| anterior siguiente |
No deja de sorprenderme en cuántas cosas pueden convertirse los textos de Orsai, sin que uno (que es el autor perezoso) haga demasiados esfuerzos para que tal cosa ocurra. Un cortometraje —flamante— es una de las ramificaciones que más me han gustado. Lo dirigió Andy Feldman, a quién le regalé una historia narrada aquí en abril del año pasado, y él la adaptó con buen gusto. Se trata de un cuento real y trágico, en donde confesé por primera vez mis problemas a la hora de sacarme una foto. Y de cuánto sufrió mi madre por eso.
Justamente por ser una historia real —juro que cada cosa que narro allí ha ocurrido—, ver el cortometraje acabado me genera una sensación muy extraña de cercanía y prodigio.
Y cómo no, si aparece la mismísima Chichita cagándome a palos, si aparezco yo mismo con cara de imbécil, si aparece mi abuelo Marcos (excelente composición de Miguel Ángel Paludi, que bufa en la ficción igual que lo hacía mi abuelo) y aparece, sobre todo, el clima de mi infancia. El empapelado del comedor, el olor de las mercerías, el eco de la pelota en el gimnasio.
Es complicado y poco usual que al autor de un relato le guste lo que otros han hecho con él. Y yo tengo la suerte de que me ha encantado. Ojalá que a ustedes también.
| Director | Andy Feldman | |
| Intérpretes | Lucas Mascareño (Hernán chico), Natalia Galván (Chichita), Federico Marrale (Hernán grande), Miguel Ángel Paludi (abuelo Marcos) | |
| Fotografía | Daniel Mendoza | |
| Dirección de Arte | Jesica Ayub | |
| Montaje | Alberto Ponce | |
| Música | Ezequiel Silberstein | |
| Descargar video | Ver cortometraje completo |
Antes de dejarlos con el texto original, que adjunto aquí debajo, comparto también una noticia que me acaba de hacer llegar Andy Feldman y por la que estamos todos muy contentos. El corto ha sido elegido para la sección oficial del Swansea Bay Festival (Reino Unido) y también se verá el 20 de octubre en el 19º Festival de Cine de Girona (Catalunya), donde seguramente estaré viéndolo en segunda fila, porque me queda cerquita de casa.
Desde los tres años de edad empecé a desarrollar una patología muy extraña, casi perversa, fruto de algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué hacía aquello. Nunca lo supe, pero tampoco era capaz de evitarlo. Lo que me ocurría podría definirse como un tic, pero no lo era. Podría excusarse como una gracia infantil, pero tampoco era eso. Me pasó durante años, y lo sufrí en silencio hasta hoy, que lo diré en público, a pesar de que todavía me causa un poco de vergüenza recordarlo: en la infancia yo arruinaba las fotos. Todas las fotos. Y nada ni nadie podían detenerme.
Cada vez que veía a alguien a punto de hacerme una fotografía (individual o de grupo, casual o pautada) una fuerza más poderosa que cien caballos me obligaba a poner un determinado gesto histriónico. Siempre el mismo gesto, durante dolorosísimos años. En mi casa de Mercedes hay cantidad de fotos mías, que van desde que tengo uso de razón y hasta la primavera de 1978, en donde aparezco inmortalizado con esa cara de idiota. Burlándome del buen gusto y despreciando la posteridad de los álbumes familiares.
La mueca, técnicamente hablando, era un involuntario homenaje a cuatro celebridades. Un segundo antes del flash, yo inflaba las mejillas como el actor mexicano Carlos Villagrán, ponía la trompa como el cómico argentino José Marrone, y los ojos bizcos como Susana Giménez. A la vez, ladeaba un poco el cogote para la derecha, como el científico americano Stefan Hawking. El resultado era de un brutal patetismo.
Las primeras ocho o doce veces que lo hice me festejaron la gracia. Según mis estudios posteriores, comencé a desarrollar esta enfermedad en Mar del Plata, en el verano del ’74. La primera foto que arruiné todavía existe, descolorida, en algún cajón de mi casa. En toda la serie de fotografías de aquellas vacaciones tengo ese gesto infame. Pero mis padres no captaron entonces la gravedad del suceso.
Al principio se reían, creyéndome un gordito extravagante. Con el tiempo le restaron importancia al asunto con una frase que usaban mucho conmigo para casi cualquier cosa:
—Dejálo, que está llamando la atención.
Sin embargo, los años y las fotos se sucedían y yo no lograba quitarme esa mueca de la cara cada vez que oía el clic de una cámara. En la intimidad de mi habitación, y aún siendo muy niño para traumatizarme por algo, yo sabía que tenía un problema grave. Los demás, en cambio, seguían pensando que aquello era normal y pasajero.
Marcos, mi abuelo materno, fue el primero en darle importancia al asunto. Durante la Navidad de 1976 llamó a mi madre aparte y le dijo que yo era un pelotudo, que había que hacer algo con urgencia, que no podía ser que me burlase de toda la familia y le arruinara, sistemáticamente, las fotos de las Fiestas y las Pascuas, y que si alguien no me encarrilaba a tiempo, yo de grande iba a terminar muy mal: o muerto apuñalado en una zanja o, lo que es peor, dijo mi abuelo tocando madera, haciendo rutinas cómicas en los programas de los hermanos Sofovich.
El regreso a casa en coche resultó ser la primera confrontación pública con mi enfermedad secreta. Mi madre, un poco cortada, me dijo que dejara de hacer monerías en las fotos. Me lo dijo con calma, pero dolorida por el sermón de su padre, al que respetaba mucho. Y sobre todo, me lo dijo como si esas muecas fuesen algo manejable para mí, como si yo, realmente, pudiese controlar el problema. Me aconsejó dejar de hacerlo, y se quedó tranquila.
En marzo del ‘77 comencé la escuela primaria. Yo ya no era un chico de jardín de infantes, ya no se me perdonaba todo: comenzaba a usar guardapolvos blanco, bléizer, e iba engominado al Colegio. Ya sabía leer, y ya sabía escribir. A las dos semanas de clase nos sacaron a todos al patio para hacernos la típica foto de grupo. Las maestras me colocaron en la primera fila, a la izquierda de la pizzarra negra que ponía “Primer Grado, 1977. Escuela Nº 1”.
Juro que hice un esfuerzo sobrehumano para que no ocurriera la catástrofe, pero la mueca apareció, inmensa, justo justo en el momento del flash.
A la semana, en un sobre color madera, llegó la fotografía escolar a mi casa y las cosas empezaron a complicarse. Mi madre se desinfló en la cama grande, angustiada, y guardó la foto en un cajón en vez de ponerla en el álbum. No hablamos del tema nunca. Por fin todos sabíamos que yo padecía una extraña enfermedad, pero la familia no era capaz de afrontar el tema en la sobremesa.
Pasó todo ese año en puntas de pie. Yo intentaba no ponerme jamás delante de una cámara, y mi madre me quitaba de las reuniones y cumpleaños cuando llegaba el fotógrafo. Pero al siguiente marzo, cuando empecé segundo grado en un colegio distinto, los nuevos profesores (ignorantes de mi patología) me dieron otra vez posición de honor en la foto de grupo. “Segundo Grado, 1978. Escuela Normal Superior”, decía esta vez la pizarra. Y como el tiempo pasaba veloz, la foto ya era a colores, y mi mueca asquerosa apareció, entonces, tres veces más nítida y real.
Mi familia ya no sabía qué hacer conmigo.
Una tarde de junio, meses después de la foto, mi madre se encontró con una señora en la mercería, y en medio de una charla trivial de nuevas vecinas, ambas descubrieron que tenían hijos de la misma edad en idénticos establecimientos educativos. La señora se acercó entonces al oído de mamá para contarle una infidencia:
—Igual lo más probable es que al mío, el año que viene, lo cambie de colegio, porque mucho no me gusta la Escuela Normal.
—¿Por qué? —preguntó mi madre.
—Ay, es que ahí dejan matricularse a cualquiera —dijo la señora—. Hay dos chicos medios negritos, de la villa miseria, en la misma aula que nuestros hijos..., y tras cartón también hay uno que, pobrecito, es retrasado. ¿Vos no viste la foto del gordito mogólico? Yo me fui a quejar enseguida... No puede ser que un chico te arruine una foto que es para siempre.
A madre se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se mordió los labios.
—Por suerte a la semana les hicieron la foto de grupo otra vez —informó la vecina—, pero al retrasadito no le avisaron. ¿Vos tenés la segunda foto, no?
Yo estaba jugando con el Segelin cuando vi aparecer a mi madre como una tromba. Los ojos inyectados en sangre, las venas de la frente como fideos recién amasados... Sin embargo, en vez de golpearme se acercó a mí, se sentó en el sillón, me miró a los ojos como si yo fuese un criminal, o un pintor que le empapeló mal el comedor, y se puso a llorar sin consuelo. Me miraba y lloraba. Me volvía a mirar, y comenzaba otra vez el llanto.
Entre sollozos, me contó lo que había ocurrido en la mercería, y me dijo, en medio de unos pucheros asmáticos, que se sentía la madre más desdichada del mundo. Que tenía vergüenza de mí, que no podía creer que estuviera pasando todo eso, que se estaba secando de puro dolor.
Jamás había visto a Chichita de ese modo. Nunca. Es preferible mil veces que tu madre te pegue con una chancleta hasta que se te levante la piel de la espalda, a verla llorar en serio, sin esperanzas, mientras te mira a los ojos.
Para mí aquello fue como una revelación. Un mensaje. Verla llorar fue el fin de mi trauma y de mis muecas. Supe, inmediatamente, que no volvería a arruinar una foto en la reputísima vida de dios. Apreté los puños y me lo juré a mí mismo. “Se acabó Hernán —me dije— tenés que ser un hombre, todavía no tenés ni ocho años y ya has dejado a tu madre sin esperanzas; si seguís en este tren, antes de los quince sos Robledo Puch”. Todo eso me dije, temblando por dentro como una hoja, y me prometí cumplir con la promesa aunque me costase un calambre facial.
Tres semanas después tuve la primera oportunidad de redimirme; fue en el Club Ateneo. Jugábamos nuestra primera final de básquet contra los chicos del Quilmes, en la categoría pre-mini. Antes de cada final deportiva un fotógrafo viene y hace una foto de ambos equipos, que después es colgada en la pizarra de corcho de todos los clubes, y además la compran los padres y salen en los diarios locales. Era mi oportunidad: el destino me estaba echando un cable, y debía aferrarme a él con las dos manos.
Aquella tarde yo llevaba el número 5 en la pechera, y mi musculosa celeste; creo que fue la primera vez en la vida que recé en serio. Cuando el fotógrafo se acercó y nos pidió que nos apiñáramos, crispé la mandíbula y le pedí a dios que, en su infinita sabiduría, me permitiera sonreír normalmente, como una gioconda basquetbolista, como Claudio Levrino en la tapa de la Radiolandia, como Él quisiera, pero más o menos parecido a un angelito decente. Respiré hondo, miré la cámara, levanté el mentón, y el flash me encegueció de incertidumbre.
Jugué esa final con el corazón asustado, alegre por dentro de haber posado como una persona normal, pero no muy convencido de que me hubiese salido bien. Jugué un partido confuso, perdí varias pelotas, pero no recuerdo si salimos campeones o no; mi triunfo estaba en otra parte. Mi gloria no era basquetbolística: era el triunfo de la dignidad y la voluntad del hombre. Y estaba casi convencido de haberlo logrado.
A la semana vi la foto en el corcho del club. Todo había salido perfecto. La mueca no estaba. La busqué con lupa, pero no estaba allí. La que vi era mi cara de siempre, mi cara del espejo, mi cara del reflejo de las vidrieras. Una leve sonrisa, la frente alta, la musculosa celeste, mis compañeros de juego escoltando mi normalidad. Fui, por un momento, el jugador de básquet más feliz del mundo.
En casa, sin embargo, no dije nada. No quería vanagloriarme. Preferí esperar a que tocase timbre el mensajero con las fotos, y que mi madre recibiera la buena nueva sin condicionantes, sin promesas ni expectativas.
El sábado siguiente, temprano, yo todavía estaba en la cama. Sonó el timbre, mamá salió a atender, y escuché que le estaban entregando las fotos del Club, en el sobre papel madera de siempre. Mamá despidió al mensajero y se quedó en el pasillo, en silencio. Oí ruidos de papeles que se abrían. Y después silencio. Uno o dos minutos de silencio.
Pensé: “Está bien que no me diga nada, que no me felicite ni me agradezca... Porque, bien pensado, no hice algo fuera de lo común, sólo hice lo correcto, lo que debería haber hecho desde el principio... No, no merezco premios, no hay mejor premio que la serenidad de conciencia”. Entonces, en medio de ese pensamiento, mamá entró a mi cuarto con un cinturón y empezó a pegarme como jamás lo había hecho en toda su vida.
Era una madre ninja. Me pegaba con la mano libre, con el cinto, y me daba patadas con los pies; el ritmo era devastador. A causa de la sorpresa, no tuve tiempo para cubrirme. Me tapé con la manta y me dejé pegar. En la oscuridad de la cama, en medio de los golpes y los gritos de ella, no entendía qué estaba pasando. Cuando acabó, saqué tres cuartos de cabeza afuera y la vi: ella lloraba sentada en la punta de la cama.
Me miró con odio y rompió la foto y el sobre en cuatro pedazos, frente a mí:
—¿Otra vez? —me dijo, desesperada— ¿Otra vez me hacés hacer pasar vergüenza adelante de todo el pueblo? ¿Hasta cuándo? ¡Por el amor de dios, Hernán! ¿Hasta cuándo?
Se levantó llena de humillación, salió de mi cuarto y pegó un portazo seco. A mí me dolía todo el cuerpo, y estaba temblando de pánico, pero tuve fuerzas para agacharme a levantar los pedazos de la foto. La recompuse sobre las sábanas, con mucho cuidado, pero no vi nada nuevo. Era la foto que ya había visto en el corcho del club: yo estaba sonriendo, con la frente alta, con mi musculosa celeste.
Y entonces supe la verdad.
Aquella era la primera foto que veía mi madre con mi cara normal. También era la primera vez que yo mismo me veía en una foto sin mis muecas. Era la primavera de 1978. Era sábado. Ese día comprendí, por primera vez y para siempre, que no soy fotogénico.
| Imprimir Enviar a un amigo | Imágenes 113 Comentarios |
| anterior siguiente |