Sección Historias
Anécdotas, cuentos y relatos que tienen poco que ver con la verdad, pero que se disfrazan con ella para despistar. También tiene poco de literatura. Y poco de gramática. De lo demás, bastante. Al día de hoy existen 34 artículos en esta sección de Orsai.

Aquí un resumen de cada uno:
Esta mañana salió a la venta en España y Argentina una novela que no recuerdo haber escrito nunca. Claro que la escribí yo, palabra por palabra, pero el asunto es que no me di cuenta, hasta hace unos meses, de que aquel montón de historias podían ser una sola. Lo que sí hice, cuando lo supe, fue darles continuidad y ritmo. En eso estuve estos meses de ausencia en Orsai: editando y corrigiendo recuerdos propios. Lo que quedó es, hasta ahora, lo más lindo que escribí en la vida. Y fue sin querer.
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Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro.
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Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.
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Segunda parte de un libro de cuentos cortos. En estas diez historias hay un niño prodigio mexicano, un país con leyes para tímidos, un soldado a punto de morir, una familia métrica, dos hermanos polacos mentirosos, un muchacho que alarga las presentaciones, un inventor sin suerte, un ensayo filosófico pesimista, el amor entre dos amantes que ven el futuro y la conversación trunca entre un padre y un hijo. Cada uno de estos cuentos (los que fueron, y los que vendrán) caben en ciento cincuenta palabras.
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Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.
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Los que vivimos tan lejos, con un Atlántico en el medio, tenemos un tema tabú. Sabemos (nos aterra saberlo) que alguna vez tendremos que sacar un pasaje urgente, viajar doce horas en avión con los ojos desencajados, para asistir al entierro de uno de nuestros padres, que ha muerto sin nuestra cercanía. Es un asunto horrible que ocurre tarde o temprano, por ley natural. No es una posibilidad, es una verdad trágica que nos acecha cada vez que suena el teléfono de madrugada. Pues bien. Mi teléfono ha sonado.
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Durante mi primera suplencia periodística me hicieron trabajar en verano, pero no me podía concentrar. Frente al diario estaban construyendo un edificio, y desde temprano había cuatro albañiles subidos a algo, martillando o agujereando cosas. Como el ruido me molestaba y la redacción estaba sin jefes, yo miraba mucho a los albañiles. Había uno gordo, uno joven, uno flaco y uno viejo. Los observaba sobre todo cuando pasaban por allí las mujeres, que es siempre un momento cumbre en la vida del albañil.
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Hace muchísimo tiempo, en un planeta que no era éste pero se le parecía un poco en el contorno de la circunferencia, hubo una raza superior a todas las que habitaron el Universo en cualquier época y en cualquier rincón. Eran bellos, inteligentes, generosos, compasivos, valientes y suaves al tacto. En su apogeo como civilización, lograron construir una sociedad perfecta: en su mundo no existía el hambre, ni el trabajo aburrido, ni los abogados, ni la enfermedad, ni la democracia. Se llamaban los metalampos.
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En Luján, capital sudamericana de la fe, un mercedino de ojos brillosos se gana la vida de astrólogo. Vive en una casa que se agenció con el sudor de sus predicciones falsas, al cien de una avenida que —por pedido suyo— no vamos a nombrar. Su verdadero nombre es René; eso sí lo podemos decir porque sólo se lo conoce por nombre artístico. Tiene cuarenta años y el pelo hasta la cintura. Cuando está trabajando habla con estudiado acento caribe, porque dice que sus clientas necesitan suponer que él ha venido de algún lugar lejano y caluroso.
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1º DE DICIEMBRE. Ya ha pasado una semana desde la desaparición de África y sigo sin sentir dolor por el destino del mundo. Estoy harto de que nadie piense en retomar el curso de la vida, harto de que no se oiga hablar de otra cosa en la prensa, en la calle, en la televisión. África por aquí, África por allá… La desaparición del continente es un tema importante, pero no entiendo cómo se las arregla la gente para cotorrear día y noche sobre un asunto del que nadie sabe qué decir. En otro orden de cosas, Soledad no me ha llamado.
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Hay dos clases de miserables que te tocan el timbre antes de las nueve: los vendedores y los cobradores. Sólo se diferencian en que los cobradores no sonríen cuando les abrís. El que me tocó el timbre ayer era un vendedor. Tenía esa sonrisa amable que pide a gritos una trompada. Yo, en piyama, no tuve reflejos ni para cerrarle la puerta en la nariz. Entonces él sacó una planilla, me miró, y dijo algo que no estaba en mis planes: —Disculpe que lo moleste, señor Casciari —su acento era español—, pero nos consta que usted todavía es ateo.
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Según cuenta la historia, desde principios del siglo XX la ciudad de Tandil alardeaba con poseer al loco del pueblo más original de la provincia, hasta que en 1939 la ciudad de Chacabuco se queja ante la Gobernación Central, aduciendo que esa distinción debería realizarse por consenso. Así surgen los primeros “Juegos Boneaerenses de Excentricidad”, conocidos popularmente como los Provinciales del Loco. La competición nace oficialmente en Mar del Plata, en 1942, y se desarrollará cada cuatro años en sedes rotativas, hasta el fatídico suceso de Cañuelas, del que la semana próxima se cumple un nuevo aniversario.
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Hace dos mil años los hombres caminaban por la calle descalzos y se llamaban por el nombre de pila; eran tiempos en que no hacían falta ni apellidos ni zapatos. La vida ya existía en toda su amplitud y maravilla pero, igual que ahora, nadie le daba importancia. Las cuestiones fundamentales, hace dos mil años, ocurrían en el continente asiático. Ahí se cocinaba la historia. Ahí los hombres ya eran víctimas de su esencia, ya destrozaban sus sueños, ya mentían y engañaban, y provocaban intrigas, y se perseguían para confirmarse dueños de sí mismos y de todo aquello que los rodeaba.
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Primera parte de un libro de cuentos cortos. En estas diez historias breves hay un payaso depresivo, dos jóvenes amantes previsores, una lagartija prodigiosa, una niña australiana que viaja hacia el filicidio, un portugués con problemas gástricos y morales, un gordito que calca mapas por placer, tres parejas de heterosexuales aburridos, un perro descaderado y roto, un pelirrojo vengativo y una almacenera desilusionada. Cada uno de estos cuentos (y los que vendrán) caben en ciento cincuenta palabras.
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Fernando y Carla eran una pareja normal, de nuestra edad. Él valenciano; ella santafecina. Vivían acá cerca, en Alicante. Cuando nació Pablito (que ahora tiene dos años, pobre) hicieron lo que hacen todas las parejas que tienen una cámara digital: abrieron un blog para poner las fotos del nene y que los padres de Carla lo vieran crecer. Hasta ahí todo bárbaro. El problema empieza cuando Carla, al tiempo, abre un blog para ella sola. "Para contar mis cosas", le dirá más tarde al Juez.
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Sobre las calles de tierra de la Pampa Chica los veranos son más calurosos que en cualquier otra parte de Mercedes. El polvo entra a las casas por las puertas de chapa, y los dos hijos mayores de la familia Galíndez salen con baldes, después del mediodía, y echan agua para que el viento no levante mugre. Se llaman Marcos y el Negro; en el barrio les dicen los de Galíndez.
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Miró a las tres mujeres que esperaban que cortase el semáforo. Dos morochas, una rubia. Agachó la cabeza, tomó carrera, cerró los ojos y se tiró contra la rubia. Se cayeron al suelo, rodaron unos metros hasta el final de la vereda. La pierna de la rubia quedó en la calle, el taco del zapato casi tocando el charco de agua.
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Waiser era el bibliotecario de la Biblioteca Sarmiento de Mercedes. Yo llegué a conocerlo, pero de lejos; nunca hablamos ni nada. Sin embargo tuve que ver, de refilón, con su muerte. Y esa historia es la que voy a contar hoy. En el año 93 a Waiser le pusieron en la biblioteca una ayudante que se llamaba Analía, bastante más joven que él. El viejo empezó a tener con ella fantasías sexuales un poco extrañas para su edad, unas perversiones tan nítidas que terminaron por obsesionarlo.
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Hace ya más de un año, el Nacho escribía un weblog llamado Los Verticales, que tenía como único objetivo despistar al público sobre la inexistencia de la familia Bertotti. "Los Verticales", que se alojaba en blogspot y ya no existe, contaba la historia humana desde la óptica de seres de otros mundos, con una percepción muy abstracta de la realidad. Les dejo hoy, porque la época lo amerita, el capítulo llamado "El año nuevo". Y feliz 2005 para los lectores de Orsai.
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Durante doce días, los lectores de Orsai pudieron disfrutar (o padecer) una novelita en capítulos que narra las peripecias de un barrio mercedino para aparecer en televisión. Algunos de los personajes del folletín, además, han sido viejos conocidos de Los Bertotti y, como en aquella saga, los dibujos estuvieron a cargo de Bernardo Erlich. Aquí, los doce capítulos.
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Orsai ofrece, desde el próximo lunes, "Justicia, justicia!", una novelita en doce capítulos diarios en la que el lector se reencontrará con algunos personajes del mundo Bertotti, aunque de refilón. La trama, que ocurre en Mercedes a finales del año 2000, nos presenta algunos actores secundarios reconocibles, aunque más jóvenes (el Caio, por ejemplo, tiene once añitos). Este breve folletín, que tendrá su capítulo final en Nochebuena, es el regalo que Orsai desea brindar a sus lectores en estas Navidades.
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"Ustedes se fijan demasiado en la forma, en la manera de escandalizar sin motivo", me decía el viejo. "No hay que vestir de fiesta la literatura, alcanza con la letra en el papel. Si le ponemos dibujitos, si la adornamos, es porque tememos no haber dicho lo suficiente con la letra en el papel. Tampoco hay que reunir a mucha gente para leer literatura: nada de multitudes ni de altavoces. No hay placer más grande que vos y el libro en el silencio de una tarde. La literatura, me decía el viejo, como la mujer perfecta: muda y desnuda".
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Hoy saco del cajón otra de las entrevistas-cuento que solían aparecer en los diarios mercedinos la década pasada. Según lo imaginé en su día, el personaje elegido se llamaba Horacio, tenía alrededor de cuarenta y cinco años, varios apellidos (no porque fuese aristocrático, sino porque debía cambiarlos cada seis meses) y estuvo viviendo en Mercedes durante un par de meses, engañando a viejas de pueblo con sus particulares "cuentos del tío".
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En un comentario reciente, una lectora me recordó las épocas en que supe publicar, en el periódico de mayor tiraje de Mercedes, entrevistas a personajes inexistentes (por supuesto sin decir que eran entrevistas falsas). Siempre pensé que los habitantes de las ciudades pequeñas, tan poco lectores pero a la vez tan amigos de propagar el chisme, pueden engancharse con gusto a la ficción literaria de una sola manera: creyendo que el cuento es tan real como la vida misma.
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La etapa más vertiginosa del progreso mundial ocurrió entre 1978 y 1982, cuando los juguetes, que hasta entonces habían sido pelotas inanimadas y baleros sin sabor, fueron convirtiéndose intempestivamente en artefactos a batería o en juegos complicados con infinidad de complementos. Mi vida, la de un gordito de pueblo harto de jugar con el tiki-taka, se vio entonces arrasada por el conocimiento y la aventura. La primera maravilla llegó después del Mundial '78, y se llamó "El Cerebro Mágico".
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El hombre frente a mí podía sorprender por infinidad de cosas. Para empezar, esa mañana cumplía cien años. Sin embargo, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de pelos blancos que le salían de las orejas.
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El mismo día que a Maradona lo echaron del Mundial me cansé de mi vida. Me compré una Olivetti Bambina colorada, una carpa canadiense, pastillas potabilizadoras y una mochila de setenta litros. Convencí al director del diario para que me siguiera pagando, pero por hacer crónicas de viajes. Una vez que aceptó, me subí en Once a un tren que se llamaba "El Tucumano" y me fui al Norte.
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Cuando yo sea Gobernador lo primero que voy a prohibir es que investigue el porqué de las cosas raras que no le hacen mal a nadie. Como por ejemplo el déjà vu y las cadenas postales. ¿Por qué tuve que saber la explicación científica de esos milagros de mi infancia?
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A las siete de la tarde del lunes que acabaría en tragedia, sonó dos veces, desganado, el teléfono blanco de la mansión. La empleada, secándose las manos en el delantal, atendió presta. "Con la casa del doctor Baldasarri, ¿digamé?", recitó. Del otro lado de la línea, la acongojada voz de Cirilo pidió otra vez por Etelvina.
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En una enorme mansión vivía un viudo rico con tres hijos: Federico, el primogénito; Alejandro, el segundo; y Bernardo, el benjamín. Cuando éstos eran aún pequeños, el oráculo le presagió al viudo que solamente uno sería astuto y triunfaría, mientras que los otros se dejarían engañar fácilmente. Pero no le dio nombres.
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Me llamo igual que mi bisabuelo: Luis Gabriel Suchet, pero soy argentino. El viejo, del que tengo un cuadro enorme en la celda, conoció a Napoleón y con él derrotó a O'Donnell en Lérida. Así me contaba mi padre, y después hasta lo vi en un diccionario de la lengua.
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De noche, cuando en casa mi vieja duerme, salgo a lo oscuro y me escondo atrás de un zaguán o de una enredadera o del baldío de Suárez. Cuando aparece una (puede que me pase dos horas esperando, porque en Mercedes de noche no andan mujeres), sea linda o sea fea, le tapo la boca con la mano y la arrastro hasta el terrenito que está pasando DuPont.
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Los seres como Luis y las personas como Mónica, cuando van a copular por primera vez, fingen no saberlo y actúan tomar café, o mirar la televisión. Muchas veces no saben cómo hacer para dejar de tomar café, o para apagar la televisión, o para cambiar de tema y comenzar a quitarse la ropa.
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Juan Jáuregui estuvo en Capital para dar una conferencia sobre los nuevos métodos de packaging en la Comunidad Europea y cuando volvió a Mercedes, a las diez de la noche, ni Lelé ni el nene estaban en la casa. Había una nota imantada a la heladera. "Estoy harta de todas tus mentiras y de que te pienses que soy una estúpida. Voy a pasar unos días con Laura para pensar mejor".
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