Sección Imágenes
Una fotografía, un flash visual, un cartel o un grafiti en el baño de mujeres puede provocar un texto, sobre todo cuando al autor no se le ocurre nada mejor. Aquí una muestra de ellos. Al día de hoy existen 21 artículos en esta sección de Orsai.

Aquí un resumen de cada uno:
La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la ese mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la ese se convierta en yuvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama TV Mánie. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.
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Íbamos en un taxi por la avenida Álvarez Thomas. Al llegar a la esquina de la calle Lugones el semáforo nos detuvo y entonces pude mostrarle a mi hija la fachada de la casa: “Mirá, Nina, fue ahí; en ese balconcito el Chiri me acuchilló”. Mi hija alzó la cabeza y vio la ventana triste que todavía, veinte años después, estaba sin pintar. Se emocionó al reconocer el escenario: fue como si hubiera llegado al bosque original de Caperucita y el lobo. Después me pidió que le mostrara la cicatriz y que le contara otra vez el cuento.
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Iba a poner esto en Espoiler, que es otro blog que tengo en el que hablo sobre tele, pero no tiene sentido hacerlo allí. Es demasiado íntimo para que pueda entenderse como una crítica audiovisual. Demasiado mío. La televisión argentina es el símbolo del estado de ánimo de un pueblo, del mío supongo, y siento que nos estamos cayendo a pedazos. No puedo ver la tele nacional, lo que me llega es una enfermedad, un desencuentro, ya no es más la imagen del que yo fui. Lo que me llega ha cambiado tanto que lo desconozco.
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Mi nombre no importa; no voy a presentarme. Lo que importa es mi cara, que aparece de perfil en un video que ahora recorre el mundo. En ese video viajan en metro un español, una ecuatoriana y un argentino. (Parece el principio de un chiste, pero no lo es.) Yo soy el argentino. O quizás en ese video vayan en un vagón una víctima, un verdugo y un cobarde. En ese caso, soy el cobarde. También es posible que en ese tren estén viajando tres animales muertos de miedo, oliendo a diferentes miedos. Pero eso no lo dice nadie.
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No deja de sorprenderme en cuántas cosas pueden convertirse los textos de Orsai, sin que uno (que es el autor perezoso) haga demasiados esfuerzos para que tal cosa ocurra. Un cortometraje —flamante— es una de las ramificaciones que más me han gustado. Lo dirigió Andy Feldman, a quién le regalé una historia narrada aquí en abril del año pasado, y él la adaptó con buen gusto. Se trata de un cuento real y trágico, en donde confesé por primera vez mis problemas a la hora de sacarme una foto. Y de cuánto sufrió mi madre por eso.
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Hace algunos días Natalia Méndez, una editora de libros infantiles que suele leer Orsai, preparaba un trabajo universitario y encontró —en la página cinco de una efímera publicación que se llamaba Humi, fechada en septiembre de 1982— un chiste firmado con mi nombre y mi apellido. Con generosidad, Natalia escaneó la página y me la envió por correo, sin saber que, al hacerlo, alumbraba un recuerdo que había estado escondido y a oscuras, en el sótano de mi memoria, durante veinticinco años exactos.
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Raquel no era peligrosa, más bien una excentricidad del barrio, pero Chichita se ponía en alerta máxima —¡Hernán, metéte para adentro!— cuando la loca se acercaba demasiado. Sus rarezas eran dos: iba vestida de maestra cuando no lo era, y se desvestía en la calle para ponerse el guardapolvos del colegio. Por lo demás, la Loca Raquel era inofensiva y mi madre sólo me resguardaba por temor a que yo pudiera verla sin ropa. Me resguardó bastante mal, pienso ahora, porque fue la primera mujer desnuda que vi en la vida.
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Acaba de llegarme el título de propiedad de un terrenito que me compré en la Luna. Me costó 20 dólares —gastos de envío aparte— y lo pagué con tarjeta. Además del certificado con mi nombre grandote, me vino por correo una foto satelital de mi parcela. No sé si ustedes estarán viendo la Luna, pero si la tienen a mano dibujen en ella una cara imaginaria. Mi terrenito estaría sobre el ojo derecho. La región se llama Lago de los Sueños (Lacus Somniorum en latín) y está casi saliendo del Mar de la Serenidad, como quien va al Cráter Posidonius.
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Hace unos meses empecé a recibir correos electrónicos de paraguayos enojados. No unos pocos correos, sino cientos. La gran mayoría de los mensajes me amenazaba con diferentes destinos como la muerte, la típica golpiza o el infaltable corte de piernas. Me asusté muchísimo, porque soy cobarde, y porque soy curioso quise saber el motivo de semejante encono. Lo encontré enseguida: el periódico de mayor tiraje del Paraguay, de corte sensacionalista, había publicado un artículo donde se informaba que un personaje mío ridiculizaba a su pueblo.
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Según los sicólogos, las personas que se nos aparecen en los sueños son rostros que alguna vez hemos visto. Si en tu sueño hacés un golazo, por ejemplo, cada uno de los veinte mil rostros de la multitud que te aclama pertenece a gente que pasó por tu vida: actores de antes, compañeros fugaces de la primaria, un tipo que tocó el timbre para vender una enciclopedia, la chica que estaba leyendo a Monterroso en el subte y se reía, una maestra suplente de música que salió del aula llorando, etcétera.
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Pensá por un momento que tenés casi ochenta años. La espalda arqueada, dolor en todos los huesos, problemas para mear. Imagináte que hace casi treinta años mataste a otros, o los mandaste matar, y que ya no te acordás por qué. Estás cansado, el mundo no te pertenece, ni siquiera entendés cómo funciona la videocasetera. Solamente querés disfrutar de tus nietos, ese único remanso posible, y esperar la muerte con serenidad.
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Había una vez un científico que después de haber descubierto que la Tierra giraba alrededor del Sol (y no al revés, como se creía) se desdijo y pidió perdón porque el poder de turno lo apretó un poco, amenazándolo con una insignificancia histórica: su muerte. Este hombre, que se llamaba Galileo, quedó en la historia por ambas gestas: había logrado participar en el mayor descubrimiento y en la más grande cobardía de su tiempo.
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Cada vez que, como ayer, detienen a un montón de etarras, yo me levanto temprano y me compro todos los diarios, porque siempre aparecen las fotos de los terroristas (la mitad son mujeres). Y yo creo que no hay mujer más linda en todo el mundo que las chicas de ETA. Son igualitas, en el mejor sentido de la palabra, a lo que en la adolescencia llamábamos "las varoneras".
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Hoy hace exactamente un año leí en el suplemento informático del diario El País sobre la existencia de un formato de edición de textos llamado 'weblog'. Diez días más tarde abrí una cuenta y empecé a escribir Los Bertotti, convencido de que ya había cientos de ficciones por el estilo. Después abrí otras cuentas y escribí algunos más. Llegué a tener cinco diarios simultáneos. Ahora, lentamente, empiezo a despojarme, a desplumarme de tanta historia.
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El fútbol, mal que les pese a los filósofos serios, nos ayuda terriblemente a comprender el sentido de la vida. Y ver la Copa América en diferido es, creo yo, una metáfora sutil del carpe diem.
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La muerte en contadas ocasiones fulmina a sus víctimas en la cúspide del éxito, porque si los matara a tiempo estaríamos sobrepoblados de ídolos. A Kennedy lo aniquilamos justito; también al Che y a Gardel. Pero a García Márquez, a Charly García y a Tarantino, ay, los estamos dejando vivir demasiado.
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El año pasado un guardia del Guggenheim me confiscó la camarita porque no respeté los carteles que prohíben sacar fotos en los museos. Pero lo de ayer no tiene pies ni cabeza: ¡me pasó lo mismo en un Blockbuster! Vino una gorda subrepticia, por detrás, mientras yo me estaba sacando fotos a mí mismo frente a un espejo, y me quiso retener la máquina con mala leche.
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Siempre intenté imaginarme a Borges, la mañana del 2 de abril del 82, haciéndose leer los titulares de la prensa del día. No me resulta muy complicado sospechar su desconcierto, su primera ironía verbal, su posterior desconsuelo. Un hombre ya viejo, ciego, amante confeso de Inglaterra y de Buenos Aires, enterándose de la guerra entre sus pueblos.
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La noche del 27 de diciembre de 2001, una semana después del caos, ya habíamos tenido cuatro nuevos ex-presidentes, y yo buscaba con desesperación, en Barcelona, un bar con TV satelital para ver a Racing salir campeón en un país que se estaba cayendo a pedazos. Recuerdo el bar, casi vacío. Dos españoles mirando esa final como quien ve llover, un camarero aburrido y con sueño, y un chico argentino, desgarbado, envuelto en una bandera celeste y blanca, sentado solo en una mesa, agarradito a una botella de Damm.
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Me molesta perder mis propias palabras. En cualquier momento empezaré a perder el pelo, y no me preocupa en lo más mínimo. Ayer me descubrí canas en la barba (no una: varias) y tampoco pasó nada. Esas pérdidas, las del tiempo, me traen sin cuidado. Pero hay otras, las del espacio, que sí me dan miedo. Hace un año empecé a perder el acento, y paulatinamente voy perdiendo formas verbales y palabras. Eso, más que cualquiero otra cosa, es argentinamente desolador.
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Lo mínimo que quisiéramos diez minutos antes de morir es que alguien nos esté abrazando. La muerte es de por sí fastidiosa, inoportuna y grave, como para que además le pase desapercibida a los que están alrededor. Por eso esta mañana perdí dos subtes, hipnotizado por la fotografía de portada de un periódico español.
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