Textos y ensayos en donde el autor intenta dejar algún consejo útil o una experiencia común; no para el lector sino para sí mismo, por eso la ayuda es 'auto', como las pistolas automáticas. Al día de hoy existen 19 artículos en esta sección de
Orsai.
Aquí un resumen de cada uno:
Me encuentro con un viejo compañero de la primaria que no veía desde los años ochenta, y del que tuve noticias a través de una red social. Nos citamos en un bar del centro, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: “Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook”. Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: “Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, gordo boludo —me dice—, yo no tendría banda ancha en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero de verdad”.
Me metí yo solo en este berenjenal, y ahora hay que salir. Si un grupo de lectores es capaz de hacer quinientas sesenta preguntas variadas en veinte horas, por qué no voy a ser capaz de contestar la mitad. Así que me pongo a ello ahora mismo. Las dividí en siete grupos: los blogs, el exilio español, preguntas íntimas, el nuevo libro, la profesión, los gustos personales y las inclasificables. Intentaré hacerme el gracioso lo menos posible, pero no esperen milagros. Empiezo ahora y actualizo durante todo el día.
Descubrimos el truco por casualidad, en nuestro propio edificio. Y como nos salió bien, empezamos a repetir la rutina en hogares ajenos, subidos a otros ascensores, con nuevas víctimas. Las bromas perfectas surgen de la nada, de un error o una impaciencia, y ésta fue una de las mejores. Tan original, y tan simple, que siempre nos pareció mentira que no existiera ya, que no fuese un clásico popular. Pero no lo era: lleva nuestra firma. De hecho, ésta será la primera vez que el truco tome estado público.
No es casual que el chiste de salón más extendido sobre los argentinos tenga connotaciones económicas. Comprar a un argentino por lo que vale y venderlo —más tarde— por lo que cree valer, no es sólo un buen negocio. Ni es únicamente un chascarrillo. También nos presenta de cuerpo entero a un matrimonio desavenido pero inseparable: el argentino y su señora esposa, la guita. El argentino y la guita (así llama él a la moneda en la intimidad) son, como todo el mundo sabe, una pareja que se odia a muerte.
Si lees estas líneas es porque hoy cumples trece años y porque yo estoy muerto. Las redacto antes de partir a la batalla, casi sin armas, para enfrentarme a un enemigo superior. Ahora eres un niño de once meses —llevo aquí tu foto— pero mi ahora es tu ayer y no nos sirve. Escribo a trompicones. Las balas pasan tan cerca que es probable que ya tengas trece años. Es buen momento, entonces, para que tengamos una charla de hombre a hombre. Me habría gustado hacerlo en persona, pero ya ves: las cosas nunca son como las deseamos.
Mi weblog se llama Orsai. Puedo decir sobre él que no tiene iconos ni dibujos, que no tiene por costumbre incluir enlaces hacia otros blogs ni a páginas de mi interés, que no posee menú de navegación a izquierda o derecha, que no utiliza publicidad, que no ofrece un reloj que indique la hora en mi país de residencia, que no tiene entradas diarias, breves e informativas, ni videos de youtube, ni fotografías de paisajes, ni de mujeres desnudas o vestidas. Mi weblog es blanco con letras negras. Y hoy cumple tres años.
Después de veinte años he dejado de fumar. Hace dos meses que me siento extranjero en mi propio cuerpo: un turista que levanta la cabeza para observar la altura de sus pulmones, y que le saca fotos al monumento de una escalera que subió sin agotarse. Ésa es la buena noticia. La mala es que se me acabó el ingenio para siempre. Ya no sé escribir ni se me ocurren cosas graciosas a la tarde. Hoy es la primera vez que me siento frente a una hoja para intentar un texto largo, y es probable —aviso desde ahora— que me salga choto.
Hace veinte años mi amigo el Chiri y yo descubrimos, por casualidad, que la mejor manera de caminar es hacerlo como un mono que, mientras trota, se estuviera convirtiendo en avestruz. Esta forma de andar es mucho más cómoda y veloz que la manera habitual, y a todas luces menos cansadora. Con el Chiri solíamos dar largos paseos utilizando este método de tracción, a la vez que nos preguntábamos:
"¿por qué la gente no se desplazará así, por qué todo el mundo ha elegido la variante más difícil?" Dimos con la respuesta en 1991, cuando nos llevaron presos a causa de caminar distinto.
La alta cocina consiste en servir los platos de siempre, presentados de un modo extravagante para poder cobrarlos un ojo de la cara. La argentinidad, bien entendida, es más o menos lo mismo. El chiste famoso debería ser diferente: "Cocine a un argentino por lo que vale, sírvalo caliente, y cóbrelo por lo que dice valer". Así que coja papel y lápiz, señora, porque en el artículo de esta noche le enseñamos a preparar cuatro platos argentinos de fama mundial.
Primer párrafo: definí el tema. ¿Vida privada, sociedad, una teoría ridícula, un cuento? Fijáte qué hiciste antes, no repitas temática que queda feo. ¿Los últimos dos qué fueron? Vida privada y un cuento. Entonces tiráte a una teoría absurda. ¿Por ejemplo? No sé, que los vegetarianos son todos putos. Listo, voy con eso. Ahora definí el tono en el primer párrafo, antes de seguir. ¿Va a ser en joda? Y sí, otra no queda. Listo, en joda. ¿Título? El título dejálo para el final. Ok.
Emiliano (37 años), del barrio Lapenta, morocho, rulos, 1,20 m.; 92 kilos, busca chica preferentemente oficinista de Osecac, delgada, algo tímida, si fuera posible de apellido Sosa o Ricaldoni, de entre 14 y 17 años, con buenas intenciones, para pasar gratos momentos. Emiliano es tuerto, le falta el ojo derecho y en el sitio tiene un agujero.
Durante los felices años en que muy pocos teníamos una PC y una impresora, siempre llegaban a casa amistades sin trabajo con un lastimoso pedido de auxilio: "¿No me hacés un currículum, vos que tenés computadora?". A mí me fascinaba hacer estos favores porque nunca, ni siquiera en Orsai, tuve la oportunidad de mentir con tanta soltura y sangre fría como en las épocas en que mi oficio era el de componer, con pasión y paciencia, la vida de otras personas.
Hay una clase de gente que sabe chistes. Saber chistes es fácil; te sentás una tarde con un casette y, si le ponés voluntad, te aprendés noventa. Pero 'saber' contar chistes es otra historia. Yo le tengo un miedo espantoso a esa gente que, en las fiestas, te empieza a contar chistes. Le tengo más miedo a eso que al cáncer de próstata.
Lo peor que puede pasar en una mesa, cuando el tema es Borges, es que los que conversan empiecen con la cantinela de su posición política y la mar en coche. Hasta los 25 años yo me tomaba el trabajo de discutir sobre el asunto (un día en Chile, incluso, me cagué a palo con uno).
Uno se puede acostar, medio borracho, con una señorita muy fea, siempre y cuando no se llame Berta o Marta. Es humillante despertar con alguien al lado que se llame Berta, o que se llame Marta, o cualquier otra cosa que dé sensación de tía. Es como haber fracasado en la vida, como ser viejo a los treinta, como haber perdido el tren de las Sofías, las Danielas y las Valerias.
El problema no es qué fue primero, si el huevo o la gallina. ¿A quién le importa, si las dos cosas están ricas? El problema es quién descubrió que el huevo se come. O quién fue el visionario que dijo
"tomen de esa leche y van a ver qué gustito". ¿Qué hacía alguien chupándole las tetas a una vaca? En la prehistoria, creo yo, la gastronomía y la zoofilia eran ramas de una misma ciencia.
Yo habría querido llamarme de otra forma, con un nombre que las personas no pudieran olvidar ni a palos, un nombre que sonara importante en las marquesinas y por el que nadie tuviera que preguntar
"¿y eso cómo se escribe, con ese o con cé?. Un nombre de fácil entrada pero no por eso simple; un nombre rápido y al mismo tiempo misterioso, como el ferrocarril de Londres. Que a las mujeres les entren deseos de estar conmigo, y que digan "si se llama así debe tener mucho mundo, pero también muchas ganas de quedarse toda la noche en mi cama".
Esta noche, viajando en el N-6, pensaba en la siguiente metáfora: "Fulano caminaba por la calle con la seguridad y el alivio de aquellos a quienes se les ha destapado la nariz después de cuatro meses". Me pareció gracioso el recurso, más que nada porque en la metáfora misma había una pequeña historia escondida: la de un grupo de gente que anda toda una época con la nariz tapada y de un día para el otro, ¡zas!, otra vez el aire a los pulmones y a caminar por la vereda sacando pecho.
Durante el día me asaltan infinidad de preguntas idiotas. Me asaltan, pero rara vez me desvalijan. Quiero decir: no logro nunca entregarles las respuestas que buscan, por más que a veces utilicen la fuerza para reducirme. Y entonces se van (por lo menos eso parece), al acecho constante, a asaltar a otro cristiano más despierto.