Domingo 22 de Noviembre, 2009
¿Cuántos responden encuestas?
por Hernán Casciari

Los hombres hablan más de fútbol que de mujeres. Los adolescentes consumen cada vez más tranquilizantes. Las esposas ya son casi tan infieles como los maridos. Etcétera, etcétera... Todos los días en la prensa, en la radio y en los informativos, hay por lo menos una afirmación categórica generada por el método de la encuesta anónima.

A razón de trescientas afirmaciones por año, nos vamos enterando cuántas veces nos masturbamos en promedio, descubrimos que los italianos son menos fogosos que los ingleses, y averiguamos un sinfín de cuestiones sobre nuestras costumbres.

Sin embargo, los encuestadores poseen un dato sobre nosotros, un solo dato, que jamás publicarán ni darán a conocer. Retrata —además— del resultado más exacto que podrían conseguir sobre una costumbre humana, porque es la única pregunta que siempre hemos respondido todos. Absolutamente todos.

La pregunta, con variantes de cortesía, es ésta: “¿Me permite usted que le haga unas preguntas?” En esa disyuntiva no hay opción para el no sabe, ni tampoco para el no contesta. No hay mentiras. No existe la posibilidad de la excusa. En todos los casos, los miles de millones de humanos interceptados en el último año, en cualquier parte del mundo, por teléfono o en persona, hemos dicho SÍ o hemos dicho NO. Y los encuestadores conocen los porcentajes exactos de esta tendencia.

Es increíble, y también fascinante, que casi nadie distinga esta verdad tan sencilla en el momento de creer o descreer lo que aseguran los medidores de las costumbres humanas.

Los encuestadores conocen, sin margen de error, un guarismo exacto sobre nuestro hábito de responder. De hecho, es el único resultado que poseen sobre nosotros como conjunto absoluto. Todos los demás estudios que publican hasta el hartazgo, día a día, están limitados al pequeño grupo de gente —gente aburrida, en general— que ha contestado SÍ a la primera pregunta. ¿Un diez por ciento, un quince?

Fijémonos ahora cómo cambia un enunciado cuando le agregamos esta evidencia: “Los hombres aburridos hablan más de fútbol que de mujeres”. O cómo se modifica el sentido de este otro titular: “Las señoras que no tienen nada que hacer a la tarde son casi tan infieles como sus esposos”. E incluso de éste: “Los adolescentes que se pasan veinte minutos contestando encuestas consumen cada vez más tranquilizantes”.

¿Pero qué pasa con los demás, con los que contestan siempre NO a la invitación de ser acribillados con preguntas? Son un altísimo porcentaje de la población mundial y poco o nada sabemos sobre sus quehaceres. ¿Qué champú usan los que no tienen tiempo para contestar cuestionarios? ¿Son infieles los matrimonios que no conversan por teléfono con extraños? ¿Practican deporte habitualmente aquellos que prefieren esquivar un micrófono por la calle? ¿Qué opinión tienen los tímidos y los sensatos sobre la Ley de Medios? ¿Utilizan videojuegos violentos los jóvenes que a la hora que suena el teléfono del encuestador están en la hemeroteca?

Nadie, absolutamente nadie lo sabe. Porque la enorme mayoría de la gente está ocupada.

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