver conmigo el Mundial del Japón. Para cebar mate en silencio y disfrutar de las tribunas multicolores, para preguntar esas cosas que preguntan las mujeres durante los mundiales, esas ridiculeces simpáticas que respondemos con desgano disfrazado de dulzura. Pero no.
Cuando vivía en países serios con bidet, yo leía mucho en el baño mientras cagaba. En esos tiempos nunca supe si leía porque me venían ganas de cagar, o si cagaba porque me entraban irreprimibles deseos de leer. Posiblemente mi cuerpo, aún en formación, debió aprender a desarrollar ambas urgencias a la vez. El asunto es que yo era feliz cagando y leyendo. Y hubiera seguido así, alegremente por la vida, pero hace cinco años me vine a vivir a España, un país sin bidet, y desde entonces leer literatura se ha convirtido en un suplicio.
Hay algo peor que morirse, y es morirse justo el día en que todo el mundo está haciendo zapping. Le pasó al poeta Alfredo Lepera, el 24 de junio de 1935. Si se hubiera muerto de viejo, lo recordaríamos como a uno de los mejores poetas argentinos. Pero tuvo la desgracia de hacerse bosta en el mismo avión en que viajaba Gardel. ¡Y a la mierda Lepera! A Rainiero le está pasando lo mismo: toda una vida en su país chiquitito esperando una muerte principesca, y justo el día que le toca, en el país chiquitito de al lado se muere otro más famoso.
Una noche de verano de 1985 vi por primera vez a sesenta mil aficionados de River y de Boca, unidos en un sentimiento, cantando a gritos:
"Ruggeri hijo de puta, la puta que te parió" (bis). Sin parar, durante noventa minutos. Sin detenerse ni a respirar ni a comer el pancho del entretiempo... Incluso la gente corría a comprar la cocacola para volver pronto y seguir cantando
"Ruggeri hijo de puta" (bis).
Estuve todo el fin de semana con un retortijón en el estómago por culpa de unas declaraciones de María Kodama a la prensa española: "A Borges le gustaba Pink Floyd", aseguraba, muy alegre de cuerpo, la viuda. Y no es que esté en contra de la música moderna; lo que me pone los pelos de punta es esta moda, contemporánea y ruin, de que los herederos saquen a relucir las intimidades de sus parientes inmortales. Sobre todo cuando lo que cuentan son esas pequeñeces de entrecasa que los muertos más han querido esconder.
Últimamente estoy viendo en la televisión española, con verdadero espanto, que la publicidad viene con unos cartelitos en los que se atiende la sensibilidad de los espectadores con frases como estas: "Este anuncio fue hecho por profesionales", o "Esto es una ficción publicitaria" e incluso "Para realizar esta publicidad no se han maltratado animales". Cada vez que veo estas pacaterías, y es casi siempre, confirmo que la idiotez le está ganando, por goleada, la eterna batalla a la creatividad.
El 4 de abril de 1994 recrudeció en Ruanda una guerra civil entre dos tribus (los tutsis y los watusi) que le costó la vida a 800 mil personas analfabetas de color negro en cuarenta y ocho horas. La portada de los diarios, al día siguiente, no mencionaba el asunto. El 11 de septiembre de 2001 se estrellaron dos aviones contra el World Trade Center de Nueva York. Murieron casi tres mil personas alfabetizadas de color blanco en venticuatro horas. Las portadas de la prensa del día siguiente tuvieron letras del tamaño de un caballo y ediciones especiales durante semanas.
Hace diez años estaba aburrido y se me ocurrió catalogar las diferentes especies de habitantes de Mercedes. Si lo había hecho Hudson con los pájaros de de Buenos Aires, ¿por qué no iba a hacerlo yo con mis vecinos? La tarea me llevó un par de meses de vigilante observación. Pero los resultados fueron alentadores: encontré casi doscientas especies. Y entonces publiqué una Enciclopedia que, hasta el día de hoy, es de imprescindible lectura en mi pueblo.
Dos tragedias similares, aunque con desenlaces distintos, ocurrieron ayer en Argentina y España a causa de la tradicional costumbre que tienen los adolescentes de burlarse de los compañeros de aula más introvertidos o estúpidos o deformes. En Buenos Aires, un nerd asesinó a cuatro compañeros; en San Sebastián, un chico que siempre era blanco de las burlas saltó desde un sexto piso y se mató.
¿En qué se parece Racing a Pinochet? "En que los dos llevan gente a los estadios para torturarla". Esto, técnicamente, es un chiste. Pero hay veces en que el humor resulta refrescante y gracioso para un grupo, pero ofensivo y doloroso para otro. En este caso, sólo hay una cordillera que los separa. Y es entonces cuando se puede complicar mucho el estofado.
Me regaña un lector de Mirta, vía mail: "Aunque tus personajes hablaban 'en argentino', tu deber es escribir con corrección. Y tu deber, en este caso, es saber que las palabras llanas (graves) no llevan tilde cuando acaban en ene, ese o vocal". Y como no es la primera vez que me hacen esta acusación tan seria, aprovecharé las vacaciones para explicar por qué, a veces, nuestro único deber es que la gramática nos chupe un huevo.
Después de 18 años, Charly García volvió a España, tocó canciones, rompió cosas, hizo chistes y la prensa le dio con un caño. Según los diarios, los argentinos "le aplauden unas gracias más que discutibles", cuando hace chistes "de carga xenófoba o machista".
Los europeos están matando a sus esposas todos los días. Los noticieros hablan del tema sin parar, porque parece que se trata de una epidemia de maridos calentones. Cada vez que un periodista dice por la tele
"mataron a otra señora en Santander", yo siempre acoto:
"algo habrá hecho la perra", más que nada para que a Cristina le dé rabia. Porque por lo visto con ese tema no se jode.
En la televisión española no hay programas infantiles. Será porque hay pocas criaturas en la península, o porque hacer un buen producto para chicos es difícil, o porque los que deciden la programación no crecieron mirando a Piluso. O quizás es porque —y es lo que me temo— acá los chicos son mercadería de segunda.
La muerte en contadas ocasiones fulmina a sus víctimas en la cúspide del éxito, porque si los matara a tiempo estaríamos sobrepoblados de ídolos. A Kennedy lo aniquilamos justito; también al Che y a Gardel. Pero a García Márquez, a Charly García y a Tarantino, ay, los estamos dejando vivir demasiado.
Me he peleado para siempre con gente muy querida a causa de mi costumbre de inadmitir a todo el mundo en el
messenger. Los ofendidos piensan que soy un ser típicamente antisocial, un ermitaño moderno; yo creo que nadie en su sano juicio debería dejar abierta la ventana de su intimidad.
En este vagón de tren Retiro-Tigre, hoy sábado a la tarde, hay diecisiete señoritas —en edad de merecerme— que por hache o por bé jamás saldrían conmigo. De ese total, por lo menos una está pasando por un bache sentimental y se encuentra, digamos, vulnerable. Abordable. Con el cerebro tiernito.
En fila india, y por orden de aparición, fui descubriendo los contornos irrepetibles de las tortanegras, los vigilantes, las bolas de fraile, los sacramentos, las medialunas, los cañoncitos de dulce de leche y las peligrosísimas bombas de crema pastelera. También había dos jóvenes entrepeneurs del sexo femenino, con cara de
"recién abrimos", relojeando desde atrás del mostrador mi gesto conmocionado y riéndose de mí con complicidad.
Hace tres días una mujer húngara de 32 años,
"atractiva y elegante" según la prensa, hizo saltar la banca del Casino que existe en el londinense Hotel Ritz, llevándose (mediante cheque que firmó un Gerente temblando de rabia) 1,8 millones de euros. Una vez pagado el monto sin chistar, los burlados hoteleros pidieron al Scotland Yard que descubrieran el origen de la estafa.
Una de las primeras cosas que me sorprendieron de Catalunya, cuando llegué hace algunos años para quedarme, es que Serrat aquí no es Dios. Nunca lo fue, y nunca lo será. No soy original al decir esto. A cada argentino que llega a Barcelona le debe pasar lo mismo. En estas cosas pensaba yo esta mañana, al leer en el
Clarín de ayer, la noticia de que, al fin, el Nano había llegado al Colón.
Cuando terminaba de trabajar me volvía a casa en el subte D, de punta a punta. Como salía a las seis de la tarde, el vagón iba relleno de gente (no digo
re-lleno como lo diría un adolescente, si no 'relleno': del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados, tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor.