La hija del autor nació en abril del año 2004 y también (como el papá) habla en tercera persona cuando escribe sobre ella. De esas costumbres y otras se habla en este espacio, que es baboso. Al día de hoy existen 11 artículos en esta sección de
Orsai.
Aquí un resumen de cada uno:
Cuando nació la Nina no tuve ganas de escribir sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de la paternidad. Yo mismo notaba, en los ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. En
Orsai intenté controlarme, y prometí que sólo escribiría sobre el tema los días veinte de cada mes, y así
lo hice durante el primer año. Después conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para afuera. La semana pasada Nina cumplió cuatro años, y hoy casi somos día veinte... Es un buen momento para volver sobre el asunto.
Desde hace días la Nina quiere interactuar conmigo. Todavía es prematuro decir que intenta tener una relación estable, pero ya empiezo a oír los engranajes de su cabeza que se acomodan, se aceitan y crujen. Nexos coordinantes que aparecen de la nada, sustantivos nuevos, adjetivos precisos. Sus ojos, de repente, prestan atención a las palabras y a las formas. No hay prodigio: está en la edad. Ella parece preparada para dar el siguiente paso en su relación padre-hija. El que está cagado en las patas soy yo.
El 12 de septiembre de 2098 Woung viajará por segunda vez en el tiempo. Siempre, desde chico, había querido conocer a su tatarabuelo, porque Woung también es escritor, un joven escritor de 23 años. Al llegar a esta época, Woung me deja un mensaje en el contestador: “Hola, estoy buscando a Hernán Casciari, mi nombre es Woung. Usted no me conoce pero yo sí... Quisiera verlo. Llámeme por favor”, y me da el número de un teléfono móvil.
Hoy, que la
Nina cumple un año, hay que empezar a actuar de otra manera en casa. Tengo la certeza de que, a esta edad, los chicos empiezan a retener en la memoria imágenes por primera vez. Antes (desde el primer día y hasta en undécimo mes) todo lo que ven, lo que oyen y lo que sienten va derechito a la papelera de reciclaje. Pero desde que soplan la primera velita ya empiezan a guardar archivos en la carpeta "subconciente" que son como los temporales de internet: un lugar espantoso donde hay mujeres desnudas y uno no sabe por qué.
Soy un iluso. Siempre di por hecho que, al nacer la Nina, aquellos que se pasaban la vida diciéndome "disfrutá ahora, porque cuando tengas un hijo se te acaba la joda" iban a desaparecer. Pero no. A la gente que da consejos pesimistas le encanta seguir a tu lado, sobrevolando tu inminente desgracia. Ahora han cambiado levemente el discurso; me dicen: "disfrutála ahora, porque en realidad es cuando crecen que se te acaba la joda".
Desde que Ally McBeal lleva a su hijo a la misma placita de la esquina donde vamos con Nina por la tarde, mis deseos de que la criatura sea lesbiana han empezado a desvanecerse. Ahora, lo que más quiero en el mundo es ser consuegro de Indiana Jones, y juntarnos los fines de semana a mirar películas de él, mientras Ally conversa en la cocina con mi mujer. ¡Eso es vida!
Cuando Cristina no me ve, cuando se descuida, cuando baja la guardia o se duerme, unto el chupete de Nina en un tarro de dulce de leche Chimbote, y se lo pongo en la boca con gesto conspirativo. Entonces espero que mi hija deguste el manjar, que se le dilaten las pupilas, que haga una especie de sonrisa triunfal y que se llene de genuina argentinidad.
Papi nació en un lugar maravilloso. Si escuchás en la tele otra cosa, es mentira. Papi nació en un país al que nunca le fueron bien las cosas, pero que huele a tierra mojada y en el que, mires para donde mires, siempre hay algo que es verde y alguien que es tu amigo. Hacéle acordar a mamá, todos los días, que querés pasar un mes al año en ese lugar.
Debo decir la verdad: hago sacrificados malabares para no escribir todo el tiempo sobre Nina en este cuaderno. Principalmente por respeto a los lectores, que no se merecen que me convierta —así, de repente— en un comunicador baboso y sensiblero. Pero la verdad es que el único tema del que
necesito hablar es del "tema hija". Lo demás me chupa un huevo.
La primera vez que comprendí que un ordenador alguna vez podía servirme para algo fue en 1990, cuando un novelista joven de apellido Cucagna me dijo que las computadoras, en breve, podrían corregir las faltas de ortografía. —¡Andá a contarle gansadas a tu abuela! —le dije, porque a mí, en esa época, me resultaban milagrosas incluso las olivettis eléctricas, y cualquier cosa superior a eso, directamente cosa de mandinga.
El programa de televisión que más vemos son los comentarios de este blog. Por lo general Cristina los revisa y me los va leyendo a los gritos, desde el estudio a la cocina, y los comentaristas son como amigos que entran y salen como pancho por su casa. Pero estos días, tan fecundos, los comentarios viajaron en
diskette desde casa a la clínica.