| anterior siguiente |
En Discos Libra, la única casa de música de Mercedes, se vendían longplays con diez canciones, cinco de un lado y cinco del otro. La disquería, bien abastecida para un pueblo de provincia, tenía unos tres mil discos, es decir, treinta mil canciones. A precio de hoy: cien gigas. La semana pasada, unos investigadores yanquis lograron reproducir archivos de música que ocupan mil veces menos que un mp3. Discos Libra, la disquería de Mercedes, en poco tiempo ocupará nada más que un mega.
Hace años que no piso esa disquería, si es que existe. En realidad, hace años que no piso ninguna. Años que no huelo un vinilo flamante, que no quito una funda de plástico, que no compro una púa, que no se me quema un disco al sol y me queda sombrerito.
Años enteros que no hago aquel movimiento con el dedo mayor y el índice, pasando veloces portadas de cartón, una tras otra, hasta encontrar la que busco.
Años que no rebobino música con la birome para no gastar pilas, que no pego grabaciones mordidas con cinta scotch, que no le pongo pelotitas de papel al casete para volverlo virgen, que no escribo el nombre de las canciones con buena letra azul de imprenta.
Antes, estos rituales ocupaban mucho más que gigas: ocupaban mis tardes enteras. Ahora son temporales ocultos en el cerebro; los pierdo, voy perdiendo las manías de tanto comprimir la música.
El dueño de la disquería de mi pueblo se llamaba Quique Fauri. Era casi un viejo entonces, ahora sé que tenía menos años de los que tengo ahora. ¿Qué será de Quique Fauri? Creo que le dejé debiendo plata.
No sé, me falla la memoria.

El artículo, o por lo menos su estructura, aparece el mismo día en el Diario Público, de España, como parte de una columna semanal en la que —me aseguran— puedo escribir sobre lo que quiera, con la condición de que no me haga el loco con los argentinismos y jamás supere las trescientas palabras.
Como ambas cosas me cuestan un montón, aquí estamos. La versión que publicaré cada martes en Orsai será melliza del texto que entrego a Público. Melliza, pero no gemela.
En la columna que aparece hoy en papel digo aguja, boli, celo. En la que ustedes acaban de leer escribo púa, birome, cinta scotch. Pero no sólo incorporo jerga regional, sino también cuarenta y ocho horas de yapa para seguir corrigiendo (ventajas que tiene el blog sobre el papel impreso). Cada semana podrán ustedes descubrir las diferencias comparando ambas versiones.
La segunda variante entre el texto de Público y el de Orsai es todavía más grata para mí: la extensión. Aquí, una vez finalizado el texto de cada martes, habrá un recuadro llamado Addenda, donde me extenderé en la idea hasta donde se me antoje.
Hoy estoy utilizando ese espacio para presentar la sección, pero si no fuese por ese detalle estaría recordando que todos estábamos enamorados de Celeste, la mujer de Quique Fauri, y que a finales de los ochenta íbamos a Disco Libra, con el Chiri, un poco para comprar discos y otro poco para mirarle el culo a la mujer.
O recordaría la compra de un LP de Fito Páez (su primer álbum, Del 63) en una edición que Fauri sacó de un lugar secreto. En vez de negro, como todos los vinilos, tenía estampada la portada en el mismísimo disco. Nunca habíamos visto algo semejante. Era un poco más caro que el disco normal, pero con Chiri nos vaciamos los bolsillos y lo compramos.
Una vez en la calle, tuvimos que decidir quién se llevaba el disco a casa. Y nos jugamos la prioridad al chinchón, en una partida inolvidable que duró muchas horas y que ya no recuerdo quién ganó. De eso hablaría, si quisiera, en esta addenda. Pero hoy toca presentar la sección.
En estos meses estoy acabando un libro nuevo, y la publicación de Orsai se estaba tornando tristemente mensual (a causa de ese contratiempo y de otros divertimentos). Me alegra entonces poder asegurar, al menos, un texto semanal en este cuaderno, además de seguir con los ladrillos largos cada vez que pueda.
Que será pronto.
| Imprimir Enviar a un amigo | Textos breves 114 Comentarios |
| anterior siguiente |