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La noche anterior a cumplir 25 años supe, de un modo fatal, que estaba a punto de dejar para siempre la juventud, y entonces le pedí a Chiri un favor muy grande. “Es posible que en breve tenga que cambiar de opinión sobre muchas cosas”, le dije, “por eso necesito dejar constancia de esta época”. Lo que le pedí era tan absurdo que no pudo negarse: yo necesitaba que él me hiciera tres entrevistas de doscientas páginas cada una, la primera a los veinticinco, otra a los cincuenta, y la última a los setenta y cinco años.
—Nadie me conoce mejor que vos —le dije—, y además no tenés plata para hacerme un regalo como la gente.
Mi amigo aceptó con gusto al principio, pero también es verdad que a la segunda noche de reportaje le empezó a resultar todo muy insoportable. Sobre todo yo, que soy un entrevistado muy disperso y evasivo. En total fueron cuatro madrugadas enteras, de seis horas cada una, que se convirtieron después en un libro muy gordo del que sólo existen dos ejemplares. Uno lo tengo aquí, en Barcelona, y el otro está en casa de mi amigo.
Esta larguísima charla ocurrió del 16 al 19 de marzo de 1996, y volverá a ocurrir, si hay suerte, en las mismas fechas de los años 2021 y 2046, completando de este modo la trilogía Juventud, Madurez y Senectud.
Ahora han pasado ya doce años de ese primer libro y quiero recuperar —para las páginas de Orsai— un fragmento del capítulo nueve, exactamente donde hablamos de mujeres y de fobias.
La charla que sigue es una desgrabación textual que ocurrió durante la tercera noche de entrevista. Recorríamos a pie la avenida Cuarenta con un grabador a pilas en una mano y una botella de Criadores en la otra. Mercedes era, todavía, un sitio seguro para dos borrachos nocturnos sin rumbo fijo. Ya no lo es, según me cuentan. Nosotros tampoco somos los mismos. Aquella noche éramos solteros, todavía no teníamos hijos que cuidar de madrugada, ni esposas a la que dar explicaciones sobre nuestros alientos.
Caminábamos, despreocupados, por los últimos recovecos de una adolescencia tardía.
CHIRI —¿Por qué, de entre todas las mujeres que ves, te gustan siempre las que están atrás de un mostrador? ¿Por qué te gustan las mujeres que van por la calle con un yeso? ¿Por qué te gustan las chicas que van así nomás, con cualquier ropa? ¿Por qué notás belleza en eso, y no en la belleza top model, que muchas veces ni te calienta?
HERNAN —Es necesario que las chicas que me gustan a mí, en algún momento de su vida, hayan atendido la rotisería del padre un sábado a la noche, que no se hayan rebelado a esa obligación, y que incluso —al atender— lo hagan luego con simpatía. Las chicas que me gustan a mí tienen que haber pasado por la experiencia de que el padre, o el abuelo, les hayan pedido que atiendan el negocio familiar un sábado a la noche, y que ellas hayan pensado en la familia, antes que en ir al baile.
CHIRI —¿Y las enyesadas? ¿Por qué te gustan las enyesadas?
HERNAN —Ojo, no me gustan todas las chicas enyesadas que andan por la calle, sino las que van con un yeso y parece que no. Esas, me gustan. Son minas a las que no les importa andar por la calle mostrando que ayer se tropezaron y se cayeron. Eso habla muy bien de ellas.
CHIRI —Una vez me dijiste una frase célebre. Una definición perfecta sobre el tipo de mujer que te gusta. Me parece, además, la única definición exacta.
HERNAN —¿Qué te dije?
CHIRI —Me dijiste: “Yo me enamoro para siempre de una mujer de la que, después de cuatro meses de haberla conocido, descubro que sabe tocar la guitarra”.
HERNAN —Y es la puta verdad. Eso es mucho mejor que tetas grandes. Eso es belleza. ¿Sabés qué hay en una chica que después de un tiempo agarra una guitarra y se pone a tocar? Mucho más que eso. Eso hay. Hay la posibilidad de no aburrirte de ella nunca. La posibilidad de que alimente la relación con misterios no revelados. Y pensás: “Si después de cuatro meses no me había dicho que tocaba un instrumento, ¡la cantidad de otras cosas que habrá para descubrir!” La cantidad de Italparks con fichas gratis que va a haber. Y el otro extremo es la Cicciolina, porque lo primero que les muestra a los hombres es el pezón. Con esas mujeres está todo mal.
CHIRI —Es una cosa sabida que te sentís mucho más cómodo relacionándote con mujeres que con hombres. ¿Pero por qué creés que cuando te gusta una mujer, siempre te va a gustar una que se siente mucho más cómoda con hombres que con mujeres?
HERNAN —¡Eso es espectacular! Es algo que siempre había sabido, pero nunca se me había ocurrido un buen juego de palabras con esa desgracia. Eso que dijiste recién es realmente espectacular. Incluso odiaría que terminara siendo lo más inteligente de este libro.
CHIRI —Lo más probable.
HERNAN —Pero es verdad: si algo no me gusta de una mujer, es que tenga tópicos de mujeres, y esos tópicos los adquieren cuando están todas juntas. A las mujeres que hacen mucho pijama party cuando son chicas, y muchas cenas de mujeres solas cuando son más grandes, se les atrofia la cabeza. No me gustan lo que piensan del mundo las mujeres juntas, ni lo que pretenden pensar sobre el amor.
Por eso siempre te gustan las otras. Y te enterás al toque que les encanta estar con hombres... Te enterás, por lo general, demasiado rápido, sin que ellas te lo digan. Y ahí es donde decís: “¡Puta madre, salgan todos ustedes de ese placard!” A las otras las descubrís por completo a los siete minutos. Lo primero que te dicen es que estudian guitarra. Y ya no te dejan nada más por conocer.
CHIRI —Esta clase de mujer de la que hablamos, es la que en tu Catálogo Definitivo de Mujeres denominás Belleza Parcial, ¿no? ¿O son Rara Avis?
HERNAN —Sí, es verdad, son bellezas parciales. No son Rara Avis, que es el punto máximo al que puede llegar una mujer... Éstas de las que hablamos son bellezas parciales.
CHIRI —Porque las Rara Avis son todo esto, pero no desde ninguna entrelínea, en ellas todo es obvio. Incluso es obvia la personalidad, que es serena, es agradable...
HERNAN —No. La personalidad de una Rara Avis es arrolladora (y eso a veces no es ni sereno ni agradable). En ellas prima la personalidad sobre cualquier otra cosa. Es muy claro lo que dice el Catálogo sobre las Rara Avis...
CHIRI —¿Qué dice?
HERNAN —Que “la especie Rara Avis no centra su potencial de arrolladora belleza de cuerpo y espíritu en los parámetros con que se suelen medir estas dotes”. Y no siempre la Rara Avis va a ser la mujer que más te guste. Porque muchas veces, de la mujer que más te gusta, lo que más te gusta es moldearle la personalidad. Por eso nos gustan las bellezas parciales. Porque hay una manía muy Toto les héros, la película belga: armarte la mina ideal, como hizo el personaje. Agarró a una mujer parecida a la que amaba y la moldeó para que fuera idéntica. Ahí lo que tenés es una belleza parcial mejorada, llevada sutilmente a que complemente tu personalidad. Y en ese caso, la mujer ideal es la que se sabe adaptar a eso para siempre.
CHIRI —¿Te parece?
HERNAN —Sí, es la única posibilidad de ideal particular. Una Rara Avis (el ideal general, el Ideal con mayúsculas), nunca va a ser tu ideal propio. La Rara Avis es mejor, pero hay que bancarse esa inquebrantabilidad.
CHIRI —Acá disiento con vos, porque yo sé que a vos te gusta la mujer apasionada. Y una mujer adaptable no es nunca una mujer apasionada. Porque lo cierto es que a vos te encantaría que esa rotisera que le está haciendo el aguante al padre un sábado a la noche, y que está atendiendo con tanta simpatía a la gente, sea una ajedrecista que juega torneos nacionales.
HERNAN —Sí, eso es verdad. Me muero de amor si la rotisera es ajedrecista.
CHIRI —Y saber que está ganando torneos, que se pone mucho las pilas, que estudia, y que va a seminarios... Y que los sábados a la noche le hace el aguante al padre en la rotisería...
HERNAN —En ese caso yo, aunque esté sin laburo, ahorro toda la semana para comprarle medio pollo con papafritas los sábados. Como pollo una vez a la semana con tal de verla, de admirarla. Es un problemón, porque después nunca le digo nada. Ese es el otro asunto, que me taro. Una mujer así es algo demasiado bueno. Una chica que no te dice nada de lo que hace, y tenés que enterarte por el Clarín, porque aparece en la página que escribe Najdorf...
CHIRI —...Y que en ningún momento, en la rotisería, te está diciendo “uy, la concha, dentro de un rato tengo que encerrarme a estudiar ajedrez”. Sino que te atiende con buena onda, modosita...
HERNAN —¿Ves? Eso es una Rara Avis...
CHIRI —¿Por qué nos gusta la misma clase de mujer?
HERNAN —Supongo que porque empezamos a descubrir la estética a la vez, haciendo las mismas cosas. El gusto por la mujer es una cuestión absolutamente cultural. Y los dos hicimos lo mismo desde que teníamos ocho años. Fuimos descubriendo el arte a la vez, sacándole los velos a los pizarrones al mismo tiempo. Y si tenés los mismos gustos estéticos, y las mismas líneas argumentales, y los mismos miedos y fobias, después te gustan las mismas minas.
CHIRI —¿Cuál es tu gran miedo? ¿Tenés un gran miedo?
HERNAN —Antes del último cumpleaños de mi abuela Chola (y no digo esto para parecer Chuck Norris) yo no tenía mi miedo. Así como todos los países tienen su flor nacional, así como la Argentina tiene al ceibo, yo no tenía mi miedo nacional.
CHIRI —¿Me querés decir que no le tenías miedo a nada?
HERNAN —Le tenía miedo a cosas puntuales que me pasaran: que un tipo con cadenas me corriera por la calle veintisiete. El miedo formaba parte del presente. Tenía miedos eventuales, cuando me hacen ¡buuú! y yo estoy muy drogado me cago hasta las patas. Lo que no tenía hasta entonces eran fobias. A eso iba.
Y a mí siempre me pareció que era muy raro que no tuviera una fobia, porque la gente que conozco sí tiene. Vos tenés miedos de ese tipo, todos tienen. Bueno, yo no tenía un miedo, y cuando empezaban a hacer esas preguntas, en los asados, yo no contestaba. Y todos se pensaban que no contestaba para hacerme el valiente. Y empecé a contestar cualquier cosa para que nadie pensara que me quería hacer el valiente.
CHIRI —¿Y qué contestabas?
HERNAN —Contestaba la muerte, qué sé yo, cualquier boludez. La muerte, agarrarte el dedo con una reposera, andar en auto con Claudio Becerra... Hasta que el 14 de noviembre del año pasado, durante el cumpleaños de mi abuela, me pasa algo lo suficientemente traumático para que desde ese momento, y para el resto de mi vida, pueda tener mi miedo nacional y pueda contestar con una verdad el tipo de pregunta “a qué le tenés miedo”.
CHIRI —¿Y a qué?
HERNAN —A provocar una fatalidad irremediable y quedar vivo. Fue así: en el cumpleaños de mi abuela, que se había hecho en la quinta, estaba Rebeca, la hija chiquita de mi hermana. Después de comer le pedí el auto a mi viejo para ir al diario, miré por el espejo retrovisor, no vi a nadie y salí marcha atrás. No hice ni dos metros cuando sentí el golpe seco. Pensé enseguida en mi sobrina. El golpe era igual. Recorrí el perímetro de la quinta y no vi más que pasto. Y además todos se levantaron de la mesa gritando: ¡la agarró, la agarró!
No me bajé del auto, lo que hice fue apoyar la frente contra el volante. Y yo te regalo esos cinco segundos hasta que los demás vieron que era un tronco. Te los regalo para siempre, te los dejo en una canastita, a la noche, a nombre tuyo, y me voy para siempre del país. A ese nivel te regalo esos cinco segundos. No los quiero tener más.
Ya pasaron cuatro meses de eso, y todavía a veces me despierto asustado, después de la duermevela, con la imagen del golpe, esos cinco segundos interminables. No me había pasado nunca, eran cosas que pasaban en las películas, eso de que un tipo ande despertándose a los saltos como un pelotudo.
CHIRI —Sigamos con el tema, pero saliéndonos de la óptica. En la última Navidad que pasaste en La Plata, estabas cenando en un patio. Oíste, afuera, un tiro al aire. Y supiste en ese momento que sería para vos. Es decir: esperaste tranquilo el ardor en el cuero cabelludo. ¿Por qué pensaste que era para vos esa bala? ¿De verdad esperabas el balazo?
HERNAN —Sí, creo que me pasa eso porque tengo un pensamiento muy absorbido, muy contaminado por la estadística, en este tipo de temas. Exageradamente contaminado por la probabilidad. Hay dos chistes que siempre me gustaron mucho, uno del Chavo, el otro de Umberto Eco. Al Chavo le dice don Barriga que tenga cuidado en la calle, porque los autos atropellan un niño todos los días. Y el Chavo le responde “es que ese niño ha de ser menso”. Y lo que dice Eco es así: “Hay dos hombres sentados a una mesa, uno está comiéndose dos pollos, y el otro se está muriendo de hambre; para las estadísticas cada hombre está comiendo un pollo”.
Y la estadística está encarnada en mí. Ya el sólo hecho de oír un balazo al aire en Nochebuena y saberme sin la protección de un techo, me involucra directamente. Estamos hablando de mi muerte instantánea. Ese puede ser me hace esperar el balazo; la probabilidad me da esperanza.
CHIRI —¿Y eso te pasa con todas las desgracias probables?
HERNAN —No, sólo con los accidentes naturales. Cuando se trata de un accidente natural, siempre puedo ser yo la víctima; cuando en las fatalidades hay una voluntad personal colectiva, en cambio, nunca voy a ser yo la víctima. Quiero decir: tanto como esperé el balazo en nochebuena, supe siempre que no iba a hacer el servicio militar.
Es como el temor que les tengo a los locos y a los borrachos, a esa gente a la que no le podés explicar nada. A esa bala que ya salió disparada para siempre, y que ya tiene, antes de caer, su destino marcado, no se le puede explicar nada. En cambio, del servicio militar yo me podía esconder todos los años, y de última, si me encontraban, si la policía me llevaba esposado a Zapala, escribía una carta a un diario, utilizaba todo el batallón sofista, armaba un quilombo, una polémica nacional, y zafaba. La inteligencia práctica vendría en mi ayuda. Con un tiro al aire no. Para mí la fatalidad del Regimiento nunca fue una fatalidad, no te podés resignar nunca a ser un soldado, o un empleado del Correo, a esas desgracias que tienen que ver con tu sentido común.
CHIRI —¿Te podrías acostumbrar a una cadena perpetua?
HERNAN —Siempre pensé que tengo una capacidad de adaptación gasolera. Que, si me dan tiempo, le puedo encontrar el lado bueno a cualquier cosa. Pero me tienen que dejar pensar un rato, hasta que mi esencia optimista dé con la clave. Pero estoy convencido de que en algún momento de la falta de libertad, digo: Bueno... Esta es mi cárcel, toda la vida va a ser así, el 17.672 es un tipo simpático, cuenta anécdotas divertidas...
CHIRI — …aquél asesino musculoso rompe el culo que es una maravilla...
HERNAN —Exacto. Y te voy a decir algo bastante grave. Si la vida va a ser eso, si la cadena perpetua viene sin las dos horitas de hotel por semana por buena conducta, y está todo mal y ya no hay más mujeres en el mundo, creo que también me podría adaptar a que me rompan el culo.
CHIRI —Sí. Lamentablemente.
HERNAN —Lamentablemente o no. Yo no tendría el prejuicio de decir “oh, me van a romper el culo todo el tiempo”; no voy a llorar por eso toda la vida. Además, quién te dice que no me guste... ¡Pero si es todo lo que hay! No hay más nada que eso.
Si a vos te dicen que la única posibilidad que te queda en tu carrera poética es el soneto, la cárcel del soneto, no tenés por qué perder el tiempo manifestando a favor del verso libre. Hay que tratar de hacer el mejor soneto del mundo, pasarse las noches intentando buenos sonetos. Sonetos que, con la experiencia que da la práctica y la pasión, puedan leerse de corrido y parezcan verso libre.
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