Ensayos y artículos sobre todo lo que tiene que ver con la tecnología, la modernidad y los cambios sociales que se producen. Parece aburrido pero a veces sale algo gracioso. De pedo. Al día de hoy existen 23 artículos en esta sección de
Orsai.
Aquí un resumen de cada uno:
Hace unos cuantos meses me llamó a casa Luis Rull, uno de los organizadores del
Evento Blog 2008, para invitarme a dar la charla final, la que cerraría el evento. Como Luis es muy previsor, me llamó en abril o en mayo; hace muchísimos meses. Y posiblemente lo hizo de esta manera, tan anticipada, porque sabe que únicamente digo que sí a las propuestas remotas. Digo que sí a cualquier cosa que me propongan de aquí a seis meses, porque me resulta muy complicado encontrar una excusa creíble.
Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.
Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.
Salir de casa para cenar con gente implica una serie de actividades molestas: bañarse, vestirse, perderse un partido de la Eurocopa, comprar un vino caro, sonreír dos horas sin ganas, a veces tres. Que te acompañen por las habitaciones para que veas una casa que no te importa. Dejar a tu hija con los abuelos, extrañarla. Cenar sin tele, sin cocacola, comer ensalada de primer plato, no desentonar, no fumar si no hay ceniceros a la vista. Muchísimo menos sacar la bolsita feliz. Son demasiadas cosas para la edad que tengo.
De repente, un video de
You Tube recibe un millón de visitas. Su autora, una gordita de Illinois, escribe con el culo en una pizarra. En casa de la gorda suena el teléfono sin parar. Llaman las radios, la televisión comarcal y tres diarios regionales. Es un día de locos. La madre de la gorda no entiende, pero comienza a sentirse orgullosa. Dos días más tarde la gordita saldrá al aire en el show más visto de la cadena
NBC. Y después ya no ocurrirá más nada. Silencio. La gorda intentará grabar otras hazañas, pero su momento habrá pasado.
Mañana sale a la venta —sólo de este lado del océano, por el momento—
España, Perdiste, un libro que recopila aquellos textos de
Orsai en donde, durante tres años, me dediqué a despotricar contra la cultura ibérica, desde los ojos exagerados, nostálgicos y pedantes de un argentino en el exilio. Con este volumen en la calle es posible que deje de escribir aquí esos textos de reivindicación nacional, un poco porque ya creo haber dicho lo que tenía para decir, y otro poco porque quejarse tanto provoca úlcera de estómago.
Hace veinticuatro semanas empecé a escribir una novelita de 75 capítulos que fui publicando, de incógnito, en
El País Digital. El pacto fue extraño, arriesgado y divertido: me pagarían por narrar una historia de ficción en donde no debía aparecer mi nombre, ni yo, por tanto, podría promocionar la obra entre mis lectores. El contrato duraría seis meses y se me pagaría
sólo si nadie descubría mi identidad. La aventura comenzó el 1 de diciembre de 2006 y acabó hace unas horas. Por suerte, nadie se dio cuenta de nada.
—Estamos con don Pedro J. Soriano, Delegado Responsable de la Agrupación de Policías locales de Comisiones Obreras, en el Ayuntamiento de Alicante. Para que nuestros lectores, don Pedro, lo conozcan mejor, nos gustaría que se presentara con un pequeño curriculum verbal: edad, estado civil, actividades que ha realizado desde su juventud, etcétera. Cuando usted quiera. —Bueno pues. Tengo cuarenta y siete años, mi estado civil es casado, y llevo venticinco años de servicio en el Cuerpo de la Policía local de Alicante.
El tonto ya no es lo que era. Ha pasado el tiempo, el siglo veinte se ha ido y las calles ya no son de tierra. En eso estamos de acuerdo. ¿Entonces por qué le seguimos dando al tonto una representación analógica? Seguimos pensando que está en las calles, pero no. El tonto de hoy ha dejado de ser aquel que no encaja en las reuniones y los grupos. El tonto actual ya no necesita salir, ya no precisa cuajar para subsistir, ni molestar con su presencia física, porque ahora vive en Internet, agazapado, careteando picardía y sutileza.
El día que Jürgen Bernd toco el timbre de la casa de Armin Meiwes, la vida social de la humanidad cambió para siempre. Hasta entonces el mundo era una extensión enorme de tierra, llena de gente sola y perdida en sus fobias y deseos, trastornada y única en su soledad. Gente callada, esquiva, chorreando traumas inconfesables. Desde chiquito Armin quería ser caníbal; Jürgen sólo fantaseaba con ser devorado vivo. Jamás hubieran llegado a conocerse en otra época, pero vivían en ésta. El 6 de marzo de 2001 se encontraron en un foro de Internet, y programaron una cita el fin de semana. Para comer(se).
Los miércoles a las nueve de la noche, hora de Nueva York, la cadena norteamericana
ABC emite una serie de televisión que me gusta. A esa misma hora un mexicano llamado Elías, dueño de un vivero en Veracruz, la está grabando directamente a su disco rígido, y tan pronto como acabe subirá el archivo a Internet, sin cobrar un centavo por la molestia. Tiene esta costumbre, dice, porque le gusta la serie y sabe que hay personas en otras partes del mundo que están esperando por verla. Lo hace con dedicación, del mismo modo que trasplanta las gardenias de su jardín para que se reproduzca la belleza.
Más o menos una vez por semana recibo correos de lectores que me informan que han visto textos míos firmados por otros, o no firmados pero sí apropiados por terceros. Hay, en esto, dos hechos que me regocijan: el primero es que los informantes se me presentan enojadísimos, es decir, que sienten tan propios esos textos que les causa irritación verlos en otras manos; y el segundo hecho reconfortante es que el plagio menor, en sí mismo, es una forma analfabeta y torpe del homenaje.
Un arquitecto boceta un plano en un cuaderno. Un poeta sensible borronea versos en un cuaderno. Una cocinera anota ingredientes en un cuaderno. Una telefonista apunta números en un cuaderno. Una adolescente cursi escribe infinitamente
'Marianito te amo' en un cuaderno. Un matemático reproduce una ecuación en un cuaderno. Un periodista redacta su editorial en un cuaderno. Entonces un periódico serio dice:
"Fenómeno cuaderno: hay más de ocho millones de cuaderneros en el mundo". Y nadie lo desmiente.
Hace más o menos cuatro meses, la factoría de ficción más grande la TV española, la empresa
Globomedia, me contrató para llevar adelante un proyecto inédito y divertidísimo: crear una blogonovela que, al mismo tiempo, pudiera leerse por Internet y verse en la tele en formato de
sit-com. Después de semanas de trabajo placentero, la serie
“Mi querido Klikowsky” emitió su primer capítulo el pasado lunes por la noche, a las 22:00, por la cadena ETB, al mismo tiempo que, desde otra pantalla, el weblog de
Saúl Klikowsky comenzaba a contar la misma historia a través de la Red.
Hace unos días, en Estados Unidos, asesinaron a un blogger. La noticia apareció en la
prensa. El muerto se llamaba Simon, y la policía pudo dar con el criminal porque el occiso, antes de morir, nombra a su verdugo en su último post:
“El ex novio de mi hermana está aquí, fumando y recorriendo toda la casa; suerte que se irá pronto”, escribía ingenuamente el blogger. Por lo visto tuvo tiempo de darle al botón
enviar antes de que su cuñado le partiera la cabeza con un picahielo.
Siempre me gustó el chiste del científico que experimenta con un cachorro mientras le corta las patas. Al cortarle la trasera y llamarlo a su lado, el científico apunta en su libreta:
"Con tres patas, el perrito llega más cansado". Al cortarle dos y llamarlo, anota:
"Con la mitad de sus miebros, llega a mi lado exhausto". Al cortarle todas las patas y llamar al can, refiere el científico en su diario:
"Sin patas, los cachorros se quedan sordos".
¿Cómo se llamaba el cuatro de Ferro que ganó el metropolitano del '81? ¿Quién era aquel peladito que trabajaba en La Tuerca? ¡Ay, qué facil es todo para ustedes, los jóvenes! En nuestra época, querido nieto, podíamos estar días enteros con un cosquilleo mortal en en la yema de los dedos a causa de un dato que estaba ahí, a punto de salir, y que no salía. Entre las cosas muertas del pasado, entre los cadáveres que ha dejado Google a su paso, una de las que más extraño es ésa, la de tener cosas en la punta de la lengua.
Hasta hace unos años solamente pirateaba discos de músicos millonarios. Había algo, un sentimiento de culpa, hilachas de solidaridad, que me impedía bajarme canciones de gente pobre, pues me daba la impresión de que les estaba quitando el pan de la boca. Robarle 17 dólares a Paul McCartney me parecía bien, incluso sano, pero quitárselos a Peteco Carabajal no. Ahora en cambio ya no respeto nada, como todo el mundo. Y me siento raro.
Estoy solo en una habitación, pero no he cerrado del todo la ventana. Interpreto monólogos. Actúo. Soy un violador, un chico de cinco años, un intolerante, una señora gorda, un mediocre, un asesino en serie, un marido desatento, una princesa triste. Con el tiempo, algunos peatones comienzan a quedarse unos minutos en la ventana.
Hasta hace cinco años, lo más peligroso de la playa era el sol. Ahora —según me dicen—son los pederastas con camarita, porque le sacan fotos a tus hijos semidesnudos para publicarlas en Internet. "Disculpe, señora: ¿usted estuvo chupando el bronceador?", le pregunto a la vieja que gentilmente viene a alertarme de nuevo este flagelo de la sociedad.
¿Alguien se acuerda de la
Siete Mares? Así se llamaba una radio de onda corta en mi infancia; tenía una antena más alta que yo mismo, y se podían escuchar emisiones de otros países. Algunas noches, necesariamente estrelladas, me recuerdo absorto oyendo por primera vez en mi vida voces en otros idiomas. En los '70 nuestros padres no la usaban para jugar, sino para saber la verdad.
A veces me pregunto si
Mirta, refugiada en los brazos de su esposo en algún lugar del sur argentino, imaginará que muchos de sus amigos virtuales la dan por muerta y enterrada. Ella, que con gran dolor debió elegir entre una luna de miel íntima o sus inseparables lectores (y eligió bien), se despidió de ellos por cuatro semanas, triste por dejar un hueco en su '
cuadernito' pero feliz porque, por primera vez, su peor es nada había tenido con ella un detalle parecido al amor.
Ayer di por finalizada la primera etapa de un experimento de ficción llamado Más respeto que soy tu madre, en el que usé el recurso de la bitácora (una herramienta de publicación cronológica de contenidos en internet) para contar una historia costumbrista desde la subjetiva de un ama de casa argentina de clase media. La repercusión del proyecto fue tan asombrosa que me gustaría compartir algunos detalles con el lector.