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    <title>Orsai</title>
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    <updated>2010-05-24T11:55:22Z</updated>
    <subtitle>Weblog de Hernan Casciari</subtitle>
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    <title>El pibe que arruinaba las fotos</title>
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    <published>2009-09-18T11:09:25Z</published>
    <updated>2010-05-24T11:55:22Z</updated>
    
    <summary>Esta mañana salió a la venta en España y Argentina una novela que no recuerdo haber escrito nunca. Claro que la escribí yo, palabra por palabra, pero el asunto es que no me di cuenta, hasta hace unos meses, de que aquel montón de historias podían ser una sola. Lo que sí hice, cuando lo supe, fue darles continuidad y ritmo. En eso estuve estos meses de ausencia en Orsai: editando y corrigiendo recuerdos propios. Lo que quedó es, hasta ahora, lo más lindo que escribí en la vida. Y fue sin querer.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Historias" />
    
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        <![CDATA[<p>Esta mañana salió a la venta en España y Argentina una novela que no recuerdo haber escrito nunca. Claro que la escribí yo, palabra por palabra, pero el asunto es que no me di cuenta, hasta hace unos meses, de que aquel montón de historias podían ser una sola. Lo que sí hice, cuando lo supe, fue darles continuidad y ritmo. En eso estuve estos meses de ausencia en <i>Orsai</i>: editando y corrigiendo recuerdos propios. Lo que quedó es, hasta ahora, lo más lindo que escribí en la vida. Y fue sin querer.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Ayer hablé por teléfono con mi hermana, que ya tiene un ejemplar. Me dijo que había llorado y se había reído sin parar, y que era un libro hermoso. Suspiré aliviado, porque me lo decía alguien que protagoniza varios capítulos de la historia, con su nombre y su apellido, y yo nunca le avisé que eso iba a pasar; lo supo con el libro ya en la mano. (No sé por qué me arriesgo tanto a perder la amistad de mi familia.)</p>

<p>La historia de este libro es casual: yo tengo un contrato con <i>Mondadori</i>, por suerte muy flexible, y en abril me tocaba entregar un libro de cuentos. El libro ya estaba terminado y tenía nombre. Pero una tarde me puse a rastrear un correo viejo en el buscador de <i>Gmail</i>, y se me aparecieron varios chats con mi padre. Seguramente yo sabía que ahí estaban todas mis conversaciones con Roberto de los últimos cinco años, pero nunca se me había ocurrido revisarlas después de su muerte.</p>

<p>Esas lecturas me conmocionaron. En casi todas las charlas (generalmente muy nocturnas para mí, y para él antes de cenar) hablábamos de fútbol o de <i>Orsai</i>. Me llamó mucho la atención ese detalle: él me comentaba los cuentos de <i>Orsai</i>, sobre todo las historias en las que aparecía.</p>

<p>Esa noche, después de leer chats antiguos durante horas, y con el corazón un poco desbocado de nostalgia, puse el nombre de mi padre en el buscador de <i>Orsai</i> y aparecieron casi treinta cuentos donde lo nombro. Me los puse a leer, desde el más antiguo al más actual, y lo que leí tenía el tono y el ritmo de una novela involuntaria. Me quedé pasmado. La historia empezaba con él llevándome a rugby hace treinta años, para que yo no fuera puto, y acababa con su muerte sorpresiva y anacrónica.</p>

<p>¿Qué hacía yo, entonces, enviando a imprenta un libro de cuentos dispersos, si tenía frente a mis ojos un material que me hacía saltar las lágrimas cada cuatro líneas?</p>

<p><i>“El pibe que arruinaba las fotos”</i> nació esa noche en mi cabeza. Descubrí que había escrito una novela de a ratos, sin intención, y que ahora que Roberto ya no estaba esa historia había acabado para siempre. Al día siguiente hablé con Schavelzon, que es mi agente literario, y le pedí que convenciera a la editorial para que me diera más tiempo, porque quería entregar una novela y no un libro de relatos. No le costó mucho que accedieran.</p>

<p>A mí, en cambio, sí me costó editar esas historias. Bastante más de lo que pensaba. No tanto por el trabajo de unir con nuevas letras los huecos entre una historia y la otra, sino porque todos los relatos en los que aparece Roberto estaban narrados en presente. Por ejemplo, en la frase <i>“mi padre es amigo de toda la gente que transpira por placer”</i>, yo tenía que cambiar una sola palabra, nada más que una: en lugar de <i>es</i> amigo, tenía que poner <i>era</i>. Era amigo. Nunca antes los tiempos verbales me habían causado tanto impacto.</p>

<p>Más allá de esos inconvenientes, más emotivos que gramaticales, las historias caían en el papel llenas de enlaces internos, con eslabones propios que las iban atando unas a otras de un modo que, por lo menos a mí, me empezaba a parecer milagroso. El libro crecía conmigo en los bordes, conmigo de espectador, como si un puzzle que tiraras en la mesa se fuera uniendo solo, sin la ayuda de las manos ni el esfuerzo.</p>

<p>Y ahora estoy contento, porque desde esta mañana el libro está en la calle y me gusta que haya surgido de ese modo. </p>

<p>La mayoría de las cosas que están escritas en él (como va siendo costumbre) ustedes las han conocido primero acá, en este blog, porque las escribí en directo y sin filtros literarios. Están las historias que más me gustan de <i>Orsai</i>, ésas en las que aparecen el Chiri, Chichita, Roberto, mi hermana, el Negro Sánchez, Cristina y la Nina. Es decir, están las peores verdades y las mejores mentiras que escribí durante los últimos tres años.</p>

<p>Releyendo lo escrito hasta aquí, me da un poco de resquemor que ustedes puedan sospechar que éste es un texto publicitario. Que digo todo esto para que compren el libro. Me voy a quitar ahora mismo la sensación con un regalo que (también es costumbre) les hago siempre el mismo día que un libro mío aparece en góndola:</p>

<center><a href="http://blogs.elpais.com/espoiler/2009/El%20pibe%20que%20arruinaba%20las%20fotos.pdf" target="_blank"><img src="http://orsai.es/img/descargar_pibe.png" border="0"></a></center>

<p>Una vez solventada la sospecha de marketing indirecto (la única manera de hacerlo es la gratuidad absoluta de la obra) debo agradecer a <i>Random House Mondadori</i> que me permita, otra vez, regalarles a ustedes lo que ellos ponen a la venta. Yo sé que, en el fondo, muchos de ustedes comprarán también el libro en papel —para tenerlo, para regalarlo o para compartirlo—, pero también sé que hay muchos, en otros países que no son España, Argentina, Uruguay y Chile, que no tienen otra opción de lectura más que la descarga. El regalo es, sobre todo, para ellos.</p>

<p>Seguro que, después de éste, vendrán más libros. Y es posible que alguno me guste mucho. Ojalá. Pero ya no habrá otro que surja con una espontaneidad semejante, con tan poco berretín de novela, ni tan de adentro.</p>

<p>Y también es seguro que ahora —tan pronto acabe la gira de prensa que se larga en estos días— retomaré <i>Orsai</i> con la frecuencia antigua. Es una aventura muy íntima, e inexplicable, regresar siempre a este cuaderno que ya me dio, además de dos libros de papel, las mejores alegrías de los últimos años.</p>

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<div class="pub_titulo"><i>El trailer de la novela</i></div>
<div class="pub_texto">
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    <title>La revancha</title>
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    <published>2009-06-19T13:42:51Z</published>
    <updated>2009-09-18T10:09:54Z</updated>
    
    <summary>Son las cuatro y mi hija acaba de tener una pesadilla. Se despertó llorando y me contó el sueño mientras hacía puchero. Yo escuché la historia, le acaricié la cabeza y la tranquilicé. Mientras me describía al protagonista de su pesadilla intenté que no notara mi angustia. Ella no tiene edad todavía para entender mi sobresalto. Ahora que ha vuelto a quedarse dormida, ahora que el desvelado soy yo, voy a intentar contar la historia completa. Hace mucho que no escribo, quién sabe cómo saldrá.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Vida privada" />
    
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        <![CDATA[<p>Son las cuatro y mi hija acaba de tener una pesadilla. Se despertó llorando y me contó el sueño mientras hacía pucheros. Yo escuché la historia, le acaricié la cabeza y la tranquilicé. Mientras me describía al protagonista de su pesadilla intenté que no notara mi angustia. Ella no tiene edad todavía para entender mi sobresalto. Ahora que ha vuelto a quedarse dormida, ahora que el desvelado soy yo, voy a intentar contar la historia completa. Hace mucho que no escribo, quién sabe cómo saldrá. </p>]]>
        <![CDATA[<p>La pesadilla que acaba de tener mi hija es una venganza para su padre. Una revancha de la que ella, pobrecita, es solamente un daño colateral. Como los chicos que quedan en medio de un tiroteo, la Nina se metió hace un rato, sin querer, en la guerra de otros. Para ordenar las ideas tengo que irme al Buenos Aires del noventa y cuatro. </p>

<p>En esa época yo era un tipo flaco, de veintitrés años, que trabajaba en una revista económica llamada <i>Énfasis</i>. Allí escribíamos —completamente drogados— sobre logística, packaging, management y alimentación. Desde un segundo piso de la calle Leandro Alem yo dirigía, sin conocimiento de causa, un dossier sobre gestión ambiental en la empresa. La palabra que más me gustaba escribir en esa época era ‘biodesarrollo’. </p>

<p>Al principio me aburría bastante, pero un par de meses después de que me aceptaran, logré que incorporasen también al Chiri y entonces las tardes empezaron a ser divertidas, y también más rentables. Como ya teníamos un par de sueldos decentes, empezamos a vislumbrar la posibilidad de dejar de ser pobres y mudarnos a un lugar mejor. Justo entonces nos hicimos amigos de Andrés Gelós, un personaje muy pintoresco del Departamento Comercial de <i>Énfasis</i>, al que yo le debía mi puesto de trabajo. Él me había recomendado a los jefes, con grandes mentiras.</p>

<p>Andrés Gelós, el Chiri y yo decidimos alquilar una casa enorme en Villa Urquiza, con muchas habitaciones y terraza, para vivir los tres y compartir los gastos. Estábamos convencidos de que la idea era perfecta, porque en la redacción nos llevábamos muy bien. Con ese único indicio a nuestro favor, apostándolo todo a esa ecuación tan torpe, inauguramos convivencia junto a un desconocido. Gran error, por supuesto. ¿Pero quién podía anticiparse a las desgracias en los noventa?</p>

<p>El Chiri y yo veníamos boyando por diferentes barrios porteños desde los diecisiete, y no teníamos intención de dejar la adolescencia. Si ahora usábamos traje y escribíamos sobre el desarrollo de las <i>pymes</i>, sabíamos que aquello duraba de trece a diecinueve horas. Una vez fuera de la redacción, había que volver a la idiotez con urgencia. Estábamos acostumbrados a comer arroz de la olla y a limpiar el baño solamente cuando venían mujeres. Nuestra vida de entonces consistía en ver televisión y fumar porro. Y nuestra lucha, a brazo partido, era lograr que nada cambiara de repente.</p>

<p>Andrés Gelós, en cambio, había vivido hasta entonces con sus padres y su hermano; como es lógico, la aventura de irse de casa le resultaba excitante, evolutiva, y más que nada iniciática. Él estaba dejando la pubertad porteña de estar cerca de papi y mami, y se planteaba inaugurar su madurez en casa propia, con un par de amigos del trabajo que le caían muy bien. Andrés Gelós quería que todo resultara perfecto. Y nosotros, sin querer (bueno, yo un poco queriendo) se lo hicimos muy cuesta arriba.</p>

<p>No voy a contar los detalles de cada conflicto, porque fueron muchos y es posible que quiera narrar otros cuentos de aquella época, que fue maravillosa. La debacle de la convivencia ocurrió de a poco, y en un porcentaje enorme por mi culpa.</p>

<p>Por alguna razón, cada mejora que Andrés le hacía a la casa, yo la rompía, más tarde o más temprano. </p>

<p>Una mañana llegó a casa con una mesa de pimpón hermosa para la terraza. ¡Ah, cómo jugamos, con cuántas ganas, durante un mes entero! Desde el primer día, como si fuera un padre de bigote entrecano, nos recomendó guardarla siempre bajo techo después de jugar. Al segundo mes la mesa amaneció doblada por la lluvia y derretida por el sol, y nosotros debajo, durmiendo. </p>

<p>Si bien muchas cosas las rompíamos el Chiri y yo, juntos, Andrés me echaba la culpa solamente a mí, porque (nunca supe el motivo) ningún ser humano es capaz de enojarse con el Chiri.</p>

<p>Un domingo Andrés organizó un asado para su familia, y quiso que nosotros estuviéramos allí. ¿Por qué hacía esto, si nosotros odiábamos a las familias en general? Nos lo pidió de rodillas y accedimos. Una vez que formábamos parte del almuerzo, nos hizo limpiar la casa. Estuvimos toda la mañana barriendo y fregando y, es verdad, no debimos habernos drogado desde tan temprano.</p>

<p>Cuando llegaron los padres de Andrés, y su hermano mayor, me encontraron tirado en el suelo, boca arriba, con una botella de yogur que me goteaba líquido blanco en los ojos. Yo gritaba:</p>

<p>—Acabáme en la cara, acabáme en la cara...</p>

<p>Chiri estaba desparramado de la risa del otro lado de la habitación. Los padres de Andrés no quisieron aparecer nunca más por la nueva casa de su hijo. Su hermano Pablo, en cambio, empezó a venir más seguido.</p>

<p>Pablo Gelós era unos años mayor que Andrés y estaba completamente loco. Tuvimos con él una amistad fragmentada pero intensa. No lo veíamos mucho, pero cuando aparecía por la casa era como si llegase un Andrés con menos pelo y mucho más relajado. Cuando había discusiones serias entre nosotros y su hermano, Pablo no se metía. Sabíamos de él que era actor, un gran comediante. </p>

<p>Pasaban los meses en la casa de Urquiza y era obvio que tarde o temprano Andrés Gelós iba a explotar. De algún modo, nosotros hacíamos lo imposible para que nos echara a la mierda. La vida en la casa nos resultaba cada vez más agradable, sobre todo con la presencia paternalista de Andrés, que nos hacía ir bien vestidos e intentaba que no nos drogáramos adentro. No éramos nosotros los incómodos, era únicamente él.</p>

<p>Para Chiri y para mí, era como volver a tener padres.</p>

<p>Supongo que la gota que colmó el vaso fue la llegada de los cachorros. No recuerdo a quién se le ocurrió tener perros en casa, pero los trajimos. Fuimos como esos matrimonios a la deriva que sospechan que con la llegada de un hijo todo se puede encarrilar. Una tarde, en una caja, aparecieron <i>Roosevelt</i> y <i>Burela</i>, macho y hembra. Los bautizamos igual que la esquina donde teníamos la casa.</p>

<p>Andrés trataba a esos perros como si fueran hijos humanos de corta edad. Les daba de comer mejor carne que a nosotros. Los peinaba, les enseñaba a cagar afuera, les acariciaba la cabeza... De repente, Chiri y yo dejamos de importarle: se había conseguido dos amigos nuevos, muchísimo más decentes y cariñosos que nosotros.</p>

<p>Al Chiri y a mí los perros nos divirtieron más o menos doce minutos. Después nos olvidamos por completo de su existencia. O por lo menos eso hubiéramos querido, pero Andrés nos obligaba a darles de comer y limpiar las cacas de la terraza. Chiri, alguna vez, subía con palita y escoba a limpiar. Yo no tengo recuerdo de haber hecho eso nunca en la vida.</p>

<p>Un fin de semana largo, Andrés tuvo que irse y dejó los perros a nuestro cuidado. Nos recomendó cien cosas: alimentos cuánto y dónde, pastillas de las pulgas a qué hora, caquita de la terraza impostergable, paseos nocturnos por la plaza, etcétera. Cuando Gelós salió por la puerta, Chiri y yo nos prendimos un porro y nos olvidamos de todo.</p>

<p>A la mañana siguiente <i>Burela</i> (la hembra) se había descompuesto y había cagado seis kilos de mierda líquida en las escaleras delanteras de la casa. El olor era insoportable. Para salir a comprar cigarros, o comida, o cerveza, era menester rodear la mierda con cuidado para no pisarla. O limpiar, claro. Pero eso no estaba en nuestros planes.</p>

<p>La mierda aquella duró todo el sábado, y el domingo se empezó a secar. Nosotros nos habíamos ubicado en la parte opuesta de la casa para no sentir el olor, pero la pestilencia nos perseguía. El domingo a la noche nos pusimos serios:</p>

<p>—Andresito vuelve el martes —dijo Chiri—, algo vamos a tener que hacer.</p>

<p>—Tendríamos que haber baldeado cuando la mierda estaba fresca —dije yo—. Ahora alguien va a tener que rasquetear.</p>

<p>Nos miramos; prendimos un porro. </p>

<p>El martes al mediodía, cuando Andrés volvió, la mierda ya tenía gusanitos. Y los perros estaban en la terraza, conviviendo entre mucha más mierda, llenos de moscas, y sin comida desde el domingo. </p>

<p>Gelós me despertó a los gritos y me citó en el comedor de nuestra casa. Llegué con cara de dormido. Me dijo que me tenía que ir, que no podía vivir más conmigo. Andrés tenía previsto que yo iba a oponer alguna resistencia, y había traído una lista de razones que acreditaban su decisión. No le hizo falta usar el listado: le dije que bueno. Que me diera unos días para buscarme algo.</p>

<p>—Dos días, ni uno más —me advirtió.</p>

<p>Después se acercó a Chiri, que había escuchado la conversación en silencio.</p>

<p>—No te preocupes —le dijo—, lo convencí a mi hermano Pablo para que se mude con nosotros, así seguimos siendo tres para el alquiler.</p>

<p>A Chiri le dio ternura que Andrés diera por sentada su permanencia.</p>

<p>—Yo me voy con el Gordo —le dijo sonriendo.</p>

<p>—Pero yo no estoy enojado con vos.</p>

<p>—Yo tampoco, Andresito —le dijo Chiri, y le palmeó la espalda.</p>

<p>Una hora más tarde estábamos metiendo los mismos libros de siempre adentro de cajas de cartón. Era la segunda vez en cinco años que nos echaban de Villa Urquiza: iba siendo hora de entender que ese barrio estaba maldito.</p>

<p>Los tres o cuatro días de transición no fueron amables. Ahora Andrés, además de estar enojado conmigo por lo de siempre, estaba enojado con Chiri porque había elegido irse en lugar de quedarse. Mientras buscábamos otro departamento, teníamos que seguir viendo, a diario, la cara de orto de Andrés Gelós, nuestro segundo padre, el padre más joven que tuvimos en la vida.</p>

<p>Desayunábamos a horas distintas para no compartir la cocina, y las pocas veces que nos cruzábamos en los pasillos, o en la redacción de <i>Énfasis</i>, bajábamos la vista. El toque de equilibrio a semejante frialdad lo ponía Pablo Gelós. El hermano mayor de Andrés estaba a punto de ocupar mi habitación y ya empezaba a traer sus cosas a la casa. Pablo hacía chistes e intentaba que nosotros y su hermano nos reconciliáramos, para que —al menos— el final fuera feliz. </p>

<p>Sin decirlo abiertamente, para no enojar más a su hermano, los gestos cómplices de Pablo nos hacían notar que él nos entendía, que sabía muy bien el esfuerzo que conlleva aferrarse a la adolescencia con las uñas y con los dientes.</p>

<p>La mañana que nos dieron la llave de un departamento desvencijado en la calle Guatemala, fuimos por última vez a Villa Urquiza para buscar nuestros bártulos. Andrés estaba adentro, lo vimos a través de una cortina, pero no quiso salir a despedirnos. Había sido un año agotador para él. Pablo Gelós, en cambio, nos ayudó con las cajas y le ofreció a Chiri pagar una parte del flete.</p>

<p>Cuando nos fuimos, pensamos que quizá habíamos elegido vivir con el hermano equivocado.</p>

<p>Nuestro nuevo hogar no era gran cosa. Dos ambientes chiquitos, cocina y baño. Todo el departamento, balcón incluido, podía entrar siete veces en la casa gigante de Urquiza. Pero, al revés de lo que podía pensarse, nos sentíamos libres sin Andrés quejándose por todo y persiguiéndonos para que nos bañáramos. Volvimos a comer de la olla y fumábamos más que nunca. Como el alquiler no era mucho, también renunciamos a <i>Énfasis</i>, un poco porque estábamos hartos del <i>management</i>, y otro poco para no tener que ver a Andrés nunca más en la vida.</p>

<p>La tercera noche en el departamento nuevo, soñé que volvía a la casa de Urquiza. Fue un sueño nítido y comprimido que no olvidé nunca más. </p>

<p>Yo tenía las llaves viejas y era consciente de que aquélla ya no era mi casa. Era de madrugada y sentí curiosidad por ver cómo estaban los muebles y dónde dormía Pablo Gelós. Esa curiosidad por conocer cómo son, ahora, los lugares donde vivimos antes, me persiguió toda la vida.</p>

<p>Entré a hurtadillas a la casa de los hermanos Gelós y subí las escaleras. Vi el comedor, exactamente igual a como lo habíamos dejado. Abrí la puerta de la habitación de Andrés y ahí estaba él, dormido. Estuve a punto de hacerle alguna maldad más, pero preferí seguir de largo. </p>

<p>Yo era consciente de estar dentro de un sueño, y eso me daba poderes mágicos. Subí flotando a la que había sido mi habitación. Abrí la puerta y me quedé en penumbras. En la cama estaba Pablo Gelós, el hermano mayor de Andrés, durmiendo boca arriba.</p>

<p>Me acerqué; Pablo se despertó. En ese momento tuve miedo de asustarlo y le tapé la boca para que no gritase. Quería decirle que con él estaba todo bien, que no era mi intención molestarlo. Pero vi sus ojos, aterrorizados, y descubrí que era tarde. No era un sueño mío donde estábamos, sino una pesadilla de él. Lo supe realmente, con una conciencia espantosa.</p>

<p>En general, las pesadillas deberían asustar al dueño, al que las sueña. Pero en este caso yo estaba muy tranquilo, en casa ajena, asustando a otro pobre diablo. </p>

<p>Los ojos de Pablo Gelós se hacían cada vez más grandes, las pupilas dilatadas, su corazón a los saltos. Cuando confirmé que el malo del sueño era yo, y que el miedo me era ajeno por completo, me ayudé con la otra mano y empecé a ahorcar a Pablo. Apreté su cuello con fuerza y me empecé a reír. </p>

<p>¡Ja, ja, ja! </p>

<p>Me desperté transpirado.</p>

<p>Nunca había escrito esta pesadilla, pero la conté cien veces en sobremesas, cada vez que hablamos de sueños raros. Me fascina la historia, porque por única vez yo fui el monstruo, el malo en una pesadilla ajena. Jamás hablé con Pablo Gelós para certificarlo, pero siempre me gustó pensar que esa misma noche él, durmiendo en la casa de Urquiza, soñó que yo entraba a su habitación para matarlo. ¿Por qué no?</p>

<p>Pasaron los años. Nunca más vi a los Gelós. Después me vine a vivir a España y tuve una hija. </p>

<p>Andrés tuvo dos, por lo que sé. Una noche de este siglo, Gelós le empezó a contar un cuento a sus hijas, un cuento que se llamaba ‘Reinas Magas’. El cuento resultó ser tan interesante que lo vendió a la televisión argentina y se produjo, con la historia, una serie infantil con guiones de Andrés. En esa historia hay un malvado que se llama Das Pulgas. En la serie, a este personaje lo interpreta Pablo Gelós.</p>

<p>‘Reinas magas’ tuvo mucho éxito en diversos países del mundo y hace un año llegó a la televisión española. Nina, mi hija de cinco años, vio todos los episodios, se rió y bailó con las protagonistas, pero también se asustó mucho con el malo malísimo del cuento, porque la interpretación de Pablo Gelós, en el papel de <i>Das Pulgas</i>, es magistral. </p>

<p>A las cuatro de la madrugada de hoy (hace un rato largo, porque ahora ya amanece) Nina se despertó a los gritos y fui a su habitación para calmarla. Entonces me contó su mal sueño. Me dijo que ella estaba durmiendo y que entraba <i>Das Pulgas</i> a su cuarto, que se sentaba en su cama y la despertaba. Me dijo que ella quería gritar y no podía, porque <i>Das Pulgas</i> le tapaba la boca con una mano. </p>

<p>Mientras la escuchaba tragué saliva y me puse pálido, pero creo que ella no se dio cuenta. En un segundo se me representó la revancha de Pablo, y también supe que, después de muchos meses, volvería a escribir. Tranquilicé a Nina como pude y le dije que volviera a dormir. Ella me hizo que no con la cabeza, me dijo que tenía miedo de cerrar los ojos, porque <i>Das Pulgas</i> podía aparecer otra vez. </p>

<p>La miré a los ojos y le dije, con absoluta seguridad, que eso no iba a pasar.</p>

<p>—¿Por qué? —me preguntó.</p>

<p>—Porque no te está buscando a vos —le dije—, me busca a mí.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Melancolía de mujeres analógicas</title>
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    <published>2009-04-24T14:19:52Z</published>
    <updated>2009-09-05T01:47:28Z</updated>
    
    <summary>Me encuentro con un viejo compañero de la primaria que no veía desde los años ochenta, y del que tuve noticias a través de una red social. Nos citamos en un bar del centro, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: “Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook”. Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: “Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, gordo boludo —me dice—, yo no tendría banda ancha en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero de verdad”. </summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Autoayuda" />
    
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        <![CDATA[<p>Me encuentro con un viejo compañero de la primaria que no veía desde los años ochenta, y del que tuve noticias a través de una red social. Nos citamos en un bar del centro, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: “Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook”. Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: “Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, gordo boludo —me dice—, yo no tendría banda ancha en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero <i>de verdad</i>”. </p>]]>
        <![CDATA[<p>—¿Para tanto? —le pregunto.</p>

<p>—Mirá para afuera —me explica—. Imaginate que todas las mujeres que están pasando ahora por la calle tuvieran un cartel en el culo que dijera ‘estoy en una relación complicada’, o ‘soy soltera’, o ‘solamente busco amistad’, o incluso ‘me interesan los hombres y también las mujeres’…</p>

<p>Hago lo que dice mi amigo: miro por la ventana del bar hacia la calle y veo la primavera de Barcelona en su esplendor: holandesas, suecas, nativas, maduras y jovencitas, diferentes colores y tamaños; hay de todo en la viña del Señor. </p>

<p>Mi amigo me aprieta el brazo y me dice:</p>

<p>—Imaginate que aquella que está por cruzar la Diagonal tuviese un cartel que dijera: ‘Hace doce días que estoy deprimida’. Tener esa data de primera mano, Hernán, hacer cálculos mentales y abordarlas a todas. </p>

<p>—Te estás excitando, calmate —le digo a mi amigo.</p>

<p>Pero él sigue con su verborrea:</p>

<p>—¿Cuánto hubiéramos simplificado el enfoque de la seducción, hace diez, hace quince años, de haber tenido esos guiños entre las conocidas del colegio, de la universidad, de las compañeras de trabajo, de las ex novias?</p>

<p>Me lo imagino; mi amigo tiene mucha razón.</p>

<p>—La mujer analógica, la del siglo pasado, esperaba que vos te dieras cuenta de ciertas cosas. ¿Te acordás las preguntas que uno se hacía antes? <i>¿Tendrá novio Estelita? ¿Qué música le gustará? ¿Será buen momento para abordarla?</i> —rememora mi amigo— Ahora la mujer digital te lo indica en el perfil del Facebook. Cualquier conocida de la oficina, cualquier amiga de una amiga, te avisa si se peleó con el novio, te explica si le gusta Neruda o si le gusta Bucay, te pone fotos de las vacaciones en Ibiza, para que la veas medio en bolas… </p>

<p>Cierra los ojos y sonríe. Continúa:</p>

<p>—¿Cuánto tardábamos, en los ochenta, para ver en bikini a la chica que nos gustaba? ¡Había que esperar al Día de la Primavera, que alguna se emborrachaba en el parque,  o a que te invitaran a una pileta en verano! No, Gordo, la vida mejoró mucho…</p>

<p>—Bueno, pero supongo que tampoco será tan fácil.</p>

<p>—Hay desventajas, claro —matiza—. Te podés ensartar, como toda la vida. Te podés despertar con un bicho a la mañana siguiente… Pero en Facebook hay escaramuzas, hay trucos que te proporciona la experiencia. </p>

<p>—¿Por ejemplo? </p>

<p>—Alejate de las mujeres que ponen la fecha de nacimiento sin indicar el año: a ésas ya se les cayeron las tetas. Escapá de las que cuelgan muchas fotos de sus mascotas: son depresivas. Ni se te ocurra encarar a las que te parecen lindas pero tienen todas las fotos en contrapicado: son gordas con complejo de papada. Si dicen estar “en una relación difícil” y tienen más de treinta fotos besando al mismo tipo, en diferentes épocas, borrate: después de coger, lloran.</p>

<p>—Impresionante —le digo con sinceridad.</p>

<p>—Hay que estar atento a las que, en la imagen del perfil, ponen una foto sacada por ellas mismas en el baño. A ésas, les decís cuatro piropos en el Muro y las tenés comiendo alpiste. Atento a las que ponen fotos viajando por el mundo con una amiga, siempre la misma amiga: son fiesteras. Pero ojo —matiza mi amigo—: tiene que ser fotos por el mundo; si viajan por su propio país, son histéricas. A las que ponen una imagen de ellas cuando eran chiquitas, en color sepia, les gusta el sexo duro. Las que dejan vacío el ítem sobre intereses musicales, prefieren pagar el hotel a medias.</p>

<p>Mi antiguo amigo de la primaria me atiborró de consejos, pero sólo me acuerdo de estos pocos para compartir hoy con ustedes. Habló durante más de una hora, sin parar. Y después dijo que debía irse a una cita con una mujer que había conocido en la estación Verdaguer.</p>

<p>—Me tiemblan las manos —me confesó antes de salir del bar—. Esta mujer que conocí en el metro me dice que no tiene Internet. No sé nada de ella, nunca vi fotos, no sé de qué carajo le voy a hablar.</p>

<p>—¿Y para qué vas, entonces?</p>

<p>—Es que últimamente me calientan mucho las mujeres analógicas. Tienen olor a infancia.<br />
</p>]]>
    </content>
</entry>
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    <title>La noche de los maníes</title>
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    <published>2009-03-31T13:50:46Z</published>
    <updated>2009-04-24T14:19:24Z</updated>
    
    <summary>Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro. </summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Historias" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Si lo hubiera sabido, si lo hubiera sospechado, le habría prestado atención, hubiera pedido silencio a los demás: </p>

<p>—Silencio, amigos, el que pide la palabra es Salas, un escritor que amaré dentro de quince años y por el resto de mi vida —hubiera dicho. </p>

<p>Me habría convertido en un defensor de su futuro poema o de lo que estuviera a punto de leernos (era un librito verde). Ahora sé qué libro, lo intuyo: pero entonces no. Todos éramos muy jóvenes. </p>

<p>Yo también le tiré maníes a Salas, quizá yo comencé, bien puede ser, a tirarle maníes. También lo blasfemé y le dije viejo de mierda, cerrá el orto, viejo puto decrépito, sorete, chanta, sacáte el peluquín. Yo le digo aquello en la memoria, todavía hoy, y me resulta insoportable. </p>

<p>Y Salas hace silencio, ya no golpea la mesa, se queda mudo, sentado, mientras los demás reímos, y luego se levanta y se va. Nadie ve esto, nadie nota que se ha ido. Yo tampoco, porque me estoy riendo y gritando. </p>

<p>Pasan diez años y lo encuentro en una mesa de Eudeba. Yo no me acuerdo de nada, pero él sí. </p>

<p>Me dice: </p>

<p>—Vos estabas una noche en las tertulias de los jueves del Tortoni, y fuiste uno de los que me tiraban maníes. </p>

<p>Los demás se quedan en silencio en la mesa, me miran, esperan algo. Yo, rojo de vergüenza digo:</p>

<p>—No puede ser.</p>

<p>Pero Salas asiente, como si no le diera mayor importancia. Dice que me recuerda. Yo no lo recuerdo a él, pero sí recuerdo haberle tirado maníes a un viejo que podía ser cualquiera. ¿Era él, era Salas? Ahora estábamos sentados en la misma mesa del jurado, diez años después; qué memoria. Lo dice en voz alta, pero no como un reproche, sino como una casualidad del destino, para compartir una casualidad con los demás componentes del jurado. De todos modos me avergüenza. </p>

<p>Días después se lo digo, en la entrega de premios:</p>

<p>—Me ha avergonzado en la mesa la otra tarde, cuando dijo que yo le había tirado maníes. </p>

<p>—No haber tirado maníes —me dice—. Haberlo pensado mejor. </p>

<p>—Sí, pero yo no sabía que se trataba de usted. </p>

<p>—Ah —me dice— mala suerte. </p>

<p>Y sonríe y ya no nos vemos más durante otros seis años porque yo me voy del país, me caso, tengo dos hijos, me divorcio, muere mi padre, regreso y entonces una tarde lo encuentro en un bar de Rivadavia y Junín. Él dentro del bar; yo pasaba por ahí. </p>

<p>Nos saludamos a través de la ventana, después entro, me siento, él parece contento de verme, yo estoy un poco arrepentido de haberlo saludado. Conversamos y recordamos la anécdota de los maníes, el encuentro en la mesa del jurado, le cuento mi viaje, mi desastre familiar, él me dice que ha escrito tres libros, yo dos, él me dice que ha leído mis dos libros, me sonrojo, me dice que uno está muy bien, que el anterior es pretencioso. Tiene razón. </p>

<p>Miro el reloj; me están esperando. </p>

<p>Yo no he leído sus tres nuevos libros, me excuso, porque recién he llegado de Londres y allí, claro, sus libros no se han editado. Y entonces me dice que me los enviará. Y comienza a contarme algo que ha ocurrido la noche de los maníes. Luego, después de irse del Tortoni. Lo interrumpo. </p>

<p>—Me encantaría quedarme —le digo— pero me esperan. </p>

<p>Me pide una dirección. Intercambiamos teléfonos y datos. Nos despedimos. Pasan seis años más y me entero de la muerte de su hija por los diarios. Pasan otros tres años y le dan el Cervantes en Madrid. Otros dos años y me mudo a esta casa. </p>

<p>Entonces, un día, toca a la puerta. Está muy viejo, lo hago pasar. </p>

<p>—Es un honor recibirlo, Salas. </p>

<p>Él tose, parece agotadísimo, me dice que el aire está contaminado, habla del tiempo, elogia unos cuadros de la sala, acepta un té. Le digo que he sido muy irrespetuoso con él. Menciona los maníes. Le digo sí, eso también, pero en realidad lo digo por no haberme comunicado con usted para felicitarlo por el Cervantes, o antes, para darle el pésame por lo de su hija. Me dice que lo peor ha sido lo de los maníes. </p>

<p>También me dice que necesita contarme algo que ocurrió luego de la noche de los maníes, algo que le había cambiado la vida para siempre y que directa, no indirectamente, había sido a causa de aquella noche en que algunos de mis amigos y yo le habíamos tirado maníes y no lo habíamos dejado recitar su poemario en el subsuelo del Tortoni. Pienso que está bromeando. Le digo: </p>

<p>—No me hablará en serio, Salas. </p>

<p>Me dice que sí, que es muy serio lo que tiene para decirme, que no es una recriminación pero que sí es muy grave y fundamental para su vida, para lo que fue su vida después de esa noche. </p>

<p>Tiembla. Tose. Se le humedecen los ojos. Descubro que habla en serio. El agua del té hierve en la cocina. </p>

<p>—Voy a buscar el té y me lo cuenta —le digo. </p>

<p>¿Cuánto tiempo lo dejo solo? No más de dos minutos: lo que se tarda en llenar dos tazas, encontrar una bandeja, sonreír por la ocurrencia y por la visita, por aquello que espero escuchar enseguida, poner dos terrones de azúcar y regresar al salón. Dos minutos, tres minutos. No más que eso. </p>

<p>Entonces regreso y Salas tiene la boca entreabierta, está sentado en el sofá donde acabo de dejarlo, el sombrero en la mano, el bastón a un costado, erguido, los ojos abiertos, con una mueca extraña, como si todo lo que tenía pensado decirme ya lo hubiera dicho; un gesto de haber concluido, o quizás un gesto de haber muerto donde quería, como si hubiera llegado a mi casa a morir (excusa lo otro) y lo hubiera conseguido por los pelos, en el último minuto, los puños serenos, no rígidos. </p>

<p>Afuera comienza a llover y yo con la bandeja en las manos. Pasan doce años. Ya no vivo en esta casa sino en el apartamento de mi segunda mujer, tengo un hijo —el tercero—, tengo más de quince libros de los que no me arrepiento. Leo muchísimo a Salas, sobre todo sus primeros libros, los que ha escrito antes del episodio de los maníes, los poemas naturalistas, los cuentos breves, también sus dos primeras novelas, que me parecen actuales, geniales, llenas de vida. </p>

<p>Pienso mucho en Salas, en la noche en que llegó a esta casa agotado, como vencido, dispuesto a contarme algo o quizás dispuesto a morir en mi sofá, como si de ello dependiera su vida, como si allí estuviera el fin de un ciclo. </p>

<p>Pienso en su gesto de tarea cumplida cuando salgo de la cocina con la bandeja y los dos tés que se enfriarían luego, y que permanecen allí, en la mesa de la sala, cuando aparece la ambulancia, cuando llega la gente, el oficial de policía a hacer preguntas, el primer periodista al que no atiendo. </p>

<p>No recuerdo nada de la noche del Tortoni, sólo que yo estaba allí y que había un viejo pesado, un viejo que quería leer un poemario, un librito verde pequeño, que ahora pienso, por la época, que podía ser “Venturanza” o podía ser “Casuarinas”, dos libros que adoro, y pienso qué hubiera sido de mí si aquella noche Salas hubiera podido leer sus poemas, qué hubiera sido del joven de 17 años que era yo, borrachín y soberbio y todavía no sereno, si hubiera oído aquellos versos de su boca. </p>

<p>Nunca lo sabré. </p>

<p>Tampoco sabré nunca qué le había ocurrido a Salas luego, luego de irse del bar, de la tertulia, avergonzado y humillado por un grupo de adolescentes, sin poder leer. A dónde habría ido, qué le habría ocurrido de trascendente para que, una tarde de muchísimos años después, haya querido contármelo a mí, el único presente de aquella noche. Algo tan importante que necesitara decirlo justo la noche de su muerte, porque posiblemente su cuerpo sabía que habría de morir esa noche y tenía que contarle aquello a alguien, quizá a mí, puntualmente a mí o a alguien, y por eso quizá vino a mi casa, pero la muerte no le dio tiempo o el té pudo haber tardado demasiado. </p>

<p>No lo sé. </p>

<p>Me habría gustado saber qué tenía Salas para decirme.</p>]]>
    </content>
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    <title>Tetas</title>
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    <published>2009-02-18T11:07:08Z</published>
    <updated>2009-03-31T13:51:52Z</updated>
    
    <summary>Tengo infinidad de recuerdos infantiles alrededor del tema. Elijo uno al azar. Una vez, en un recreo, alguien notó que yo tenía tetas. Y otro, que estaba en el mismo grupo, dijo: “Tenés suerte, Gordo, podés tocar una teta cuando quieras”. Me lo dijo de verdad, no era un chiste. Esa mañana yo tenía siete años y estaba enamorado de Paola Soto. A la noche me miré al espejo y me pregunté cómo era posible tener más tetas que el amor de mi vida. No me pareció bueno experimentar el romanticismo en desventaja.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Vida privada" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Tengo infinidad de recuerdos infantiles alrededor del tema. Elijo uno al azar. Una vez, en un recreo, alguien notó que yo tenía tetas. Y otro, que estaba en el mismo grupo, dijo: “Tenés suerte, Gordo, podés tocar una teta cuando quieras”. Me lo dijo de verdad, no era un chiste. Esa mañana yo tenía siete años y estaba enamorado de Paola Soto. A la noche me miré al espejo y me pregunté cómo era posible tener más tetas que el amor de mi vida. No me pareció bueno experimentar el romanticismo en desventaja.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Aunque hubiera podido, jamás utilicé el sobrepeso como arma arrojadiza. Ni el panzazo al adversario distraído, ni arrojarme encima del enemigo y asfixiarlo. Con el tiempo, en cambio, me convertí en comediante. Desarrollé la ironía y la autocrítica. Me reía de mí mismo —con enorme esfuerzo— y logré ser un gran observador del defecto ajeno. Encontraba fallos en todo el mundo. En todos menos en Paola Soto, que era perfecta.</p>

<p>Paola Soto no tenía tetas, pero tampoco le hacían falta. Tenía algo mucho más sutil: tenía, para mi gusto, la mejor risa de la escuela. Su felicidad obraba con el mismo retraso que el trueno y el relámpago. En la tormenta, primero aparece el destello y un rato después llega el estruendo. En la risa de Paola Soto, primero le subían los colores a la cara, de un rojo íntimo, y después le explotaba la boca de alegría.</p>

<p>Yo no podía sostener la vista cuando ella se reía, en grupo de tres o cuatro, con sus amigas del recreo. Además, tenía la virtud de reírse poco, y nunca porque sí; no regalaba esa magia a cualquiera. Yo no la podía hacer reír, estaba minusválido de sus dientes. </p>

<p>No la podía hacer reír porque venía mal acostumbrado desde la cuna. En casa y en el barrio divertía a todos con cualquier morisqueta de nene gordo. Hasta los cinco años provocar la risa ajena era tan sencillo como bajarse medio tarro de dulce de leche. </p>

<p>La infancia en general es fácil para el comediante; los padres son críticos muy parciales y cualquier idiotez es bien recibida.  Yo era Jerry Lewis en el hogar, y también en el jardín de infantes. Pero entonces empecé la escuela primaria y todo cambió. Apareció Paola Soto, me topé con el amor despiadado, con el dolor de panza. Me topé con la dificultad de su risa.</p>

<p>A Paola Soto mis morisquetas no le hacían ninguna gracia. Existe un documento fotográfico, que alguna vez mostré en <i>Orsai</i> por otras razones, y que ahora me sirve para que ustedes le pongan rostro a la que ella era entonces, y también al que yo era:</p>

<div class="epigrafe">
<a href="http://orsai.es/img/paola_y_yo_gr.jpg" target="_blank" title="Ampliar en ventana nueva">
<img src="http://orsai.es/img/paola_y_yo_pq.jpg" border="0"></a><br><br>
<span class="p"><a href="http://orsai.es/img/paola_y_yo_gr.jpg" target="_blank" title="Ampliar en ventana nueva">Ampliar</a></span>
</div>

<p>Yo podía ponerme bizco en su presencia, imitar el sonido de un barco que zarpa o dar vueltas de carnero sin manos. Con cualquiera de mis rutinas lograba desmayar de risa a mis compañeros de primer grado, pero Paola se mantenía impasible y lejana, como en la foto. La señorita Norma tampoco se reía de mis idioteces, pero yo no estaba enamorado de la señorita Norma y me importaba muy poco su indiferencia de magisterio. </p>

<p>Solamente me importaba Paola Soto.</p>

<p>Cuando acabó el año, mis padres y los de ella (que eran amigos) nos cambiaron de colegio. Paola y yo, de golpe, nos vimos en escuela desconocida y con compañeros nuevos. Sólo a ella conocía yo en ese mundo de delantales blancos, y ella a nadie más que a mí. </p>

<p>En ese otro mundo de la Escuela Normal, los primeros recreos fueron los mejores de mi vida. Paola, sin amigas, solamente se acercaba a mí para conversar. Fueron semanas intensas, en las que a veces lograba sacarle una media sonrisa con palabras, con frases muy esforzadas. Eran muecas brevísimas y enseguida ella volvía a ensimismarse. De todos modos, esas milésimas de segundo con dientes blancos funcionaban en mí como un fogonazo de luz. Entendí, por primera vez, que debía trabajar mejor los argumentos. Entendí también que lo mío no era el humor gestual. Supe que, para hacer reír a Paola Soto, había que esforzarse. </p>

<p>Solamente seis recreos me llevó saber que aquel sería el único esfuerzo que estaba dispuesto a hacer en la vida. Si me hubiera enamorado de otra, de la Colorada Giacoy por ejemplo, o de Pablo Santoro, hoy no sería humorista.</p>

<p>También ayudó que desde los siete años tuve tetas. Porque esa es la otra parte del cuento: cuando cambiamos de escuela, los chicos nuevos descubrieron algo que los antiguos no habían sabido ver. </p>

<p>—Tenés suerte, Gordo, podés tocar una teta cuando quieras —me dijo Bugarín un día, y los demás asintieron con mezcla de respeto y asombro.</p>

<p>(Juan José Bugarín fue el Rodrigo de Triana de mis tetas. El primero que las vio, el que dio la voz de alerta.)</p>

<p>Igual que los reos de las tres carabelas, mis nuevos compañeros, los que más tarde iban a ser mis amigos, se desesperaban por ver una teta, por tocarla, por acariciar la suavidad tersa de una carne humana acabada en pezón. </p>

<p>Y yo estaba ahí, turgente, en el tercer banco de las posibilidades de todos. Disponible, amistoso, unisex. Entonces supe que lo mío sería la risa afilada o sería el escarnio. No había opciones. Tenía que ser gracioso, punzante, certero, o tenía que dejarme manosear en los baños hasta el final de la secundaria.</p>

<p>La decisión era trascendente, porque de ninguno de los dos caminos se puede regresar jamás. Por eso la primera vez que Diego Caprio me hizo una propuesta de canje fue, posiblemente, el momento más importante de mi infancia. No lo supe entonces: lo sé ahora.</p>

<p>—Si me dejás que te toque una teta —me dijo—, te doy este sánguche.</p>

<p>No era una amenaza, y eso hablaba bien de Diego Caprio. Tampoco era un ofrecimiento menor, y eso hablaba bien de mí. No me proponía una trompada ni un chicle. Me ofrecía un sánguche enorme a las diez de la mañana. De algún modo confuso, la propuesta me halagó. </p>

<p>Mis tetas, aunque anacrónicas, valían un sánguche precioso, un ejemplar único: el sol de la mañana hacía brillar la costra del pebete, y por los bordes se escapaban dos fetas de jamón mucho más grandes que los panes. </p>

<p>—Tiene una sola mordida —dijo Diego Caprio.</p>

<p>También eran mis primeros días en segundo grado, y en un colegio nuevo. Era, casi, la primera vez que alguien me daba conversación en el recreo a excepción de Paola Soto. </p>

<p>—Te la toco por arriba de la remera, dale —dijo Diego Caprio.</p>

<p>Paola Soto pasaba por la galería en ese momento; caminaba sola, como siempre, concentrada en sus cosas, un poco flotando. Quizás escuchó la propuesta indecente que me hacía Diego Caprio. Y quizás por eso ahora se detenía y fingía sentarse, o atarse los cordones, para escuchar mejor.</p>

<p>—Cuento hasta tres y te la suelto —insistió Diego Caprio.</p>

<p>Desarrollar la comicidad es importante cuando tenés tetas, y también cuando estás enamorado. El humor no es una elección, ni siquiera es una llamada, ni una señal; tampoco un talento. Cuando tenés tetas, el humor es sobrevivir.</p>

<p>—Si me traés almóndigas —le dije— me podés agarrar el pito.</p>

<p>No fue un gran chiste, es cierto, pero a esa edad la palabra almóndigas funciona; no sé bien por qué. Diego Caprio sonrió y se olvidó del canje. Sonrió y me convidó la mitad del sánguche sin pedirme nada a cambio. Al día siguiente volvería al ataque, pero yo entonces sabría cómo distraerlo con la palabra bayonesa, con la palabra muñuelo. Con nuevos argumentos eficaces.</p>

<p>Pero eso no es lo más importante de este recuerdo. También pasó algo que yo no esperaba. Cuando dije almóndigas y dije pito, en ese retruque infantil tan básico, Paola Soto bajó la vista, se puso colorada de vergüenza y después rió, con la boca enorme, iluminando el patio.</p>

<p>Fue la primera vez que la hice reír a carcajadas.</p>

<p>Si no hubiera ocurrido aquello, posiblemente hoy sería un escritor serio. O un travesti serio. Si no decía lo correcto, si no sacaba un chiste de alguna parte, a los dos minutos alguien me estaría manoseando en un baño y ahora, ante ustedes, tendría que estar contando esa humillación. Tuve suerte. O quizás hayan sido reflejos. No tengo idea. Pero si en todo lo que escribo —melodramas incluidos—, no puedo dejar de meter un chiste pavo, es porque durante media década quise hacer reír a Paola Soto.</p>

<p>Después me fui a caminar por la galería con Diego Caprio, y con mi medio sánguche gratis, pero seguí mirando a Paola Soto un rato, un rato largo. A veces la miro, y ya pasaron treinta años. Escribir esta historia es volver a mirarla de reojo. Ella sigue ahí sentada, al costado de la galería, roja de vergüenza. Por suerte, no para de reírse.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Los dos comodines</title>
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    <link rel="service.edit" type="application/atom+xml" href="http://orsai.es/cgi-bin/mt-atom.cgi/weblog/blog_id=1/entry_id=1539" title="Los dos comodines" />
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    <published>2008-12-20T11:53:00Z</published>
    <updated>2009-02-18T11:21:29Z</updated>
    
    <summary>Una serie de situaciones (gratas) provocaron que el mes pasado haya escrito poco en mi cuaderno. Es verdad que no redacto estas páginas para nadie, pero también es mentira: suelo andar por la casa con más soltura si el último relato de Orsai está en sintonía con una fecha cercana. Será que al publicar un texto nuevo dejo de sentir la espera ajena, o que necesito escribir por superstición amateur, para que esto no deje nunca de ser un hobbie. Sea por una cosa o por la otra, hacerlo me tranquiliza; me pone en orden.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Vida privada" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Una serie de situaciones (gratas) provocaron que el mes pasado haya escrito poco en mi cuaderno. Es verdad que no redacto estas páginas para nadie, pero también es mentira: suelo andar por la casa con más soltura si el último relato de <i>Orsai</i> está en sintonía con una fecha cercana. Será que al publicar un texto nuevo dejo de sentir la espera ajena, o que necesito escribir por superstición amateur, para que esto no deje nunca de ser un hobbie. Sea por una cosa o por la otra, hacerlo me tranquiliza; me pone en orden.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Sobre la serie de situaciones gratas me extenderé más y mejor en otros textos, pero tiene que ver con la llegada de Chiri y su familia a este pueblo de la montaña en donde vivimos. Han llegado para quedarse, y estuvimos buscando casa, y conversando mucho por las noches. Los doce mil kilómetros de distancia que nos separaron durante ocho años se han convertido en ciento ochenta metros. </p>

<p>La única cagada es que la casa que consiguieron es mejor que la nuestra. Por lo demás, todo está muy bien.</p>

<p>Tan pronto como Chiri llegó a este pueblo nos pusimos a escribir, como dos enloquecidos, una historia de diez episodios para la televisión de España, y una obra de teatro para la próxima temporada invernal de Argentina. Ésa es la razón por la que no estoy escribiendo en <i>Orsai</i> con la frecuencia que quisiera. </p>

<p>O al menos ésa es la deducción evidente, la que tiene que ver con el tiempo (los días se empecinan en tener veinticuatro horas). Pero en los territorios menos palpables, los psicológicos, es posible que haya otros motivos que expliquen esta sequía, o bloqueo literario; un motivo más escondido y profundo que, si me permiten, quisiera abordar esta tarde, más no sea como motor de impulso.</p>

<p>Siempre busqué desarrollar —y varias veces lo confesé en entrevistas o sobremesas— una literatura intermedia, una forma de narración que pueda ser disfrutada por dos grupos muy claros de lectores que, para mayor desafío, no suelen leer las mismas cosas. Por un lado las personas que leen mucho, por el otro aquellos que leen poco, o nada.</p>

<p>Para enfocar con alguna certeza esos <i>targets</i>, usé siempre de comodín a dos personas de mi entorno: mi padre era uno de esos lectores; Chiri, sin dudas, el otro.</p>

<p>Hasta que Roberto murió, en julio de este año, traté siempre de que todo lo que contaba en un papel o una pantalla lo divirtiera o lo emocionara a él, en primera medida; a él, a mi padre, en representación física de todas las personas que nunca han leído un libro. Siempre fue vital para mí, desde que tengo uso de papel, que Roberto pudiera entender lo que yo escribía, que no se quedara afuera por pedanterías intelectuales, que no se sintiera descartado u olvidado. </p>

<p>Posiblemente mi único orgullo serio, la única cosa que yo hice en la vida con sentido antes de Nina, sea haber logrado que Roberto leyera dos libros enteros.</p>

<p>Al mismo tiempo enfocaba, al narrar, a mi amigo el Chiri: quería que él también se divirtiera, que no le diera nunca la impresión de que yo escribía <i>únicamente</i> para mi padre o para los que nunca leían; porque el Chiri es de mi edad, porque es del palo, y porque tenemos idéntica voracidad literaria; es decir, él es la clase de lector que yo sería de mis propios textos, si pudiera leerlos sin haberlos escrito antes. </p>

<p>Este equilibrio, que busqué siempre entre Roberto-lector y el Chiri-lector, me daba la opción de escribir con una soltura que no tuve nunca antes, en los tiempos que narraba sin identificar a nadie, cuando mis historias no iban dirigidas a comodín alguno. Cuando ni siquiera a mí me gustaba lo que estaba a punto de narrar.</p>

<p>El truco no es complicado y sí, en cambio, muy recomendable: enfocar a un par de personas muy cercanas y diferentes, sólo a dos que conozcamos como la palma de la mano, juntarlas en una mesa imaginaria, y después intentar cautivarlas con una anécdota menor, con un relato elaborado, con una novela, con un cuento corto, con lo que sea. Tratando, siempre, que ninguna de las dos pierda las ganas de seguir escuchando hasta el final. Si se logra con esas dos personas, al mismo tiempo, las cosas estarán bien.</p>

<p>Es un buen sistema, claro que sí, o por lo menos a mí me ha servido para narrar con soltura desde que vivo en España. De hecho, tanto <i>Más respeto que soy tu madre</i> como cada uno de los cuentos de <i>Orsai</i> están basados, desde el principio, en esa premisa secreta. Haber tenido a Roberto y al Chiri a doce mil kilómetros me ayudó siempre a hilvanar sin fisuras ese discurso literario intermedio.</p>

<p>Hace seis meses, sin embargo, descubrí que el sistema tiende a tambalearse cuando uno de tus comodines muere, de muerte natural; cuando ya no hay manera de contarle nada nunca. Esto no significa que yo ya no pueda escribir pensando en mi padre como lector. Significa que, fatalmente, ya no puedo saber si el texto ha funcionado para él. Y eso me ha dejado, si no ciego, un poco tuerto. (Los textos de <i>Orsai</i> posteriores a la muerte de Roberto, lo sé yo mejor que nadie, no guardan el equilibrio que me gustaría.)</p>

<p>La ceguera completa llegó hace poco más de un mes, en avión, con toda su familia. </p>

<p>Tenerlo al Chiri a mano para contarle cosas ha generado que ya no tenga la necesidad de decirle nada a través del colador literario. O incluso mejor: preferimos contar cuentos a cuatro manos para la tele, o para donde sea, con tal de afilar otra vez la frecuencia antigua del arte en colaboración. </p>

<p>Estamos absorbidos y felices dentro de estas nuevas ficciones, pero ya no en una dirección enfrentada, ya no desde puntos diferentes del océano, sino desde la misma orilla y dirigiéndonos a otros. Y al mismo tiempo redescubrimos las bondades de vivir otra vez en el mismo barrio, y de cenar todos juntos en una casa o en la otra, y de mirar a la vez el fútbol, y de ver las mismas películas.</p>

<p>No es grave lo que le ocurre a <i>Orsai</i>, se trata de un problema menor, emparentado con las distancias: uno de los comodines que me impulsaba a narrar se ha ido muy lejos, y el otro vive ahora en la misma manzana. Y yo estaba acostumbrado a que los dos me leyeran desde el oeste de la provincia de Buenos Aires.</p>

<p>Es cuestión, nada más, de encontrar otros símbolos, nuevos pretextos, otras miradas imaginarias, y volver a tejer historias.</p>

<p>Será en breve, no tengo dudas. Y en esta misma sala.</p>

<p align="center"><img border="0" src="http://orsai.es/img/separador.gif"></p>

<div class="pub_epigrafe"><div class="pub_titulo"><i>Bonus track</i></div>

<div class="pub_texto">Hace poco más de un mes, además de descuidar <i>Orsai</i> para ponerme a jugar con el Chiri, comencé a escribir una columna de opinión en el diario argentino <a href="http://www.lanacion.com.ar">La Nación</a>, que se publica los domingos en la segunda página del suplemento <a href="http://www.lanacion.com.ar/diario-de-hoy/suplementos/enfoques/">Enfoques</a>. Aquí un listado de las que han aparecido hasta hoy:

<p><b><a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1070517 ">Yo apostato, tú apostatas, apostatemos</a></b><br />
<font size="1">16 de Noviembre, 2008</font><br />
Apostasía es la nueva palabra de moda del progre europeo, y también el más moderno temor de la Iglesia Católica. El mes pasado, más de un millar de italianos enviaron peticiones para que sus nombres fuesen borrados de los registros bautismales. [<a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1070517 ">Más</a>]</p>

<p><b><a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1072809">El oscuro estigma de la asimetría</a></b><br />
<font size="1">23 de Noviembre, 2008</font><br />
La última publicidad institucional de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) tiene por objetivo hacerle comprender a la sociedad ibérica —en general tan descreída— qué bien se adaptan los discapacitados a su entorno. [<a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1072809">Más</a>]</p>

<p><b><a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1075640">El país de los apodos espontáneos</a></b><br />
<font size="1">30 de Noviembre, 2008</font><br />
Durante el último fin de semana, los comentaristas de TVE estuvieron más atentos al comportamiento del público que a los partidos de la Copa Davis. Se fascinaron con los cánticos que tejían, marciales, las tribunas argentinas. [<a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1075640">Más</a>]</p>

<p><b><a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1077963">Esos falsos prodigios de la naturaleza</a></b><br />
<font size="1">7 de Diciembre, 2008</font><br />
Cuando leí en la prensa que un hombre estaba embarazado me sentí feliz, como también lo estaré el día que lleguen los extraterrestres, o la tarde en que un científico invente la pastilla que, cuando te la tomás, ya estás duchado. [<a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1077963">Más</a>]</p>

<p><b><a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1080300">Dos imágenes de África en el mar</a></b><br />
<font size="1">14 de Diciembre, 2008</font><br />
La nueva pesadilla del europeo es un grupo de africanos oscuros, subidos a una embarcación, intentando sacar algún provecho de la riqueza ajena. Si el africano va en barco grande es pirata, si va en barco chiquito es inmigrante ilegal. [<a target="_blank" href="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1080300">Más</a>]</p>

</div>]]>
    </content>
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    <title>Una charla sobre la muerte de los blogs</title>
    <link rel="alternate" type="text/html" href="http://orsai.es/2008/11/una_charla_sobre_la_muerte_de_los_blogs.php" />
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    <published>2008-11-17T10:08:41Z</published>
    <updated>2008-12-31T12:59:09Z</updated>
    
    <summary>Hace unos cuantos meses me llamó a casa Luis Rull, uno de los organizadores del Evento Blog 2008, para invitarme a dar la charla final, la que cerraría el evento. Como Luis es muy previsor, me llamó en abril o en mayo; hace muchísimos meses. Y posiblemente lo hizo de esta manera, tan anticipada, porque sabe que únicamente digo que sí a las propuestas remotas.  Digo que sí a cualquier cosa que me propongan de aquí a seis meses, porque me resulta muy complicado encontrar una excusa creíble. </summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Internet" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<div class="epigrafe">Lo que sigue es la transcripción de una conferencia brindada ayer, 16 de noviembre, en la clausura del <a target="_blank" href="http://www.eventoblog.com/2008/10/hernan-casciari-clausura-evento-blog-espana-2008/">Evento Blog 2008</a>, que se llevó a cabo en Sevilla. En ella leí también fragmentos de dos historias de <em>Orsai </em> que no reproduzco en el texto, pero sí enlazo al original. [Recojo también <a target="_blank" href="http://www.facebook.com/album.php?aid=48801&l=f3ba0&id=519888379">algunas fotos</a> y <a target="_blank" href="http://vimeo.com/2660151">el video completo de la charla</a> (36 minutos).]</div>

<p>I.</p>

<p>Hace unos cuantos meses me llamó a casa Luis Rull, uno de los organizadores del <a target="_blank" href="http://www.eventoblog.com/2008/10/hernan-casciari-clausura-evento-blog-espana-2008/">EBE 2008</a>, para invitarme a dar la charla final, la que cerraría el evento. Como Luis es muy previsor, me llamó en abril o en mayo; hace muchísimos meses. Y posiblemente lo hizo de esta manera, tan anticipada, porque sabe que únicamente digo que sí a las propuestas remotas.  Digo que sí a cualquier cosa que me propongan de aquí a seis meses, porque me resulta muy complicado encontrar una excusa creíble. </p>]]>
        <![CDATA[<p>No puedo decir “lo lamento, Luis, dentro de seis meses voy a estar engripado, o me va a doler mucho la muela”. Yo estoy programado para la mentira automática, para la excusa contra reloj. Estoy muy capacitado para explicar por qué no fui a donde había prometido ir, o por qué no iré a tal compromiso mañana, o el sábado próximo. Pero no se me ocurre nada cuando Luis Rull me dice que tengo que hacer algo seis meses más tarde.</p>

<p>También le dije que sí (debo ser sincero) porque con Cristina teníamos la necesidad —urgente— de regresar a un restaurante de Sevilla que se portó muy bien con nuestros estómagos el año pasado. </p>

<p>Entonces, como el 16 de noviembre era una utopía, algo lejano y confuso al final del calendario, acepté la invitación de Luis. Lo hice en abril, y me quedé muy tranquilo. Después, como pasa siempre, llegó el verano. </p>

<p>Viajé; me relajé. </p>

<p>Me olvidé completamente del compromiso asumido con Luis Rull. Entonces una tarde, una tarde espantosa de hace mes y medio, recibí un correo en el que Luis me pedía un título y una síntesis para la conferencia, porque había que empezar a hacer difusión.</p>

<p>Ese correo me tomó por sorpresa. Yo no tenía la menor idea de lo que me estaba hablando Luis. No tenía la menor idea de quién era Luis. Por suerte el Gmail guarda las conversaciones, y entonces, investigando un poco (es decir que escribí “rull” en el buscador), descubrí que siglos atrás, en un lejano país, yo le había dicho que sí a algo a este buen hombre.</p>

<p>Y ese algo tenía que ver con un esfuerzo muy complicado, tendiente a salir de casa, ponerme un pantalón largo, peinarme… Un compromiso inminente, además, que ahora sí yo estaba dispuesto a cancelar con las excusas automáticas de toda la vida. </p>

<p>Me dispuse entonces a escribirle a Luis, para contarle un gravísimo problema con mi abuela materna (iba a usar palabras muy técnicas, como glaucoma y neuropatía), pero mi mujer, que siempre está ahí cuando yo estoy a punto de mentir, me recordó que en Sevilla estaba ubicado aquel restaurante donde servían esos boquerones tan ricos que nunca pudimos olvidar.</p>

<p>Y aquí estoy, entonces: dando una charla.</p>

<p>Cuento esta intimidad (como prólogo) porque ustedes tienen derecho saber que van a escuchar a un tipo que está sentado acá por gula, en primer término; y por la pereza que causa decir que no a los compromisos lejanos.  Dicho esto, hablemos por fin de la inminente muerte del blog.</p>

<p>II.</p>

<p>El día 2 de junio del año 2005, en Estados Unidos, asesinaron por primera vez a un blogger. Como en esos tiempos los blogs todavía estaban de moda (ni Twitter ni Facebook habían dicho presente) entonces la noticia apareció en la prensa. Y yo la conté también en <i>Orsai</i>, en una historia llamada <em><a target="_blank" href="http://orsai.es/2005/06/los_bloggers_muertos_no_van_al_cielo.php">Los bloggers muertos no van al cielo</a></em>.</p>

<p>En aquellos días de 2005 los blogs todavía eran una especie de revolución. La prensa los adoraba, les inventaba virtudes. Como por ejemplo la virtud de resolver un crimen. Hoy ya no ocurre esto.</p>

<p>Si por ejemplo mañana asesinaran a un blogger, la prensa no se haría eco del asunto. Porque los blogs han dejado de estar de moda. Hoy habría que dejarse asesinar en Facebook, para que apareciera la cuestión en los periódicos.</p>

<p>Y justamente de este asunto trata esta breve charla. De la esperada, y necesaria, muerte de los blogs. De la paulatina, y mucho más necesaria, muerte de los blogueros.</p>

<p>Para empezar, quiero decir que yo no creo (y lo digo con la mano en el corazón) que ninguno de ustedes sea bloguero, ni tampoco blogger. Tengo pensado hablar muy mal de toda esa gente, y quiero congraciarme con el público antes de comenzar. Ustedes, para mí, no son blogueros, ni son bloggers.</p>

<p>Las dos palabras son horribles, pero en castellano suena todavía peor. Blogger por lo menos tiene doble consonante, y eso le da un cierto lejano (y falso) prestigio. Pero bloguero, en español, se parece a un insulto tropical. No me cuesta sospechar a una madre cubana, o dominicana, diciéndole así al vago de su hijo:</p>

<p>—¡Pero no sea usted bloguero, hijo mío, levántese y vaya a trabajar!</p>

<p>La sensación que da la palabra bloguero, y también blogger, es la de una persona que no ha encontrado todavía qué tiene para decir en Internet. Es una palabra hueca, vacía de oficio. Una palabra desapasionada y triste.</p>

<p>Hace ya bastante tiempo creí descubrir que la primera gran división entre los usuarios que utilizan la herramienta blog es la siguiente: por un lado, había personas que utilizaban la herramienta llamada blog por una razón puntual (la necesidad es anterior a la emergencia); y por el otro lado, había personas que poseían un blog pero todavía no sabían para qué lo necesitaban (la emergencia, anterior a la necesidad).</p>

<p>En el primer grupo (el minoritario) siempre fue un error conceptual llamar a estos usuarios "bloggers". Se llaman, cada uno, del modo que se llamaban antes de utilizar un blog: poetas, informáticos, estudiantes, periodistas, estudiantes de periodismo, fotógrafos, retocadores de fotografías, columnistas, monologuistas, narradores, arquitectos, novelistas, humoristas gráficos, etcétera.</p>

<p>En el segundo grupo (que hasta ayer era el mayoritario) sí hacía falta una definición. Y entonces "blogueros", o "bloggers", pudo ser una de ellas. Se trataba de personas que utilizan las herramientas porque existen las herramientas. Ya después verían qué hacer con ellas. Como ocurre ahora con otras modas.</p>

<p>Por eso digo que nadie, en esta sala, es un bloguero. Estoy seguro de que todos ustedes tienen algo para decir, algo para ofrecer, algo interesante para generar en Internet. La mayoría de ustedes genera contenidos. Y si hoy están aquí, es porque supongo que les gusta hacer lo que hacen. Y me imagino que así lo vienen haciendo desde mucho antes de la aparición de Internet.</p>

<p>A mí me pasa un poco lo mismo: soy escritor desde los nueve años, porque ésa fue la edad con que escribí mi primer cuento a máquina y alguien lo leyó. Y soy periodista desde los trece, porque a esa edad me publicaron una crónica de mil quinientos caracteres —sobre básquet—en el diario de Mercedes.</p>

<p>Desde que tengo memoria, cuando me preguntaban cuál era mi oficio yo decía escritor, o decía periodista. Así lo dije a los 15 años, a los 17, a los 23 y a los 30; siempre con la misma seguridad, con la convicción de no estar mintiendo.</p>

<p>Desde hace un cuarto de siglo vengo utilizando (para escribir mis cuentos y mis crónicas) las diversas herramientas de escritura que me proponen los tiempos: lápiz, cuaderno; tiza, pizarrón; bolígrafo, carpeta; máquina de escribir, folio A4; máquina de escribir eléctrica, folio carta; ordenador 286, wordperfect 5.0, formulario contínuo, impresora de chorro. Etcétera.</p>

<p>Nunca, en todo ese tiempo, a nadie se le ocurrió bautizarme cuadernero, ni pizarronero, ni carpetero, ni olivetero, ni wordperfectero, ni impresor de chorretero. </p>

<p>El siglo veinte era maravilloso: no importaba dónde escribieras, ni en qué soporte; siempre serías un escritor.</p>

<p>III.</p>

<p>Pero a finales del año 2003, intentando mantener mi equilibrio cotidiano con el progreso, empecé a escribir una novela online, y en lugar de utilizar un cuaderno, o una pizarra, o un bolígrafo, o una olivetti… utilicé un blog.</p>

<p>Desde ese día suena el teléfono en casa y la gente pide hablar con un bloguero. Desde entonces sale mi nombre en la prensa precedido por la palabra blogger. Y me hacen preguntas sobre blogs, y no sobre lo que escribo. Y me pagan para que componga blogs, sin importar lo que en ellos redacte. Y me invitan a dar charlas en el Evento Blog, con todo pagado, y me alojan en un hotel fantástico, y me dan de comer. </p>

<p>Es decir, una vida de mierda.</p>

<p>Años enteros, quemándome las pestañas para ser un escritor, o por lo menos un cronista de mi tiempo, un observador de la realidad que redacta cuentos en la bohemia de la noche; y a la mitad de ese camino maravilloso viene alguien y me pone en el lomo una etiqueta absurda que, hace ya cinco años, estoy intentando despegarme de la espalda.</p>

<p>Bloguero.</p>

<p>Y las preguntas ya no son “cuál será tu próxima novela”, o “qué nuevo cuento está usted pensando ahora señor Casciari”. No señor. Las preguntas son: “¿Es tuyo el blog del perro que habla?” o también: “¿Tenés pensado abrir otro blog?”.</p>

<p>Durante los primeros dos años, como un estúpido, contesté estas preguntas porque suponía que se trataba de una cuestión pasajera. Pero al tercer año, en el 2006, me cansé de recibir siempre los mismos cuestionarios de la prensa, y de contestar idénticas preguntas en las radios. También en <i>Orsai</i> hablé alguna vez sobre ese tema, en un artículo llamado <i><a target="_blank" href="http://orsai.es/2006/09/los_problemas_de_evitar_el_copypaste.php">Los problemas de evitar el copy-paste</a></i>. La prensa no quería de mí respuestas originales, sino frases corrientes que certificaran “la revolución de los blogs”.</p>

<p>Aquello era el año 2006, y todavía en los periódicos a alguien le interesaba esta revolución. Cada vez a menos periódicos, es verdad, pero todavía quedaba alguno. Toda la catarata de medios que años atrás me insultaba por teléfono llamándome bloguero, de a poco empezaba a mermar.</p>

<p>En 2004 la prensa empezó a apostar por la tendencia, y la llamó justamente así: “La revolución de los blogs”. Pero en 2006 las cosas cambiaron un poco para bien, y entonces la palabra ya no era revolución, sino fenómeno. Se corrigió el primer error y se llamó a la cosa “El fenómeno de los blogs”. En ese año empecé a sentirme un poco mejor, porque entendí que el asunto había empezado, lentamente, a pasar de moda.</p>

<p>Muy pocos se dieron cuenta de la diferencia entre esas dos palabras. Pero yo lo noté enseguida, porque estaba esperando que ocurriese la debacle. Supe que era un muy buen síntoma que algo pasara de ser una Revolución a ser un Fenómeno. Era como si, de repente, el Che Guevara, a punto de libertar Cuba del yugo capitalista, decidiera unirse a un circo ambulante y disfrazarse de payaso.</p>

<p>Los blogueros ya no eran revolucionarios, sino fenómenos. Lo decía la prensa. Y entonces el blog, esa palabra tan espantosa, comenzaba felizmente a morir junto a su incesante ejército de blogueros.</p>

<p>Desde hace un año, o un poco más, toda la gente que se autodenominaba bloguero, o blogger (es decir, aquellos que no habían tenido la suerte de conseguir un oficio dentro de Internet) se pasaron alegremente a las nuevas tendencias en boga. </p>

<p>Se está produciendo ahora mismo esa desbandada. Gracias a dios, la gente que no tiene nada para decir ahora lo dice en Twitter y en Facebook. ¡Ah, qué tranquilidad, qué descanso! Ya no son blogueros, sino twiteros o algo parecido.</p>

<p>Gracias a dios y a la virgen santa, los medios de comunicación tradicionales empiezan a hablar ahora de “La revolución de la Web Social” y ha dejado de preocuparse por los blogs, ha dejado de generar titulares, ha dejado de importarle el asunto, ese asunto que dos años antes era capaz de solucionar hasta los crímenes que ocurrían en California.  Ahora, según la revista Wired, un pasquín ridículo pero muy prestigioso, los blogs son una moda del año 2004.</p>

<p>Me alegro muchísimo, de verdad.</p>

<p>De aquí a uno o dos años, quedarán en pie únicamente los blogs de las personas que tengan algo para decir; pero rebautizados como lo que al fin y al cabo son: páginas y sitios en Internet. El blog perderá su nombre técnico, perderá su contrapeso revolucionario, será una costumbre natural para los que tengan cosas que decir, cosas que hacer, cosas que ofrecer en la Red.</p>

<p>El objetivo de esta breve charla, que ahora concluye, ha sido hacer una apuesta a corto plazo. Y me reafirmo en ella. Apuesto a que morirá —en uno o dos años, como mucho— la noción de que un blog es un género, porque esto le ha hecho mucho mal a la creación natural de contenidos. </p>

<p>Un blog es una herramienta de trabajo, nada más. Y no es revolucionaria ni es fenomenal. Es útil para el que tenga algo que decir. Para lo demás, habrá siempre nuevas modas. </p>

<p>De aquí a dos años, si Luis Rull y sus socios me invitan, estaré otra vez en esta sala, y seguramente también estarán aquí ustedes, que no son blogueros sino generadores de contenidos, y entre todos haremos el velatorio del blog, el duelo del blog. Festejaremos su muerte mediática y su nacimiento real.</p>

<p>Y un rato después, sin lastres, sin presiones, sin revoluciones tecnológicas, nos pondremos a trabajar, como siempre, en nuestras obsesiones primarias. A trabajar y a mejorar nuestros oficios de fotógrafos, divulgadores, profesores, escritores, periodistas, poetas, informáticos, arquitectos, estudiantes, humoristas, diseñadores, empresarios, monologuistas y comunicadores.</p>

<p>Apuesto a la muerte de la herramienta en manos de revolucionarios, y de fenómenos, y de la manipulación de los modernitos sin oficio conocido. Apuesto a la normalización y a la costumbre. Apuesto a que, una vez desaparecido el san benito de la revolución, el formato surgirá con tanta fuerza que será invisible, útil y cotidiano. </p>

<p>Apuesto a que entonces sí, por fin, prevalecerá el talento.</p>]]>
    </content>
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    <title>Lo que mira Iveta Šeredovà</title>
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    <published>2008-10-31T19:18:37Z</published>
    <updated>2008-11-17T10:15:27Z</updated>
    
    <summary>La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la ese mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la ese se convierta en yuvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama TV Mánie. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Imágenes" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la <i>ese</i> mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la <i>ese</i> se convierta en <i>y</i>uvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama <i>TV Mánie</i>. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.</p>]]>
        <![CDATA[<p>La perdono siempre, y sé que hago mal. Pero, ¿qué le puedo decir a Iveta, cómo le puedo criticar el gusto estético, si su mirada me conmueve? Hace semanas que me ganó el televisor, y yo no hago nada, no me quejo, no la contradigo. Tampoco la echo de mi cama. Por mucho menos, por un simple <i>zapping</i> a destiempo, por una mueca de disgusto ante un buen chiste de Seinfeld, otras mujeres abandonaron mi casa semidesnudas, maltratadas, llorando o a los gritos. ¿Pero cómo puedo negarle algo a Iveta, cómo se hace, cuando me mira así? </p>

<p>Por la mañana, mientras desayuna conmigo, vemos unas telenovelas latinas espantosas; algunas —para peor— son argentinas. Los checos adoran una clase de culebrón pésimo, de colores vivos y guión cuadrado. Los checos saben quién fue Andrea del Boca, saben quién fue Gabriel Corrado. No sólo eso, sospechan que gente absurda y olvidada, como Gino Renni o Luisa Kulliok, son estrellas internacionales. La guerra, en esas regiones del mundo, ha provocado enormes desastres de percepción.</p>

<p>De un actor secundario nacional (no diré su nombre) que salía brevemente en una de sus telenovelas preferidas, le conté a Iveta una anécdota real, que ocurrió en los noventa. Le dije que una noche, en Belgrano, un amigo muy necesitado de dinero (tampoco diré su nombre) se dejó chupar la poronga por este actor, muy necesitado de afecto. Le conté esto para apagar, con realidades del subdesarrollo, su admiración por la mala televisión argentina. Pero el resultado fue inverso: ella me miró maravillada, como si de alguna manera yo perteneciera, en tercer grado, por interpósita <i>fellatio</i>, al mundo de sus ídolos.</p>

<p>Por la tarde vemos series norteamericanas de los años ochenta, que son las peores que se han hecho en toda la vida de Dios: me obliga a descargar del utorrent temporadas enteras de BJ, de MacGyver, de la insufrible Dallas. Lo extraño es que Iveta no ve estas porquerías con ánimo bizarro, como lo harían quizás los homosexuales progres y los gordos inmaduros de casi cuarenta años, sino que las devora con genuino interés. </p>

<p>Ella ha venido de un mundo donde el capitalismo se ha retrasado un poco; Iveta viene de una ciudad con televisores en blanco y negro, con señal de ajuste durante toda la noche; de un mundo sin HBO, sin educación pública, sin la quinta temporada de Six Feet Under, sin leche pasteurizada. Los checos piensan que JR sigue haciendo de las suyas en la granja, no saben todavía cómo acaba la historia de los Ingalls, jamás vieron The Kids in the Hall, por el amor de Dios… La guerra es espantosa: hace miserables e infelices a los hombres.</p>

<p>No me estoy quejando de Iveta, sino de mí. Me quejo de cómo el amor me estupidiza, me somete. No me quejo sólo de las telenovelas y las series que tengo que tragar para tener a Iveta cerca de mí y poder acariciarla. Lo peor, en realidad, ocurre por la noche, porque el mando a distancia (como mi corazón) está en sus manos las veinticuatro horas del día. </p>

<p>Por las noches, Iveta me obliga a compartir con ella el resumen del <i>&#268;eskomoravský fotbalový svaz</i>, que vendría a ser la liga checa de fútbol. Nunca había visto, en todos mis años, canchas de fútbol tan necesitadas de verde. En un terreno farragoso, vacío completamente de hinchas, unos deportistas que (puedo apostarlo) tienen otro empleo de lunes a viernes, desarrollan un fútbol triste, que Iveta observa con pasión, a veces embanderada, a veces con la cara pintada de colores. Siempre pegando grititos.</p>

<p>Es tan intenso observar de reojo a Iveta cuando sospecha que un pase  no ha sido <i>offside</i>, o verla lloriquear cuando acaba un partido sin suerte. Resulta tan humanitario amarla, y besarla, y darle los gustos, cuando el SK &#268;eské Bud&#283;jovice de sus amores pierde en el último minuto, por culpa del árbitro. (Digresión: el fútbol checo es tan modesto que los árbitros van vestidos como vienen de sus casas: a veces un <i>lineman</i> va de amarillo, el otro de negro. Fin de la digresión.) Anoche vimos una especie de clásico nacional: el Bohemians Praga versus el Sigma Olomouc. Iveta chilló, saltó, se desnudó, me besó, dijo obscenidades en checo, rompió un vaso. El partido, por supuesto, acabó cero a cero. </p>

<p>Pero yo la perdono. Le perdono todo por sus ojazos de posguerra. Los ojos de Iveta Šeredovà, pienso yo, han visto cosas que nadie se puede imaginar. Bombardeos nocturnos, gritos en la noche, la ciudad en ruinas, los hermanitos desperdigados, el padre y la madre muertos o quién sabe dónde. No sé si será exactamente así: ella es muy discreta con su pasado. Cuando llora, por las noches, es porque supone que yo ya me he dormido, y de todas maneras se tapa la boca con la almohada. También llora en el baño, cuando hace pis, y besa una foto de su madre. A veces la espío.</p>

<p>Yo no sé qué barbaridades habrá visto Iveta antes de convertirse en una inmigrante bonita del Este, no sé de qué estruendos habrá despertado una noche en Praga, pero le dura todavía en los ojos el destello de la muerte. Las huérfanas tienen los ojos más sexys que las que todavía conservan padre y madre y hermanos. Las chicas que lo perdieron todo, de la noche a la mañana, tienen la mirada llena de asombro, un asombro que no es solamente miedo; los ojos llenos de luz y negrura.</p>

<p>Aunque no me cuente nada, aunque haga silencioso duelo, yo me imagino que ha caminado, o ha hecho autostop, por toda Europa. También me imagino que alguien, uno o más de uno, tiene que haberla violado entre Praga y Barcelona. Demasiado indefensa y bonita, y callada y rubia, y sobre todo demasiado veraniega, con sus harapos, para haber llegado sana y salva desde aquella guerra hasta esta paz. Desde sus bombas racimo hasta mi cama.</p>

<p>Lo único que conservó de su viaje, además de su ropa interior y sus anillos, fue esta revista, la <i>TV Mánie</i>, con la foto enorme de una Sally Fieldovà joven, casera y sonriente. Iveta se parece un poco a la actriz, aunque es más joven y no tiene gafitas de intelectual frígida. Iveta tiene la guerra en los ojos, viene de la guerra, del epicentro de las consonantes acentuadas, del dolor del Este.</p>

<p>Ella nunca me ha dicho nada sobre todo aquello, Iveta calla sus anécdotas atroces, supongo que querrá olvidarlas, pero no puede disimular los ojos cuando está en mi casa, cuando está en mi cama o en mi cocina. Tiene una mirada que parece un <i>‘previously on’</i> de serie yanqui. Cuando te mira, sale una voz en off que dice: </p>

<p>—“Anteriormente, en la vida de esta chica…” —y funde a negro. </p>

<p>¿Cómo no la voy a perdonar, cómo no voy a darle todos los gustos, si tiene unos <i>flashbacks</i> increíbles?</p>]]>
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    <title>El muerto que crece</title>
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    <published>2008-10-17T18:47:44Z</published>
    <updated>2008-10-31T19:18:08Z</updated>
    
    <summary>Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Historias" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Si hoy Pablo viviera posiblemente estaría casado. Era muy hermoso, tenía pestañas largas, los ojos verdes y cuando sonreía daba la impresión de que pidiera disculpas. Sin duda estaría casado… Y posiblemente sería feliz, o al menos creería ser feliz. Yo en cambio no estoy casado, nunca estuve con una mujer; esa diferencia ya habría agotado cualquier posible sobremesa, separado nuestras vidas para siempre. </p>

<p>Otra cosa es cierta, no seamos dramáticos: si Pablo estuviera vivo tampoco yo le dedicaría esta historia, no pensaría en él cada noche, no me angustiaría ver la foto que nos sacó el  cura del campamento la noche anterior a su muerte.</p>

<p>Pablo murió la segunda noche del campamento. La Acción Católica nos mandaba cada tres meses a O’Higgins, un pueblo pequeño, cerca de Chacabuco, para que tuviéramos contacto con la naturaleza. </p>

<p>Durante el día hacíamos largas y aburridas caminatas; por la noche, largos y aburridos fogones. El cura contaba historias de terror y todos gritábamos como ardillas. A mí me gustaba ir a ese campamento únicamente para conversar con Pablo, dentro de la carpa, alumbrados con linternas, durante toda la madrugada. Sin decirlo nunca en voz alta, yo pensaba: <i>estoy durmiendo con Pablo</i>.</p>

<p>Eran pocas las veces en que podía conversar con mi amigo largamente, sin el asedio de las chicas. En la escuela él prefería dejarse halagar por la histeria femenina, o dejarse seducir por los deportes. En O’Higgins, el campamento de las mujeres estaba del otro lado del camping, y las monjas vigilaban que ellas no pasaran a nuestro sector. Las monjas eran guardaespaldas de Pablo: lo dejaban descansar de sus admiradoras secretas; lo dejaban todo para mí.</p>

<p>Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito personal. Yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que hay mitos grupales y mitos personales. Gardel, por ejemplo, es un mito colectivo que la muerte erige y alimenta cada día; el Che Guevara, Rimbaud: vidas tempranas que la muerte congela para siempre y hace únicas, como si no fueran también únicas las vidas de los que quedamos, como si la multiplicación de la especie no favoreciera el milagro, el cotidiano, de estar aquí, de padecer. </p>

<p>Gardel, Guevara, Rimbaud: mitos colectivos, mitos de grupo. Nadie pensaría en ellos si hubiesen muerto ancianos. Se piensa en ellos porque han muerto en la plenitud arrolladora, en medio del fervor, de la batalla, del amor. Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito secreto, mi ídolo personal. Yo no pensaría en él si estuviese vivo, pero murió tan joven, tan cerca de mí, tan mío, que la lejanía del tiempo lo agiganta y lo convierte en mi dolor.</p>

<p>Y es que la muerte de las vidas jóvenes, más cuando la joven vida ha sonreído mucho y ha sido bondadosa, se convierte en una muerte frágil, más indeseada que la muerte lógica, menos asimilable. En las guerras mueren, principalmente, los jóvenes, también en los terremotos y en los bombardeos que ocurren en los colegios, pero por alguna razón las muertes colectivas tienen una jerarquía baja, son de segundo orden en la conciencia mítica.</p>

<p>Cuando muere más de un joven sólo importa el principal, los otros son olvidados. No solamente murió Gardel en aquel avión, también murió el pobrecito Lepera, el mejor letrista de tangos. El mismo día, a la misma hora, del mismo fuego. Pero se lo recuerda sólo a Gardel.</p>

<p>Un mito debe morir joven, sin merecerlo, y debe en vida haber sonreído mucho, y haber hecho poco daño a otros. Pero también es necesario que el mito muera solo. Y si no muere solo, la historia borra los datos de sus compañeros, desdibuja a los guitarristas, se deshace de los que no han sido hermosos. </p>

<p>Pablo y sus quince años cumplían con toda aquella parafernalia del mito, y por eso desde entonces es mi leyenda privada, mi dolor placentero particular. El muerto que me crece adentro.</p>

<p>Si en aquella época fue mi mejor amigo, ya no importa que hoy yo tenga otros amigos, algunos muy buenos, algunos mejores; Pablo tendrá que ser siempre mi mejor amigo por dos razones tan ciertas como su risa: que él murió cuando era mi mejor amigo, y que antes de que muriera yo fui malo con él.</p>

<p>No tan malo como acabé siendo más tarde, no tan dañino como soy ahora, pero lo suficientemente malo y dañino para no poder decir que lo que ocurrió esa noche en O’Higgins fue del todo irracional, todo destino. Si la muerte de Pablo hubiera sido absolutamente accidental, al cien por cien una desgracia, no existiría este monólogo, ni mis otras muertes, ni la foto de Pablo en mi escritorio, ni mis pesadillas. Nada existiría.</p>

<p>Si todo esto ha existido y existe, si alguna de estas patologías existirán, además, durante los muchos años que me dure la deuda, el duelo, es porque no ha sido del todo accidental, es porque de algún modo quise, durante un segundo por lo menos, verlo caer. Verlo volar. Verlo pedir y rogar, y suplicar. Lo demás, lo que pasó después, sí fue el destino, o el castigo que recibí por querer ser malo.</p>

<p>Yo era un niño ofendido cuando le solté las manos en el puente. Digo bien: un niño. Mi rostro era el rostro de un niño. Yo era un niño que había recibido una bofetada después de un beso. Pero yo dejaba de ser un niño cuando se me soltó de las manos; y puedo jurar que cuando Pablo cayó al suelo, diez segundo después, o cinco, un siglo después, luego de volar como yo quería ingenuamente que volara, yo ya no era un niño, ni tampoco era un niño Pablo.</p>

<p>Ya no éramos dos niños que jugaban en el puente de O’Higgins, ni la vida y la muerte eran dos ideas. Cuando cayó, Pablo ya era un muerto, mi primer muerto. Y yo, arriba, desde la baranda, con los ojos serenos, con las manos crispadas, sin dejar de mirar el cuerpo pequeñito allí abajo, sin gritar ni hacer nada, sin pensar en lo que diría primero el cura, después mis padres, más tarde los padres de Pablo, yo, en ese momento, ya era un hombre. </p>

<p>Yo dejé de ser un niño mientras Pablo volaba del puente a la tierra, y de mis manos al vacío. Dejé de ser un niño para siempre, quizás para acompañar a Pablo en su descenso y durante sus últimos segundos de niño, porque él también dejaba de ser un niño en el viaje.</p>

<p>Pablo, mi mejor amigo de la infancia, el mito de ahora, el de la foto en mi escritorio, el de mis sueños, fue también mi primera maldad, la primera de una lista que después fue inmensa. Mi primer amor.</p>

<p>Cuando Pablo empezó a ser el chico muerto, yo empecé a ser el chico que había matado a Pablo. El cambio de colegio y el cambio de ciudad no alcanzaron para limpiarme. En el nuevo colegio de la nueva ciudad también fui el chico que había matado. Ya no a Pablo, sino a <i>alguien</i>, que era todavía más misterioso y peor.</p>

<p>Las siguientes crueldades eran esperables y esperadas por todos, menos por mí. Yo no esperaba nada, porque mi única gran crueldad, mi primera y mejor muerte, fue la muerte de Pablo, porque era mi mejor amigo y yo lo quería, y porque yo era un niño y porque los dos éramos buenos, y porque yo lo había besado y él no quiso recibir mi boca, mi beso de <i>fan</i>. </p>

<p>Después ya no. Después él fue un muerto más, el primero de mis muchos muertos. Porque, al revés de lo que suponemos, matar sin intención no nos convierte en más precavidos o mejores, sino que nos quita la opción de elegir. La diferencia es que ahora, con más experiencia, beso a los niños con más fuerza, los ato, los amo, los disfruto, antes de dejarlos caer por otros puentes. <br />
</p>]]>
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    <title>El móvil de Hansel y Gretel</title>
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    <published>2008-10-07T17:01:13Z</published>
    <updated>2008-10-17T18:47:16Z</updated>
    
    <summary>Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Teorías" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el <i>Hansel y Gretel</i> de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: <i>“No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”</i>.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.</p>

<p>Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la <i>Odisea</i> hasta <i>Pinocho</i>, pasando por <i>El viejo y el mar</i>, <i>Macbeth</i>, <i>El hombre de la esquina rosada</i> o <i>La familia de Pascual Duarte</i>. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía. </p>

<p>Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace. </p>

<p>¿Ya está? </p>

<p>Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.</p>

<p>¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo? </p>

<p>La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor. </p>

<p>Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate. </p>

<p>Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria. </p>

<p>Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.</p>

<p>Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica. </p>

<p>Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí. </p>

<p>Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana. </p>

<p>Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.</p>

<p>Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (<i>Romeo y Julieta</i>, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)</p>

<p>Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:</p>

<center><span class="siglas"> M HGO LA MUERTA,<br>PERO NO STOY MUERTA.<br>NO T PRCUPES NI<br>HGAS IDIOTCES. BSO.
</span></center>

<p>Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción <i>“Banda ancha móvil”</i> de Movistar.</p>

<p>Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría <i>’Cien años sin conexión’</i>: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.</p>

<p>La famosa novela de James M. Cain —<i>’El cartero llama dos veces’</i>— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría <i>’El gmail me duplica los correos entrantes’</i> y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.</p>

<p>Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, <i>’Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’</i>, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.</p>

<p>En la obra <i>’El jotapegé de Dorian Grey’</i>, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta <i>Images</i> de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.</p>

<p>La bruja del clásico <i>’Blancanieves’</i> no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.</p>

<p>También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi. </p>

<p>Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas. </p>

<p>Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.</p>

<p>La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.</p>

<p>Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?</p>

<p>No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma. </p>

<p>Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan. </p>

<p>Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos. <br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>El turista original</title>
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    <link rel="service.edit" type="application/atom+xml" href="http://orsai.es/cgi-bin/mt-atom.cgi/weblog/blog_id=1/entry_id=1525" title="El turista original" />
    <id>tag:orsai.es,2008://1.1525</id>
    
    <published>2008-09-25T16:14:42Z</published>
    <updated>2008-10-07T17:05:03Z</updated>
    
    <summary>Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Internet" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Mientras voy a visitar a mi amigo don Juan, estoy leyendo <a href="http://www.borgesdebioycasares.com.ar/"  target="_blank">un libro</a> maravilloso, pesado y gordo (unas 1.600 páginas) y por primera vez en mi vida de lector empiezo a sentir la urgencia del libro electrónico. Ya no como amante de los <em>gadgets</em>, sino por necesidad real, por agotamiento y reumatismo.</p>

<p>En el libro que leo ahora hay miles de notas al pie y repeticiones argumentales. Lleva un apéndice al final, con las biografías de todos los autores a los que se hace referencia en el corpus. Cada vez que necesito conocer un dato debo poner el señalador, cerrar el libro (voluminoso, ya ajado), manipularlo con fuerza y revisar las páginas finales. Me siento un Neardental curioso y frustrado.</p>

<p>A veces me da la sensación de que determinada idea ya fue expuesta ocho capítulos atrás, pero es imposible buscar la fuente: hay que hacerlo a mano, página a página. Casi nunca lo logro y me deprimo. Me rasco, me quito pulgas; a veces aúllo.</p>

<p>El hábito digital hace que cada vez nos resulte más complicado leer a la antigua usanza. Sobre todo, cuando el material de lectura tiene ramificaciones. Nos hemos acostumbrado al salto, al hipertexto, al <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Procrastinaci%C3%B3n" target="_blank">procrastineo</a></em>, a manejar tres o cinco ideas al mismo tiempo. Regresar al libro plano, unidireccional, es como volver a encender el fuego con una piedra y un palito.</p>

<p>Trascartón, el libro electrónico no parece avanzar en el mercado. Está el <em><a href="http://images.google.es/images?q=Kindle" target="_blank">Kindle</a></em> (de Amazon) que desde hace tiempo amaga con imponerse, pero nunca se impone. ¿Qué sentido tiene que me lo compre hoy, si no le puedo cargar contenidos en castellano?</p>

<p>Más allá de todas las razones sobre la tardanza, la verdad es que las editoriales no quieren correr la misma suerte de las discográficas. Los grandes grupos editores le ponen palos en la rueda a todos los proyectos electrónicos porque todavía no descubrieron de qué forma ganarán dinero cuando la materia escrita sea intangible (como ya lo es la música, como ya lo es el cine).</p>

<p>Hace treinta años el gran enemigo del capitalismo eran los comunistas. Ahora son los intangibles. ¡Qué felices eran los directivos de la <i>RCA Víctor</i> cuando los discos eran de pasta o de vinilo, cuando el que quería escuchar una canción tenía que comprarse el long play entero! ¡Con qué amor fumaban sus habanos y contaban los billetes! </p>

<p>Ahora la música es un intangible. Nadie la ve, no viene en cajita. Son datos invisibles que pasan de mano en mano, de oreja a oreja, sin que nadie pueda cobrar peaje. El cine también ha cambiado, tampoco viene en cajita. </p>

<p>El único ámbito de la cultura popular que todavía sigue unido al <i>packaging</i> es el libro. Y el temor a que la cajita nos resulte obsoleta (¡ya nos resulta, odio llevar este ladrillo en la mochila!) le pone los pelos de punta a los intermediarios de la cultura, a los que ganaron dinero siempre sin hacer nunca demasiado.</p>

<p>Por pura ansiedad, voy de visita a la casa de Juan Dámaso, un vidente vasco que hace unos años tuvo una breve fama vaticinando desgracias por Internet. Ahora está jubilado, pero sigue recibiendo a los amigos. Al llegar, le pregunto qué ve en el futuro respecto al libro electrónico, si falta mucho o poco para poder disfrutar de ese avance tan necesario.</p>

<p>—¡Ah! —me dice, poniendo los ojos en blanco— ¡La literatura intangible: bajarse libros de Borges y ponerlos en el iPod, descargar la obra completa de Vila-Matas en un archivo .zip y descomprimirla en el avión, toda nuestra biblioteca en un pendrive de ocho gigas!</p>

<p>—Eso, eso —me excito—, dígame, don Juan, ¿cuándo llegará ese futuro maravilloso, cuándo dejaré de llevar kilos de novelas en mi mochila?</p>

<p>—Veo grandes desgracias —me asegura, alzando los brazos al cielo—. Gerentes de marketing arrojándose por las ventanas de <i>Random House Mondadori</i>, editores y representantes de autores limpiando parabrisas en los semáforos, veo dos rubias en tetas, en la playa, leyendo a Paulo Coelho desde un dispositivo portable de ciento veinte gramos…</p>

<p>Sonrío, esperando más, pero Dámaso interrumpe allí su discurso y se queda con la vista ciega. Comienza a soltar un hilo de baba blanca por la comisura de los labios.</p>

<p>—¿Qué más? ¿Por qué se queda en silencio, don Juan? —le pregunto.</p>

<p>—Sigo viendo a las rubias: creo que una le pondrá bronceador a la otra. Espera un segundo, ahora mismo regreso.</p>

<p>Dámaso se encierra en el baño y me quedo solo en su salón, pensando en la cultura intangible, en el arte que no tiene entidad, en la obra que no se toca pero sí pasa de mano en mano. Me alegro de que el futuro nos depare esto también con los libros. A los quince minutos el vidente regresa del servicio, con la camisa desprendida y los ojos todavía en blanco.</p>

<p>—Continuemos —me dice, y vuelve a su vaticinio—. El libro será el próximo paso, pero la era de los contenidos intangibles y compartidos no acabará allí, mi querido y gordo amigo. También veo a directivos de <i>Lufthansa</i> suicidándose o viviendo en la pobreza extrema. En algunos años existirá el turismo electrónico.</p>

<p>—¿Cómo es eso?</p>

<p>—Alguien, por ejemplo, hace un viaje a Filipinas y lo graba con sensores táctiles y visuales. Después pone el viaje en la carpeta <i>Incoming</i>. Entonces otro, que no tiene dinero para viajar a Filipinas, o que no tiene ganas de subir a un avión, descarga las sensaciones del viaje, lo revive segundo a segundo. </p>

<p>—¡Es la muerte de las agencias de turismo! —grito. </p>

<p>—Sí señor, y también es el ocaso del modo de vida japonés —me responde Dámaso Miranda—. Los vuelos intangibles, según puedo prever, estarán de moda desde 2015.</p>

<p>—¿Pero eso no es vivir la vida de otro?</p>

<p>—¡Pues claro! Ahora tú escuchas la música que ha comprado otro, y ves la película que ha comprado otro, y dentro de poco leerás el libro que ha comprado otro. En algunos años harás el viaje que ha hecho otro… ¡Enhorabuena!</p>

<p>—Pero en ese caso no habrá libre albedrío —sospecho—. Si el viajero original entra a un bar homosexual filipino, uno no puede elegir no entrar a ese bar.</p>

<p>—Por supuesto. Si compras el viaje, vives ese viaje. Y si en ese viaje tres filipinos grandotes le dan por el culo al turista original, prepárate para gozar tú también, amigo mío.</p>

<p>—No sé si me gustará ese futuro, don Juan.</p>

<p>—Pues te jodes. Los bienes intangibles tienen algunas ventajas inmediatas, pero también requieren de nosotros algún sacrificio. Quizás en el futuro esos esfuerzos no sean económicos, pero algo tendrás que dar a cambio.</p>

<p>—¿Qué me quiere decir?</p>

<p>—Volvamos al libro que llevas en tu mochila, al motivo por el que has venido hasta aquí —me dice—. Cuando ese mamotreto de mil quinientas páginas sea electrónico, tú no lo pagarás. Y no te pesará en la mochila, y podrás consultar bibliografía complementaria con un solo clic, y tendrás un buscador temático… ¿verdad?</p>

<p>—Sí —respondo.</p>

<p>—Pero también dejarás de hacer ejercicio, no irás a la librería a buscar el libro, no disfrutarás del olor del papel, no sentirás la satisfacción de haber conseguido algo con un mínimo de esfuerzo, perderás el hábito milenario de mojar el índice para dar vuelta la página, te crecerá el culo por falta de movimiento —me mira un poco y agrega—: bueno, eso ya te ha ocurrido. Pero a lo que voy, amigo mío: nada es del todo gratis, ni siquiera cuando adquieres un intangible.</p>

<p>—Dicho así, es verdad.</p>

<p>—Si un día te descargas el viaje a Filipinas, te sangrará el culo. O quizás te atraquen en una esquina oscura y sientas el filo de una navaja en el cuello. O tal vez el turista original folle con una prostituta sucia y a ti más tarde te arda la ingle.</p>

<p>—Dios no lo permita —digo, tragando saliva.</p>

<p>Regreso a casa otra vez en tren, después de la visita a Juan Dámaso, con una sensación ambigua. El enorme volumen de mil seiscientas páginas ya no me pesa tanto en la mochila, ni tampoco en las manos cuando me dispongo a seguir leyéndolo. Me queda también rebotando en la cabeza una frase de don Juan, algo que me dijo en la puerta de su casa, al despedirnos:</p>

<p>—Hay libros, Casciari, y también hay viajes, que debemos hacer nosotros mismos, con nuestros propios esfuerzos. </p>

<p>Quizá el <em><a href="http://images.google.es/images?q=Kindle" target="_blank">Kindle</a></em>, de Amazon, llegue al mercado pronto, con contenidos en español y multitud de accesorios; quizá lo compre y me convierta en uno más de esos señores que van en el tren, idiotizados con un aparatito digital, buscando la respuesta veloz, saltando de una idea a la otra. </p>

<p>Pero este lomo ajado que tengo en las manos ahora, este medio kilo de papel envuelto en cartones rústicos y blancos, este olor y este silencio antiguo, es también un viaje milenario, es mi viaje.</p>

<p>Es raro. Miro ahora mismo a todos los pasajeros del vagón: algunos hablan por el móvil, otros escuchan su iPod, otros están imantados a sus portátiles, revisando un <i>Excel</i>. Mi libro gordo y roto parece de otro mundo al lado de todo aquello, de un mundo anterior.</p>

<p>Me mojo el índice, doy vuelta la página y me siento real y en movimiento. Como un turista original, de carne y hueso, en un vagón lleno de viajeros fugaces como hologramas.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Los cinco críticos feroces</title>
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    <published>2008-09-15T23:41:34Z</published>
    <updated>2008-09-25T16:14:03Z</updated>
    
    <summary>Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Internet" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.</p>]]>
        <![CDATA[<p>A mediados de 2005 yo había terminado de escribir mi primera historia de ficción en un blog, y había comenzado la segunda. Sin buscarlo, las cosas estaban saliendo bien. En casa empezaba a sonar el teléfono: un par de editoriales europeas ofrecían dinero por mi novelita, algunas productoras de televisión me tanteaban para escribir guiones, etcétera. Impulsos suficientes para dejar de madrugar en la redacción de un diario por un sueldo fijo. </p>

<p>Con cautela, y sintiendo en la nuca los ojos asustados de Cristina, dije adiós al mundo real y me acomodé en el otro mundo, uno que se transita en pijama y sin apuros.</p>

<p>Fue entonces que empecé a tener demasiado tiempo libre. El tiempo libre y el trabajo online son una mezcla peligrosa: no sólo te deforman la columna vertebral y el culo, sino también la perspectiva de la realidad. De repente, los asuntos virtuales comienzan a parecerte importantes. </p>

<p>A mí me ocurrió la desdicha de darle trascendencia a cuestiones insignificantes el día que un grupo de cinco críticos, desde sus blogs, comenzaron a burlarse de mi obra, o de mí, con argumentos crueles y estrafalarios. Más tarde entendería que la exposición (aparecer en la prensa, publicar algún libro, tener lectores) es directamente proporcional al número de intelectuales que te desprecia, pero aquélla fue la primera vez que me pasaba y me costó mucho asimilarlo. </p>

<p>Ahora tengo más detractores que entonces —porque mi exposición es mayor—, pero esos primeros cinco consiguieron, más de una vez, empañarme el ánimo y lograron que me hiciera la peor de las preguntas: <i>¿No tendrán ellos razón?</i></p>

<p>Ninguno de los cinco críticos portaba un curriculum que los avalara, ni una obra (buena o mala) desde la que posicionarse para agredirme, pero contaban con algo más importante, algo que me dolía. Tenían una edad parecida a la mía, unos gustos semejantes a los míos y una idéntica nacionalidad. Por esas tristes razones me fijé en ellos y leí cada una de las cosas horribles que decían sobre el lugar espantoso que ocupaba yo en sus corazones.</p>

<p>Me odiaban, tuve que asumirlo de entrada. Lo que yo escribía les parecía basura, algo todavía más horrible que literatura menor: les parecía puro marketing disfrazado de palabritas. </p>

<p>Llegaron a elaborar una teoría increíble sobre lo que ellos llamaban mi <i>éxito</i>: según sus estudios yo no tenía muchos lectores, sino un sistema informático con el que engañaba a los medidores de audiencia de Internet. Luego esos medidores engañaban a la prensa, y la prensa me hacía entrevistas creyendo que alguien me leía. Los comentarios, todos o la gran mayoría, los hacía yo mismo adoptando diferentes apodos.</p>

<p>Lo que les preocupaba era ver muchos comentarios en mis textos. Más que mi prosa, les producía resquemor que alguien me leyera. En sus cuadernos virtuales debatían sobre mis miserias y estrategias. Decían que preferían mil veces que nadie los leyera, a que los leyera la clase de gente que me leía a mí. Odiaban a mis lectores, la simpleza, la poca exigencia literaria de mis lectores. Una de las frases más recurrentes que usaban para despreciar mi escritura era ésta: escribe lo que sus lectores esperan leer.</p>

<p>Estaban obsesionados conmigo y, esto es lo peor, yo también con ellos, en silencio.</p>

<p>Un par de veces les escribí cartas privadas, explicándoles la confusión: les dije que yo era uno más, que me gustaba la misma música que a ellos, que leía los mismos libros; les aconsejé que intentaran generar una obra en línea, una obra literaria o por lo menos creativa, en lugar de hablar mal de otras personas; les señalé que se les iba toda la energía en eso. </p>

<p>(No les confesé que también se iba la mía, mi energía, leyéndolos, porque quizá ese dato los habría alentado a seguir.)</p>

<p>Hice lo posible para calmarles la rabia, pero no hubo caso; ellos eran felices de ese modo, poniéndose en una vereda distinta y haciendo puntería conmigo. Uno de los cinco publicó partes de mi correo privado, hizo <i>alarde de remitente</i>, se burló en público de mi fragilidad. Entendí que me había equivocado al escribirles, supe que hay una clase de gente que cree que ha triunfado cuando el objeto de su odio le habla con serenidad.</p>

<p>En esa época la desgracia quiso que una cadena alemana de televisión eligiera mi blog como el mejor del mundo. ¡Para qué! Se pusieron como locos y me odiaron muchísimo más que antes, escribieron con doble filo, se ensañaron con más ahínco y elucubraron nuevas teorías sobre mis estrategias de marketing, unas teorías increíbles en las que yo le succionaba la poronga a gente de Berlín a cambio de favores y medallas.</p>

<p>A esas alturas yo ya creía vislumbrar que el odio que me profesaban los cinco críticos no tenía nada que ver con mi obra, sino con otra cosa. Algo más salvaje, más incontrolable. Uno de ellos llegó a escribir, públicamente, que tenía muchas ganas de cagarme a trompadas, y que solamente me salvaba de sus puños el hecho de que viviera lejos. Los otros le rieron la gracia.</p>

<p>Una persona normal se habría desentendido más rápido. Yo mismo, ahora, puedo hacerlo, no me cuesta nada. Pero entonces era la primera vez que me ocurría y no había manera de pasarlos por alto. Por la mañana abría el Clarín, leía lo que pasaba en Argentina, y después, como un autómata, revisaba los blogs de mis cinco críticos, a ver qué nueva barbaridad habían dicho sobre mí.</p>

<p>Entonces, una tarde, pasó algo increíble. Algo que me salvó para siempre de las críticas ajenas, un hecho involuntario y azaroso que me sirvió para quitarme de encima la obsesión, y que me servirá siempre, siempre, como recordatorio.</p>

<p>Lo que pasó es que una tarde, una tarde rocambolesca de hace ahora tres años, en el blog de uno de ellos apareció un texto mío que se llama <i>La verdadera edad de los países</i>. </p>

<p>El dueño del blog, uno de mis cinco feroces detractores, había recibido un mail en cadena con un cuentito de autor anónimo. Un cuentito que lo maravilló y que, con grandes alabanzas, publicó completo.</p>

<p>Los otros cuatro amigos leyeron la entrada y también dejaron sus comentarios sobre el texto anónimo. <i>Impresionante</i>, escribió uno de ellos. Los demás lo secundaron con adjetivos similares. Estaban encantados con el descubrimiento, con el arte “popular y espontáneo” que se genera en internet, con “la fina ironía que trasunta el texto” y con la reputísima madre que los parió.</p>

<p>Dejé pasar unas horas, para ver si se daban cuenta solos del resbalón, pero como sus blogs no tenían más lectores que ellos mismos, nadie les avisó. </p>

<p>Siguieron los cinco conversando sobre el tema, congratulados y felices del hallazgo. Por la noche dejé mi primer y único comentario en uno de sus cuadernos. Les puse: “Cuando descubran al autor se van a querer matar”. No firmé el mensaje.</p>

<p>Imagino que habrán buscado en Google la primera frase del texto, y que habrán dado enseguida con su autor. Imagino la vergüenza callada de mis cinco críticos feroces, que se habían convertido sin querer en cinco lectores más, en cinco lectores corrientes que gustan de leer cuentitos simples.</p>

<p>Después de aquello no hablaron más de mí. Meses más tarde sus blogs empezaron, de a poco, a mejorar.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Ciento cincuenta de mortadela (II)</title>
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    <published>2008-09-07T20:07:00Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:40:53Z</updated>
    
    <summary>Segunda parte de un libro de cuentos cortos. En estas diez historias hay un niño prodigio mexicano, un país con leyes para tímidos, un soldado a punto de morir, una familia métrica, dos hermanos polacos mentirosos, un muchacho que alarga las presentaciones, un inventor sin suerte, un ensayo filosófico pesimista, el amor entre dos amantes que ven el futuro y la conversación trunca entre un padre y un hijo. Cada uno de estos cuentos (los que fueron, y los que vendrán) caben en ciento cincuenta palabras.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Historias" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<div class="epigrafe"><b>Segunda parte de un libro de cuentos cortos.</b> En estas diez historias hay un niño prodigio mexicano, un país con leyes para tímidos, un soldado a punto de morir, una familia métrica, dos hermanos polacos mentirosos, un muchacho que alarga las presentaciones, un inventor sin suerte, un ensayo filosófico pesimista, el amor entre dos amantes que ven el futuro y la conversación trunca entre un padre y un hijo. Cada uno de estos cuentos (<a href="http://orsai.es/2005/12/ciento_cincuenta_de_mortadela.php" target="_blank">los que fueron</a>, y los que vendrán) caben en ciento cincuenta palabras.</div>]]>
        <![CDATA[<p><a name="11"></a><font size="5" color="#CC3300">11 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Francisco Hoyos no dijo palabra</span> hasta los dos años y seis meses de edad. Tan perfecto fue su silencio que sus padres lo creyeron mudo. Una buena mañana comenzó a hablar en euskera, verdadero prodigio para un niño mexicano que nunca había salido de Campeche. Sus padres, que no entendían vasco, sospecharon que era media lengua y no se preocuparon; tampoco se maravillaron. Cuando cumplió cinco lo llevaron a varios médicos, sin suerte. A los doce visitó a un psicólogo. Nadie encontró anomalías en Francisco, ni físicas ni mentales: solamente hablaba mal. Una tarde de sus diecisiete años el jovencito se cansó: “Kokoteraino nago doktoreak”, dijo. Y no habló nunca más en la vida. Fue el caso más fugaz de infancia prodigio en Campeche, el más olvidable. Francisco Hoyos murió a los sesenta años, de infarto, durante las semifinales de un concurso de levantar piedras. Falleció sin dejarnos últimas palabras.</p>

<p><a name="12"></a><font size="5" color="#CC3300">12 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Las leyes del amor</span> fomentaban las relaciones ocasionales. En los autobuses, los hombres debían ubicarse en asientos pares; las mujeres, en impares. Así el gobierno impulsaba el encuentro. Si te sentabas solo en un banco, pudiendo hacerlo junto a alguien, un guardia civil te multaba. En el cine se producía un intermedio, a oscuras, para que el público manoseara al espectador de su derecha. Los restaurantes descontaban el 50% a las parejas que pudieran certificar primera cita. En las discotecas las damas entraban gratis y a los caballeros se les ofrecía dinero y bebidas. El gobierno premiaba con subsidios el primer hijo y, con descuentos, el primer beso. En las esquinas tenían prioridad los peatones que caminaran de la mano. Sin embargo, la epidemia se extendía sin remedio. Entonces llegaron los militares y tomaron el poder. Primera medida: abolir el wifi gratuito. En un mes todo volvió a la normalidad. </p>

<p><a name="13"></a><font size="5" color="#CC3300">13 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Un soldado regresa a pie</span> de una guerra en la que vio morir a sus amigos, en la que casi muere, de la que ahora huye derrotado. El soldado busca el camino a casa pero no lo encuentra; allí lo espera una mujer y los dos hijos. (No conoce al segundo.) El soldado tiene sed, hambre, frío y cagadera. Como solamente puede saciar una de las cuatro urgencias, se baja los pantalones en medio del monte y se desahoga. Justo entonces pasa por allí un soldado del bando contrario que, al ver al enemigo en cuclillas, se queda quieto. El otro también lo ve. Se miran, ambos en guardia, desde las diferentes alturas. El que ganó la guerra busca algo en su morral. El otro piensa: “me matará mientras cago”. El victorioso saca un rollo de papel y, sin decir nada, lo deja en el suelo. Después sigue su camino.</p>

<p><a name="14"></a><font size="5" color="#CC3300">14 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">La familia Poeta</span> tiene cuatro integrantes. Carlos Poeta, su esposa Marta, y sus dos hijos: la adolescente Ana de catorce años, y el pequeño Martín de trece meses. Esa noche, durante la cena, Ana olfateó su plato y dijo en verso libre: “Mamá, <font size="2">|</font> este puré huele a mierda, <font size="2">|</font> a muerte en polvo, <font size="2">|</font> a carroña entumecida”. El padre entonces estalló en soneto: “Te he dicho mil veces que te dirijas <font size="2">|</font> a tu madre con rima consonante <font size="2">|</font> ¿para qué corno he parido yo a esta hija?” La madre, en romance, quiso templar los ánimos: “Consonante o asonante, <font size="2">|</font> pero que rime hija mía, <font size="2">|</font> sino después a tu padre, <font size="2">|</font> le cae densa la comida”. Ana se fue llorando al cuarto; los demás siguieron en silencio hasta que habló Martín: “Papa enojado <font size="2">|</font> con nena y mama triste, <font size="2">|</font> Martín cacona.” Sus padres lo miraron con los ojos llenos de lágrimas: era el primer haiku del hijo.</p>

<p><a name="15"></a><font size="5" color="#CC3300">15 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Los gemelos Andreizek eran dos polacos</span> gordos, de cuarenta y cuatro años, que estaban peleados desde hacía una década. Uno de los hermanos vivía en Varsov, el otro en Wroclaw. Los dos solteros, los dos solitarios y obesos. El destino quiso que se encontraran en el chat de Terra Polska con identidades falsas. Uno de los gordos se hacía pasar por una jovencita virgen. El otro fingía ser una lesbiana morena y tímida. Con el tiempo y la charla nocturna, ambos se enamoraron del personaje del otro, creyéndolo real. Se enviaban mensajes de móvil, se pajeaban pensando en las muchachas, se mandaban regalitos. Un día decidieron verse en un hotel. Cada uno tenía planeado decirle a su pareja la verdad. Cada uno tenía la esperanza de que la otra lo aceptase. Y lo más sorprendente: ambos habían decidido invitar al hermano a la boda, si la historia de amor funcionaba.</p>

<p><a name="16"></a><font size="5" color="#CC3300">16 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Dice el Hijo</span>: “Somos nueve hermanos. En orden de nacimiento llegamos al mundo así: José, Arturo, Adelaida, Luz, Marco, Jaime, Rosa, Luis y Nicanor. Todos nos llevamos un año. Yo no soy el más grande, y tampoco el más pequeño. Mi nombre tiene cinco letras, una de ellas es la A. Me llevo bien con mis tres hermanas mujeres, pero mi preferida es menor que yo. De mis cinco hermanos varones, dos se dedican al negocio de la construcción, y los otros tres tienen imprenta. José tiene cuarenta años y Nicanor treinta y dos. Según el poeta italiano, estoy en el medio del camino de la vida. Mi edad es impar. Arturo no es imprentero. Mi edad sumada a la edad de Luis dividida por dos, da por resultado la edad de Rosa”. <span style="font-variant: small-caps">Dice la Madre</span>: “¡Jaime, a comer!”. <span style="font-variant: small-caps">Prosigue el Hijo</span>: “Mamá es pelotuda, siempre me arruina los acertijos”.</p>

<p><a name="17"></a><font size="5" color="#CC3300">17 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">El lunes esculpí una piedra</span>, en Drobb, hasta quitarle las aristas; la llevé rodando a la choza del Brujo, que me vio llegar maravillado. El martes pasé por Ijik y molí pasta vegetal hasta dejarle el grosor de un suspiro; endurecida y blanca la entregué a la Autoridad, que no daba crédito. El miércoles, ya en Zhou, froté una aguja con magnetita y la colgué de un pequeño hilo encerado; se la obsequié al Rey, para que navegara. El jueves, de paso por Moguntiacum, tallé letras huecas y las rellené con hierro hasta que semejaran un manuscrito y lo multiplicara; lo di a unos copistas. El viernes capturé un rayo en Smiljan y logré enjaularlo, para que no hubiera noches; lo regalé a un matemático. El sábado regresé a casa tarde y me acosté sin desvestir. El domingo por la mañana vi la nota de María, que me había dejado.</p>

<p><a name="18"></a><font size="5" color="#CC3300">18 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Supongamos que alguien descubre</span>, por casualidad o empecinamiento, la solución a las grandes preguntas: qué es la vida, de dónde venimos, a dónde vamos, para qué estamos aquí. Supongamos que las respuestas han estado todo el tiempo frente a las narices de cualquiera: en la interpretación de las nubes, en el dibujo de las huellas dactilares de un niño, en un grano de café. Supongamos que las respuestas halladas dan satisfacción a todos los hombres: a los que razonan y a los que sienten, a los que confían y a los que niegan, a todos. Imaginemos que La Verdad nos ilumina de una vez y para siempre. ¿Qué pasaría entonces? ¿La noticia aparecería en la tapa del Clarín? ¿Deberíamos no ir a trabajar al día siguiente? ¿Los abogados dejarían de lado sus trapicheos? ¿Alguien haría otra película genial? ¿Ella me querría? Si la respuesta es no, la filosofía me amarga.</p>

<p><a name="19"></a><font size="5" color="#CC3300">19 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Cuando una tarotista y un vidente se enamoran</span>, los planetas no saben para dónde orbitar. La luna se tara, el café no produce borra, los pájaros premonitorios se esconden en los nidos, las bolas de cristal tienen estática y las lechuzas prefieren mirar para otro lado. Los amantes buscan en vano señales sobre el futuro, pero los naipes de la tarotista se van al mazo y los artilugios del vidente se descomponen. Ella se pregunta: ¿me engañará algún día? Nadie le responde. Él quiere saber: ¿tendremos hijos? El porvenir no contesta. El amor viaja en una frecuencia distinta a la del presagio, el deseo es un ahora. Un ahora o nunca. Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, quedan anclados del presente. Viven juntos. Tienen hijos. Una tarde uno de los dos se cansa del amor y recupera las facultades. Lo primero que ve es al otro, llorando mañana.</p>

<p><a name="20"></a><font size="5" color="#CC3300">20 •</font></p>

<p><span style="font-variant: small-caps">Desde que estoy sin padre</span> ya no puedo ver partidos, porque el fútbol nunca fue monólogo en mi vida, ni siquiera fanatismo, sino una interminable conversación entre dos hombres. La primera vez que vi un balón fue en el cielo de La Liga, un arquero lo hacía volar al medio de la cancha y pensé que era la luna; yo estaba en sus brazos. Después la charla continuó en las tribunas del Carlos Quinto, en Flandria, en las plateas de la calle Pavón, donde una noche se cortó la luz mientras Central nos paseaba, y sentí su mano. La conversación siguió en los sillones de casa, un parloteo incesante que duró seis Mundiales. Más tarde en los teléfonos, en los chats. Una conversación feliz que duró treinta años. Y ahora, a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo de cualquier partido, comprendo que no va a sonar el teléfono.</p>

<p align="center"><img border="0" src="http://orsai.es/img/separador.gif"></p>

<div class="epigrafe">Ver también:<br><a href="http://orsai.es/2005/12/ciento_cincuenta_de_mortadela.php" target="_blank">Ciento cincuenta de mortadela (I)</a>, publicado el 12 de diciembre de 2005.</div>]]>
    </content>
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    <title>Cuento con bruja y tramontina</title>
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    <published>2008-08-29T01:06:44Z</published>
    <updated>2008-09-07T20:28:02Z</updated>
    
    <summary>Íbamos en un taxi por la avenida Álvarez Thomas. Al llegar a la esquina de la calle Lugones el semáforo nos detuvo y entonces pude mostrarle a mi hija la fachada de la casa: “Mirá, Nina, fue ahí; en ese balconcito el Chiri me acuchilló”. Mi hija alzó la cabeza y vio la ventana triste que todavía, veinte años después, estaba sin pintar. Se emocionó al reconocer el escenario: fue como si hubiera llegado al bosque original de Caperucita y el lobo. Después me pidió que le mostrara la cicatriz y que le contara otra vez el cuento.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Imágenes" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://orsai.es/">
        <![CDATA[<p>Íbamos en un taxi por la avenida Álvarez Thomas. Al llegar a la esquina de la calle Lugones el semáforo nos detuvo y entonces pude mostrarle a mi hija la fachada de la casa: </p>

<p>—Mirá, Nina, fue ahí; en ese balconcito el Chiri me acuchilló. </p>

<p>Mi hija alzó la cabeza y vio la ventana triste que todavía, veinte años después, estaba sin pintar. Se emocionó al reconocer el escenario: fue como si hubiera llegado al bosque original de Caperucita y el lobo. Después me pidió que le mostrara la cicatriz y que le contara otra vez el cuento.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Abrí los dedos de la mano derecha y le dejé ver la herida. “Todavía se ven los puntitos donde te cosió el doctor”. </p>

<p>A Nina, antes de dormir, le cuento historias reales que me ocurrieron en mil novecientos ochenta y nueve. No sé por qué resultan ser las más adecuadas, supongo que se trata de un tiempo sencillo, intenso, donde ocurrieron cosas que un chico de cuatro años puede entender con facilidad: una temporada llena de sorpresas. Fue la época en que acabamos el colegio y con el Chiri nos fuimos a vivir a Buenos Aires. </p>

<p>A mi hija le gustan las tramas en donde hay chicos que se van de casa a vivir aventuras nocturnas, sin adultos, con brujas y con cuchillos. Y más aún si uno de los chicos, generalmente el más gordito, es también su papá. </p>

<p>—Contame desde el principio.</p>

<p>Como el semáforo seguía en rojo, hice memoria y me recosté en el asiento. </p>

<p>Fue la noche en que Dustin Hoffman ganó un Oscar por la película Rain Man, le dije a Nina. Una madrugada de abril. (El taxista, creo, puso atención.) Estábamos en la plaza San Luis, aguantando despiertos la última noche mercedina antes del gran viaje hacia la edad adulta. Durante toda la secundaria habíamos querido que llegara el día de irnos a la Capital, y ahora solamente faltaba que saliera el sol. Con el Chiri hicimos planes. Conversamos sobre el futuro. </p>

<p>—¿Qué es el futuro?</p>

<p>Para nosotros, el futuro era esa casa, la que está justo ahí en la esquina. No era una casa para nosotros solos, sino un cuarto chiquito adentro de una casa: una habitación en alquiler. Íbamos a compartir la cocina y el baño con una señora, con una viuda desconocida que, para peor, era directora de una escuela. </p>

<p>—Una bruja.</p>

<p>Exacto, nos íbamos con una bruja. Aquello no estaba en nuestros planes cuando fantaseábamos con vivir lejos y solos, pero tampoco estaba en nuestros planes la hiperinflación. Ni mis padres ni los de Chiri tuvieron resto, en aquel tiempo de australes devaluados, para alquilarnos un departamento. La opción era vivir en la casa de una bruja o quedarnos en Mercedes. Ni siquiera lo dudamos.</p>

<p>La señora se llamaba Tita y tenía una amiga en común con mi madre; por ese camino había aparecido la opción del hospedaje. Ella tampoco tenía planeada la hiperinflación, y tuvo que alquilar la pieza a dos jóvenes desconocidos. Caímos a su casa con algunas referencias falsas que daban a entender que nosotros, el Chiri y yo, éramos chicos saludables y normales, hijos de dos familias decentes de pueblo. La segunda parte de la frase era verdad.</p>

<p>Chichita, como es lógico, se sentía responsable por nuestro comportamiento en casa de Tita. La mañana del viaje nos recomendó cien veces que no hiciéramos nada fuera de lugar, que no pusiéramos la música alta, que no metiéramos melenudos adentro de la pieza, que no fumáramos porquerías. Es decir, nos enumeró sus propios padecimientos desde el año ochenta y seis. </p>

<p>Con el Chiri tuvimos la intención, profunda y sincera, de ser personas excelentes durante el tiempo que viviéramos en la casa de Tita. Siempre nos costó una barbaridad esquivar la tentación de enloquecer a una vieja, de asustarla, de volverla loca, pero nos prometimos hacer un esfuerzo con <i>ésta</i> en particular. Si entrábamos a aquella habitación con el pie izquierdo, una enorme patada en el culo nos devolvería a Mercedes. Y no queríamos eso.</p>

<p>Con dos bolsos llenos de <i>tupperwares</i> con milanesas, algo de ropa y unos cuantos libros, tocamos el timbre un 30 de abril de 1989, pasado el mediodía. Tita nos abrió la puerta y nos recibió como a dos alumnos que se han portado mal y deben hablar con la directora. En su gesto se mezclaba el compromiso asumido y el hastío por venir.</p>

<p>Nos mostró la habitación —un entrepiso, con ventana a la calle, un escritorio y dos camas—, nos enseñó el baño y la cocina comunes, nos cobró por adelantado la primera mensualidad, nos dio un solo juego de llaves y después, sin ganas, como si leyera un texto ajeno, nos dijo que allí estaba ella, para lo que necesitáramos.</p>

<p>Dejamos nuestros bártulos sobre la cama y nos fuimos a pasear, con la excusa de hacer trámites universitarios. Buenos Aires era, por fin, nuestra ciudad. Las llaves que teníamos en los bolsillos no eran las mismas de ayer, ni tampoco eran copias de las que tenían nuestros padres. Compramos libros viejos en los puestos de Plaza Italia, comimos pizza, visitamos gente. </p>

<p>Por la noche hicimos algo que todavía hoy nos avergüenza: desde un teléfono público llamamos a Tita (a nuestra casa, a nuestra casera) para avisarle a la mujer que estábamos bien, que no iríamos a cenar, que no se preocupara. Ella nos interrumpió:</p>

<p>—No hace falta que me llamen para avisar esas cosas —dijo.</p>

<p>Entendimos, ruborizados, que nos estábamos pasando de decentes.</p>

<p>A las dos de la mañana volvimos a nuestro nuevo hogar para pasar allí la primera noche. Estábamos exultantes. Por no hacer ruido, ni siquiera tocamos la guitarra. Nos acostamos cada uno en nuestra cama e intentamos dormir. Chiri lo consiguió enseguida, pero a mí me molestaba un hilo de aire que entraba por la ventana, y permanecí insomne.</p>

<p>Me levanté y fumé un cigarro mirando la calle; me sentí mayor de edad, invencible. Vi los coches y los colectivos que pasaban por la avenida Álvarez Thomas. Veinte años más tarde yo pasaría en taxi por allí, me detendría un semáforo, y le contaría a mi hija los detalles de esa noche.</p>

<p>Tiré la colilla a la vereda y quise cerrar la ventana para dormir. Pero la ventana no cerraba: por eso entraba el frío. Una de las hojas de madera estaba hinchada y no calzaba bien en el marco. Hice fuerza, pero no logré encajarla. Tendría que haber desistido, tendría que haberme ido a dormir. Pero yo esa noche era invencible.</p>

<p>Saqué de mi bolso un cuchillo de cortar carne (de la marca brasileña <i>Tramontina</i>) y, usándolo como destornillador, quité el marco de la ventana. Me senté en la cama y, con el mango del cuchillo como maza, empecé a martillar el desnivel de madera para aplanarlo. Chiri se despertó a medias:</p>

<p>—Gordo —dijo—, la concha de tu madre —y se tapó las orejas con la almohada. </p>

<p>Traté de hacer menos ruido. Martillé con suavidad uno o dos minutos, pero la suavidad no es amiga del martillazo. Fumé otra vez en silencio; dejé pasar los minutos. Cuando sospeché que Chiri ya estaría en una fase profunda del sueño, volví a darle golpes masculinos a la ventana. <i>Pum, pam, pim</i>. Imagino que me colgué, que me excedí, o que me concentré demasiado.</p>

<p>Lo que sigue pasó en tres segundos: Chiri se despertó enloquecido, me dedicó otro insulto y, con un ademán sonámbulo, me arrancó el cuchillo de la mano. Tiró el cuchillo por la ventana abierta y se volvió a dormir. Tres segundos, y otra vez silencio.</p>

<p>Me bajó la presión, pero no supe porqué. Cuando ocurre en las películas parece un efecto dramático, pero a mí también me pasó: no me di cuenta de nada. </p>

<p>No sentí que los dedos —el índice y el mayor— me colgaban de la mano. No hubo un dolor instantáneo. Fue como en las tormentas: ahora el rayo mudo, después el trueno ciego. </p>

<p>El rayo de mi dolor fue una humedad en la pierna. Noté, antes que nada, el borbotón de sangre tibia cayéndome por la rodilla, después por la sábana. La hoja del tramontina, que yo usaba como mango de martillo, me había rajado los tendones hasta el hueso. Mi amigo y verdugo dormía otra vez; lo tuve que despertar.</p>

<p>—Chiri —susurré, pálido—, tengo sangre en la mano.</p>

<p>No quise alarmarlo, pero también había salpicaduras gruesas en las paredes, en el suelo, en su frazada. Llamé de nuevo:</p>

<p>—Chiri, ayudáme, me cortaste en serio.</p>

<p>Chiri dormía, o se hacía el enojado. O quizás estaba enojado y se hacía el dormido. Me anudé los dedos con la sábana para dejar de chorrear, y entonces sentí el dolor, un dolor bestial que me llegó al cerebro con el espesor de un relámpago. Grité. Grité mucho. Grité como una cantante de ópera que ha visto a su perrito muerto.</p>

<p>Chiri por fin se despertó. Saltó de la cama, se puso de pie y empezó a enfocar la escena. Cuando dejé de gritar mi amigo vio a un gordito de color amarillo, desinflado, sentado en la cama y bañado en sudor. Vio los latigazos de la sangre en el empapelado de la habitación, los vio en el mosaico y en su propio piyama. Pero aun así no entendió lo que estaba pasando.</p>

<p>Yo no podía explicarle la situación con palabras, no tenía palabras. Se me ocurrió la idea (desatinada) de quitarme el revoltijo de sábanas pegajosas y mostrarle los dedos que colgaban de mi mano derecha. Al ver el estropicio, Chiri hizo tres cosas. </p>

<p>Puso los ojos en blanco. </p>

<p>Vomitó. </p>

<p>Se desmayó. </p>

<p>Fue la única vez en la vida que vi a un ser humano hacer aquellas tres cosas, tan divertidas, al mismo tiempo. De no ser por el problemón en la mano, lo hubiera aplaudido hasta reventar. En cambio, me senté otra vez en la cama y, como pude, me hice un torniquete y me empecé a reír. Me reí como un loco, traspasado por el dolor. Era un tiempo de grandes, de maravillosas aventuras, y yo sabía lo que estaba a punto de pasar de un momento a otro. Tenía que pasar. Por eso miré la puerta de la habitación con una sonrisa, por eso hice un silencio teatral y me quedé congelado de alegría, esperando que se moviera el picaporte.</p>

<p>Era el momento en que Tita debía aparecer por la puerta. En aquella época las cosas siempre salían bien. Había un hombre semidesnudo en el suelo, inconsciente, sobre un charco amarillo. Había un gordo deshidratado, con una sábana envolviéndole los dedos. Había enormes surcos de sangre, mares de sangre, y una ventana rota en tres pedazos. ¿Cómo no iba a entrar entonces la mujer?</p>

<p>En el año mil novecientos ochenta y nueve todo ocurría como si un guionista borracho dictara las entradas y calculara los mutis con precisión de relojero. Las desgracias causaban risa y las caseras, las brujas de los cuentos, entraban sin golpear y veían una puesta en escena maravillosa.</p>

<p>El semáforo se pone verde, la vida sigue. Ahora otra vez volamos por la noche de Buenos Aires. A Nina le gustan los cuentos sobre chicos que se van de casa y viven aventuras donde hay brujas y cuchillos. Por eso se da la vuelta, se pone de rodillas en el taxi, y se gira hacia atrás, para ver por última vez la ventana donde ocurrió aquello, en la esquina de Lugones y Álvarez Thomas. </p>

<p>Le doy la mano, contento. Ella me acaricia las cicatrices. <br />
</p>]]>
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    <title>Gente ecológica</title>
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    <published>2008-08-19T20:30:35Z</published>
    <updated>2008-08-29T01:06:05Z</updated>
    
    <summary>La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una campana extractora de la marca Balay, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten: ficción publicitaria, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.</summary>
    <author>
        <name>Hernan Casciari</name>
        
    </author>
            <category term="Sociedad" />
    
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        <![CDATA[<p>La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una campana extractora de la marca <i>Balay</i>, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten: <i>ficción publicitaria</i>, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.</p>]]>
        <![CDATA[<p>El hombre ecológico defiende al animal que grita y al animal que gesticula. Pero le importa muy poco el sufrimiento salvaje que no se oye o no se percibe. No hemos matado a este canario, dice la televisión, porque no es nuestra costumbre matar canarios. Pero hervimos vivo a los cangrejos, y también a los calamares, porque estamos habituados a hacerlo. Y porque además no chillan. Y porque su carne es rica.</p>

<p>Nos aterra el animal que se alborota cuando muere o cuando sufre. Sobre todo si su sabor no es un sabor exquisito. Un perro que muere, incluso en el cine, nos hace llorar. También el sacrificio del pura sangre que se ha quebrado una pata. Ah, cómo nos desgarra el alma la muerte del caballo, cuántas canciones folklóricas hemos compuesto sobre el tema. Y qué pocas canciones le hicimos a la palometa, al bagre, al pejerrey. </p>

<p>Si los peces de río gritaran como grita un chancho, menos gente le arrancaría de un tirón el anzuelo a las mojarras. Menos chicos pescarían, menos mujeres. Y existiría la chacarera de río:<br />
<blockquote><div class="citas">Cómo pretenden que yo<br />
que lo pesqué a cielo abierto<br />
lo meta al horno cubierto<br />
con salsa de roquefort...</div></blockquote>Muy pocos hombres matan a los pollos, en el campo. Son las mujeres las que realizan, aunque parezca mentira, esta actividad de verdugo menor. Mi abuela Chola, en la quinta, tenía un método enérgico que impedía que el pollo condenado a muerte tuviese tiempo de gritar. La ausencia de grito le quitaba al acto todo remordimiento.</p>

<p>Cuando mi abuela Chola tomaba la decisión de cocinar un pollo, yo la seguía hasta el gallinero para presenciar la muerte silenciosa. A mis seis años, aquel era un momento crucial. La mujer primero acorralaba al pájaro hasta que conseguía agarrarlo por el pescuezo. Después, ya con el animal en el aire, le daba cuatro vueltas sobre su propio eje hasta que el cogote le sonaba como una matraca de carnaval. El ruido era <i>trac, trac, trac</i>, muy rápido, y el pollo dejaba de moverse, con los ojos abiertos; volaban algunas plumas, pero no había gritos ni había cacareos. Nada indicaba, tampoco, que aquello fuese una ficción publicitaria.</p>

<p>También me acuerdo de Nilda. Era una mujer robusta, compacta, que trabajó en casa como mucama durante más de quince años. Tenía mucho temperamento y se había convertido en una ayuda imprescindible, en una gestora del hogar. Nilda vivía en una casa con fondo y gallinero, en Luján, y viajaba hasta Mercedes de madrugada: nunca llegó a casa más tarde de las ocho. Nos vestía, nos mandaba al colegio y empezaba a limpiar la casa con la convicción de una locomotora.</p>

<p>Un buen día encontró un perro lastimado y lo adoptó, pero el perro era rebelde y le mataba los pollos. Nilda lo subió a la camioneta y lo abandonó lejos. Pero el perro volvió. Lo subió otra vez y lo llevó más lejos. El perro volvía siempre, y siempre le mataba los pollos. Cansada de la persistencia del animal, una tarde Nilda lo ató a una correa, anudó la otra punta a la camioneta y aceleró. El perro aulló un rato largo hasta que murió ahorcado; lo enterró en el fondo.</p>

<p>Cuando contó la anécdota en casa, Chichita la despidió. No quiso que esa mujer siguiera trabajando en la familia, con mi hermana todavía chica.</p>

<p>—Nadie mata a un perro para salvar a un pollo —dijo mi madre, aterrada.</p>

<p>Así descubrí que había escalas de valores en la sensibilidad humana, a la hora de salvar o mandar al muere a los bichos de poco entendimiento. Perro vale más que pollo, lince ibérico cotiza mejor que ratón de alcantarilla.</p>

<p>Las asociaciones de defensa del animal reaccionan igual que mi madre: defienden al animal grandote (la ballena, el elefante, el gorila), defienden al amistoso (el perro, el gato siamés, el potrillo), al animal que es bello (el tigre de bengala, el oso polar) y sobre todo luchan por la defensa del animal blanco y negro (el pingüino, la orca, el oso panda). Los ecologistas están enamorados de los animales blancos y negros. Si los osos panda fueran verdes con pintitas amarillas les tendrían asco, los pisarían en la ruta. Pero en cambio viajan kilómetros para sacarle las manchas de petróleo a un pingüino, no sea cosa que les cambie el color.</p>

<p>Hay otros animales a los que no les dan tanta importancia: su muerte no les preocupa. Su sufrimiento, muchísimo menos. No sienten sensibilidad por los animales sin huesos (la mosca, la medusa, el bicho bolita), tampoco por los que son ricos después del fuego (la ternera, el chancho, el pollo), y mucho menos por los que no gritan cuando se están muriendo o los están matando (el pez, la cucaracha, la culebra). </p>

<p>Cuanto más culto el hombre, más sensible. Y cuanto más sensible, más estúpido y obcecado. En los últimos años, la población de hombres y mujeres preocupados por los derechos de los animales ha crecido bastante. Se conocen como gente ecológica. Son los que le tiran pintura roja a las señoras que van por la calle con abrigos de piel; y los que aplauden. Son los que protestan con su propia desnudez en los San Fermines, o en las corridas de toros; y los que lo festejan. Son los que viajan en avión a Oceanía para detener la caza del canguro, y quienes auspician estos viajes (el avión, durante el vuelo, pasa por encima de África, pero va tan alto que los negritos muertos de hambre no se ven).</p>

<p>La persona más cruel que conocí en la vida se llama Meana. Cruel con los animales, quiero decir. Una vez su hermana melliza había conseguido unos gatitos. Estaban recién nacidos y dormían en una canasta. Meana y otros chicos jugábamos en la vereda cuando la hermana vino a mostrarnos los cachorros; traía uno en la mano. Él se adelanto con los ojos tiernos:</p>

<p>—Ay, qué lindo —dijo—, dameló.</p>

<p>Agarró al cachorro minúsculo con la mano derecha y, sin transición, sin cambiar el gesto amoroso, lo estampó contra la pared de enfrente como si fuera una piedra llena de pelos. La hermana de Meana pegó un gritito seco mientras el gato, ya muerto, reventado, con las cuatro patas abiertas como una alfombra, se despegaba de la pared lentamente y comenzaba a caer despacio. Sangre y gatito, gatito y sangre: igual que cae de la pared al suelo un baldazo de pintura.</p>

<p>Los judíos y los musulmanes, siempre en guerra, tienen una manía que los une: sólo comen la carne de animales que han muerto sin corriente eléctrica y con ciertos rituales de desangrado. No se ponen de acuerdo en nada más que en ese asunto ecológico. El Corán y el Talmud comparten criterio únicamente en esa utopía de matadero feliz. Es muy interesante cómo estas dos razas humanas, que asesinan diariamente a chicos de nueve años que pertenecen al otro bando en la Franja de Gaza, se preocupen tanto por el dolor de la vaca, del conejo, del cordero.</p>

<p>—Nadie mata a un chico y salva de la picana a una vaca —diría mi madre, y despediría a las sirvientas judías y musulmanas de nuestra casa.</p>

<p>Pero a veces da la impresión de que todos los progres ecologistas son como Nilda, o como los que pelean en Palestina. Se desesperan por la salud y el bienestar de algunos seres vivos (delfines, elefantes, cóndores), mientras otros seres parecidos son pisoteados y olvidados (arañas pollito, etíopes de cuatro años, lombrices).</p>

<p>¿Qué tiene un tigre de bengala que no tenga una paloma? ¿Por qué el dolor de una perra nos destroza el corazón, y no el sufrimiento de la comadreja?</p>

<p>Una vez matamos una, y con esto acabo. Fue en el parque de Mercedes, y gracias a eso tengo uno de los mejores recuerdos visuales más intensos de mi vida (los otros son mujeres desnudas). Ocurrió una noche en que hacíamos un asado nocturno al aire libre. La comadreja parecía enferma y no corría demasiado. Parecía atontada y se dejó apedrear. Corrimos para verla morir.</p>

<p>Cuando llegamos hicimos una ronda curiosa y la alumbramos con encendedores. La vimos hinchada, con la boca abierta, agonizante. Estaba el Negro Sánchez, estaba Meana, también el Chiri. Había otro más que no me acuerdo. Uno de nosotros la levantó de la cola y la subió a la mesa de piedra. Ahora la veíamos mejor, boca arriba.</p>

<p>Le empezamos a poner brasas en la panza para que se quemara viva. Y entonces pasó algo increíble: la barriga se abrió y empezaron a salir fetos rosados; eran cinco, de un tamaño minúsculo pero convincente. Eran tan frágiles que, cuando les dábamos luz, podíamos ver los órganos internos, traslúcidos, azules y rosados, sin un solo pelo.</p>

<p>Las crías de comadreja caminaban por la mesada, arrastrándose entre los líquidos de la madre muerta. Parecían ciegas, se topaban entre ellas y abrían la boca para dar gritos invisibles. Nosotros también estábamos mudos: la imagen era increíble, repulsiva y al mismo tiempo milagrosa.</p>

<p>La ausencia capilar de los fetos los hacía parecer humanos. No habíamos visto jamás nada parecido. Eran bebés en miniatura rodeando a un dinosaurio con pelos. Era la vida emergiendo de la muerte.</p>

<p>Cada uno de nosotros tomó un feto vivo en la palma de la mano. El mío me hizo cosquillas, quería escapar. Lo pude ver de cerca, los ojitos como cabezas de alfiler, las pezuñas formadas, el principio de la cola. Los bautizamos a todos: el mío se llamó Ramón durante los pocos minutos que consiguió estar vivo, no me acuerdo el nombre de los otros. </p>

<p>Después de jugar con ellos un rato los llevamos a la parrilla. Los pusimos al lado de los chorizos, que ya estaban casi hechos, y vimos asarse a los cinco hermanos, soltar jugos, dejar de moverse. Ramón se murió segundo.</p>

<p>A Meana le pareció que estaban ricos, a los demás la carne de comadreja nos pareció nerviosa y con un sabor sin gracia. Los chorizos, en cambio, estaban buenísimos, y nunca nos preocupó cuánto había podido sufrir el chancho. En esa época no éramos gente ecológica.<br />
</p>]]>
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