Martes 16 de Octubre, 2007
La decadencia del Hombre Corbata
por Hernán Casciari

El actual Hombre Corbata es el último eslabón del Hombre Disfrazado, una especie que gobernó la Tierra, sin asco, desde el año 1138 de nuestra era. El poder, desde entonces y hasta hoy, ha estado en manos de gente disfrazada. Reyes, obispos, jueces y militares. Cada vez que un hombre corriente accede a un puesto de omnipotencia, se convierte en un Hombre Disfrazado, y por tanto al acto de posesión se le llama investidura. Cuanto más perverso sea el cargo de poder, tanto más ridículo será su disfraz.

Comparadas con el faldón de tela, las charreteras, la sotana o la peluca blanca, podemos decir que la corbata es un adorno menor, casi el último suspiro de una larga serie de disfraces. Pero lo cierto es que, antes de que reinara en este mundo el Hombre Corbata, los destinos de la humanidad estaban en manos de un grupo mucho más ostentoso. Esos tiempos oscuros son conocidos como la era del Hombre Falda (u Hombre Pollerita, en jerga americana).

Este ejemplar, poderosísimo, podía llegar a ser Rey o a ser Papa como máximo escalón de dominio, pero tenía en el camino docenas de disfraces intermedios igual de magnánimos: virrey (minifalda), cardenal (falda recta tableada), príncipe (kilt, o falda escocesa), monseñor (falda plisada), archiduque (faldón con doble ruedo), obispo (falda cruzada en tonos ocres), y un variado y colorido etcétera.

Cada uno de estos escalafones requería de un disfraz monumental y emperifollado en donde nunca debía faltar, por lógica, una falda, y al mismo tiempo algún elemento multiforme y llamativo en la testa. Los seres con falda pero sin algo extravagante en la cabeza se denominaban mujeres. Y lo contrario, antílopes.

Cuanto más tardaba un hombre poderoso en disfrazarse por la mañana, mayor era su rango y su impunidad. Al principio del siglo XIII hubo reyes que, al acabar de vestirse, debían volver a quitarse los atuendos porque ya era otra vez la hora de dormir. Éstos eran, sin duda, los hombres más poderosos sobre la Tierra.

Hoy los Reyes casi han perdido el poder magnánimo de su disfraz. Su figura monárquica sólo es simbólica y se conserva, en algunos países menores, para que las señoras de avanzada edad tengan de qué hablar por la tarde en la peluquería, y para que sus maridos jueguen a las cartas con la baraja llamada alta, o figuras.

Pero en cambio la vertiente cristiana del Hombre Falda u Hombre Pollerita (hablamos aquí del ‘sacerdote’, en cualquiera de sus jerarquías) tiene, aún hoy, un poder tenebroso que sigue basándose en la ostentación de su indumentaria. El poder del clérigo está ligado, íntimamente, al oscuro secreto de su disfraz. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuánto tarda un Obispo en vestirse o desvestirse; sólo algunos niños pueden dar cuenta de esto, pero son más tarde silenciados con dinero.

El cristianismo sigue siendo entonces, por acumulación económica, el gobierno mejor disfrazado del mundo, por eso funciona sin necesidad de territorio: están en todas partes donde haya un señor gordo generosamente ataviado con sotana o faldón acampanado de tonos púrpuras.

Durante todo el siglo XIV, por ejemplo, hubo tres clases sociales diferenciadas. Estaban los disfrazados, los bien vestidos y los mal vestidos. La pirámide de poder indicaba que los disfrazados mandaban sobre los bien vestidos, quienes a su vez sojuzgaban a los mal vestidos.

La frontera entre los bien vestidos y los mal vestidos, en ciertas regiones de Europa, era mínima. En Francia, por ejemplo, únicamente los diferenciaba el olor.

A mediados del siglo XV aparece una cuarta clase social en el concierto de las indumentarias. Esto ocurre cuando el navegante Colón (un bien vestido) le pide dinero a los Reyes Católicos (dos disfrazados) para dirigirse en barco junto con un grupo de reos (mal vestidos), a conquistar nuevas tierras.

El hombre moderno descubre entonces a los desvestidos, que son muchísimos y saben bailar muy bien.

Los desvestidos, sin embargo, no cuajan bien en un mundo regido por la vestimenta reglamentaria. El Hombre Falda —o Pollerita— cubre con telas y ropajes al desvestido, y lo hace con mano dura. Una vez ataviado, el desvestido ocupará el cuarto lugar en las posiciones sociales de entonces, bajo el nombre de ‘esclavo’, más tarde ‘soldado’ y recientemente ‘albañil’.

Así comienza una era en donde el antiguo mal vestido (ahora llamado comerciante) tiene, por fin, a alguien de quien burlarse. A esta burla se le llamará, más tarde, el capitalismo.

El Hombre Bota nace en este intermedio. Es un ejemplar violento que ocupará un lugar preponderante en los conflictos entre el Hombre Falda y el Bien Vestido, dos grupos (éstos) que comenzarán a pelear por las ganancias económicas de los Desvestidos.

En general, las guerras de lo siglos XVII a XIX ocurren entre pueblos que acostumbran llevar divertidos disfraces, sobre todo en la cabeza. Turbantes los árabes, tefilines los hebreos, cascos los romanos, cuernos los vikingos, sombreros los cowboys, los indios plumaje. Cada grupo de poder pone como excusa la religión o las tierras, la libertad o la dignidad, el honor o la rencorosa deuda, pero en realidad cada quién defiende a muerte la coquetería de su particular sombrerito.

Finalmente triunfará el Bien Vestido, relegando así el poder de los Hombres Falda a una segunda categoría: los Reyes serán conminados a darse la mano entre sí por el resto de la eternidad, mientras que los clérigos tendrán como castigo devolver trescientos cuarenta dólares por cada niño manoseado.

El Bien Vestido, con el correr de los siglos, decide hacer uso de su posición de poder utilizando únicamente un esbozo de disfraz, al que llamará ‘corbata’. En este punto de la historia se desarrolla una idea muy avanzada: la corbata, que es un símbolo primario de poder, será usada también por el esclavo. La diferencia sólo radica en que los bien vestidos usarán corbatas de un pueblo llamado Italia.

Según los historiadores contemporáneos, hay dos clases de hombres que usan corbata: aquellos que se ven obligados, y aquellos que lo desean. Vamos a centrarnos en el segundo grupo. Hay dos clases de hombres que desean usar corbata: los que suponen que así se verán mejor, y los que sospechan que así se verán más serios. Quedémonos otra vez con el segundo grupo. Hay dos clases de hombres que desean usar corbata para parecer más serios: los empresarios y los políticos. Esta rama de la rama de la rama de los primeros Hombres Corbata, es la que ha dominado el mundo durante todo el siglo XX.

El resto de hombres con corbata son quienes antiguamente se denominaban ‘esclavos’ y ahora se llaman ‘funcionarios públicos’ o ‘empleados del Estado’.

Para despistar, el Hombre Corbata inventa (a finales del siglo XIX) los Juegos Olímpicos, una fiesta deportiva en donde la gente cree que las personas del resto del mundo se visten con atuendos típicos.

Allí se muestra a mexicanos con sombreros gigantes, a rusos con pantalones anchos, a españoles con camisas a lunares, y a africanos con taparrabos de mil colores. Todo es mentira. El mundo se viste de dos maneras: cuando los mal vestidos quieren estar cómodos se desajustan la corbata, y cuando tienen una fiesta se la ajustan. A excepción de la clase baja, que cuando está de fiesta se pone la corbata en la cabeza.

A principios del siglo XXI la corbata comienza a desaparecer, lenta, paulatinamente. En este nuevo tiempo sólo la utilizan (por placer) los ladrones obsesionados con el dinero. En las televisiones del mundo los hombres con corbata ya son únicamente banqueros, directivos de compañías telefónicas, senadores, presidentes de gobiernos democráticos y otros políticos de calaña diversa. Las usan de seda, casi siempre rojas con un traje oscuro, delante de una camisa blanca.

El ya caduco Hombre Falda, y el misterioso Hombre Disfrazado de los tiempos antiguos, utilizaba sus atuendos para despistar y robar, para matar y desposeer. Y lo hacía, al menos, con coquetería y con disimulo.

El actual Hombre Corbata, cercado por las camisetas y los vaqueros del nuevo Hombre Sport, ahora roba sin pudor porque sabe que le queda poco tiempo. El Hombre Corbata de hoy no devuelve el cambio de los teléfonos públicos. Sus bancos cobran comisiones que no tienen motivo. Sus países propician guerras absurdas y se jactan de ello. Y no hacen nada por disimular su maldad, por disfrazarla.

Saben que les queda, como mucho, diez o doce años de robar y de mentir. La decadencia del Hombre Corbata es un hecho conocido por todos, olfateado y sospechado.

El hombre con corbata está muriendo ahogado, y mientras muere da muy torpes manotazos y nos roba monedas de cincuenta centavos o céntimos. Engaña a los adolescentes con el valor de un mensaje de teléfono. Sonríe con sonrisa helada en las televisiones mientras su corbata brilla. Su disfraz perezoso y antiguo, sin embargo, muestra todas las hilachas de los tiempos.

El Hombre Corbata da lastimeros manotazos, estira la mano con gracia, pero no para salvarse. El hombre con corbata es tan obcecado que manotea el aire con el afán de conseguir una corbata nueva, un poco más cara que la que ya tiene, antes de morir. Esto es lo mejor que está ocurriendo en los tiempos en que vivimos.

El castigo es poético, milimétrico y ejemplar.

The Tie Man Decadence (1)
The current Tie Man is the last link for the Disguised Man, a species that governed the Earth without pity since the year 1138 of our era.

Ever since and until today, the power was in the hands of disguised people: kings, bishops, judges and military.

Every time that a common man has access to an omnipotent position, he becomes a Disguised Man. Therefore we call this “investiture”.

As more perverse the position of power is, more ridicule will be the disguise.

Compared with the skirt, the stripes, the cassock or the white wig, we can say that the tie is a smaller decoration, almost the last sigh of a long series of disguises.

But it is true that before Tie Man reign, the humanity's destiny was in hands of more pompous disguised groups.

That dark time is known as the Man-in-Skirt era.

This powerful species could become King or Pope, the highest domain step. But to reach the top position, he needs to go through a dozens of intermediate disguises equally magnanimous: viceroy (mini-skirt), cardinal (pleated straight skirt), archduke (full round skirt), bishop (crossed skirt in several ocher tones) with variety and several colors.

Each of these steps requested a monumental and exaggeratedly ornamented disguise in which, of course, it never could lack a skirt and at the same time some multiform and flashy elements in the forehead.

Human persons dressing skirt but without something extravagant in the head they were called “women” and the opposite, called bucks.

As more time a powerful man delayed to disguise in the morning, higher his social category and his impunity was.

At the earl XIII century there were kings that when having just gotten dressed, they had to undress again because it was already again bedtime. These were the most powerful men on the face of the Earth.

Today kings have almost been losing the magnanimous power of their disguise.

The monarchy today is only symbolic and it is conserved at some small countries to give to the old ladies conversation subjects in the hairdresser's saloon, and to their husbands the opportunity to have cards with the King, the Queen and other monarchical illustrations, used to play poker.

But in another way, the Christian Skirt Man branch (we spoke about the priest, in any one of their hierarchies) has today a sinister power based on the costume ostentation.

The clergyman's power is related to the dark secret of his disguise.
Nobody certainly knows how long a Bishop spends to dress or to undress. Only some kids know about this, but soon they are silenced with money.

The Christianity continues being the best disguised government in the world accumulating wealth without need a territory. This government is in every place where there is a fat gentleman generously cassock ornamented dressing a purple tone skirt.

During the XIV century there were three well differentiated social classes:

1. The Disguised group;
2. The Good Dressed group;
3. And the Badly Dressed group.

The pyramid of the power indicated that the disguised group commanded the good dressed group, and the second one subdued the badly dressed group.

The border between the good dressed group (2nd) and the badly dressed group (3rd) in some regions of Europe were minimal.
For instance, France was differentiated only by the smell.

In the middle of the XV century appears a fourth social class in the symphony of the costumes. This happens when the navigator Columbus (one of the good dressed group) asked money to the Catholic Kings (the disguised class group) to drive a ship with a crew of rabble (the badly dressed group) to conquest new lands.

The modern man discovers the naked group. Then they figured that this naked group is big and dance very well.
The naked group, however, were not very well framed in a world governed by the dressing garments regulations. So the Skirt Man dressed the naked group with an iron hand.

Once the naked group was dressed, they occupied the fourth place in the social positions. At first they were called slaves, later were called soldier and more recently are called bricklayer.

So this era begins when the formerly badly dressed group now called merchants. The merchants have finally somebody to mock. This mockery will be called later capitalism.

In this interim, the Boot Man is born. He is a violent species that will occupy a preponderant place in the conflicts among the Skirt Man and the Well Dressed Man. These two groups will begin to fight for the economical earnings coming from the naked group.

The wars in the centuries XVII to XIX happens among people that use funny disguises, especially over their heads. The Arabs used turbans, the Hebrews used tefilins, the Romans used helmets, the Vikings used horns, the cowboys used cowboy-hats and Indians used cockades.

Each group of power uses the religion or the land property as excuse to fight. They use as excuse also the freedom or the dignity, the honor or the resentful debt, but really they defend until the death their characteristic hats.

Finally the Well Dressed will triumph, relegating the Skirt Man to a second category of power: kings will be forced to handshake the hands for the rest of the eternity, while the clergymen will receive as punishment to return three hundred and forty dollars to each molested kid.

As the centuries passed, the Well Dressed decides to only wear a single sketch of their disguise and call it “tie”.

In this point of the history he develops an advanced idea: the tie, that is a primary symbol of the power, will also be used by the slaves. The difference consists that only the Well Dressed will use ties imported from a country called Italy.

According to the contemporary historians, there are two classes of men that use tie: those that are forced to use it and those that want to use it.

We will focus ourselves in the second group. There are two classes of men that want to use ties: the ones that think they will look more beautiful and the ones that believe that they will seem more serious.

Let us take the second group again. There are two classes of men that want to use ties to seem more serious: the entrepreneurs and the politicians.

This branch of the branch of the first Tie Man is the one that has been dominating the world during the whole century XX.

The rest of the Tie Men are the ones that formerly they were denominated “slaves” and now they are called “civil servants” or “public servants”.

To mislead everybody, the Tie Man invents at the end of the XIX century, the Olympic Games, a sporting party in which the people believe that the rest of the world dresses typical ornaments.

In the Olympics there are shown Mexican wearing huge hats, Russian using wide pants, Spanish of shirt with ball stamp and Africans using colored tunics.
This is a big lie.

The world gets dressed in two ways: when the Badly Dressed group people want to be comfortable they loosen the ties and when they are at important ceremonies they arrange the ties. The exception is that the lower class when is in a party, puts the tie around of the head.

In the beginning of the century XXI the tie begins to disappear, slow, gradually.

On this new time the thieves obsessed for money are the only people that use ties for pleasure.

In the television broadcasts around the world, the tie men are already only bankers, directors of telephone companies, senators, governors, presidents and other politicians. They use silk red ties combining with dark suits and white shirts.

At the old times, the Skirt Man and the mysterious Disguised Man used their ornaments to mislead, to steal, to kill and to dispossess the humanity with charm and dissimulation.

The current Tie Man is surrounded by people dressed with T-shirts and jeans. These are the New Casual Sport Man.

The Tie Man now steals without shame because he knows that remains a short life time for him.

The Tie Man doesn't return the change in the public phones. Their banks collect fees without reason. Their countries sponsor absurd wars and they brag on this, they don't make anything to hide their cruelty.

The Tie Man knows that have at most ten or twelve years of robbery and lies.

The Tie Man’s decadence is a known fact, smelled and suspected by everybody.

The Tie Man is dying drowned, and while he dies gives desperate strokes stealing fifty cents coins or less. He deceives the adolescents charging text messages in the cellular phones.

He smiles with a yellow cold laugh in the televisions screens while his tie shines.
His lazy and old disguise however it shows the marks of the time.

The Tie Man gives pitiful strokes. He extends his hands beautifully, but not to save someone. The Tie Man is so obsessed that he tries to catch in the air a new tie, more expensive than the one already has, before to die.

This is happening at today time.
The punishment is poetic, accurate and exemplar.

______________

(1) Translation to American English: Jorge Trimboli.

A decadência do Homem Gravata (2)
O atual Homem Gravata é o último elo do Homem Disfarçado, uma espécie que governou a Terra, sem dó, desde o ano 1138 de nossa era. O poder, desde então e até hoje, tem ficado nas mãos de gente disfarçada. Reis, bispos, juízes e militares. Toda vez que um homem comum tem acesso a um posto onipotente, vira um Homem Disfarçado, e portanto a nomeação é chamada de investidura. Quanto mais perverso for o cargo de poder, mais ridículo será o disfarce.

Comparados com o saiote de tecido, os galões e divisas, a sotaina ou a peruca branca, podemos dizer que a gravata é um enfeite menor, quase o último suspiro de uma longa série de disfarces. Mas é certo que antes do reinado do Homem Gravata, o destino da humanidade estava em mãos de um grupo muito mais pomposo. Esse tempo escuro é conhecido como a era do Homem Saia (ou ou Homem de Saias, no jargão brasileiro).

Este poderosíssimo exemplar podia chegar a ser a Rei ou Papa, o maior degrau de domínio, mas tinha através do caminho dúzias de disfarces intermediários igualmente magnânimos: vice-rei (mini-saia), cardeal (saia reta plissada), arquiduque (saia rodada), bispo (saia cruzada em varios tons de ocre) e um variado e colorido etc.

Cada um destes escalões requeria um disfarce monumental e emperiquitado no qual nunca poderia faltar logicamente uma saia, e ao mesmo tempo, algum elemento multiforme e chamativo na testa. Os seres trajados de saia mas sem algo extravagante na cabeça eram chamadas de mulheres. E o contrário, são antilopes.

Quanto mais demorava um homem poderoso em disfarçar-se pela manhã, maior era sua categoria e sua impunidade. A princípios do século XIII houve reis que ao acabar de vestir-se, deviam voltar a tirar seus paramentos porque já era de novo hora de dormir. Estes eram sem dúvida os homens mais poderosos sobre a face da Terra.

Hoje os Reis quase tem perdido o poder magnânimo do seu disfarce. Sua figura monárquica é somente simbólica e é conservada em alguns países menores para que as senhoras idosas tenham assunto de conversa no salão do cabeleireiro, e para que seus maridos joguem carteado usando baralho com as figuras do Rei, da Rainha e outras figuras.

Mas de outro modo, a vertente cristã do Homem Saia (falamos do padre, em qualquer uma de suas hierarquias) tem ainda hoje, um poder sinistro que continua baseado na ostentação da indumentária.

O poder do clérigo está ligado intimamente ao segredo escuro do seu disfarce. Ninguém sabe com certeza quanto tempo gasta um Bispo em vestir-se ou despir-se. Somente algum meninos sabem disto, mas logo são silenciados com dinheiro.

O cristianismo continua sendo então, por acumulação de riquezas, o governo melhor disfarçado do mundo, por isso funciona sem necessidade de territorio: está em todas partes onde houver um senhor gordo generosamente paramentado de sotaina ou saiote rodado de tom purpura.

Durante o século XIV, por exemplo, houveram três classes sociais bem diferenciadas. Haviam os disfarçados, os bem vestidos e os mal vestidos. A pirâmide do poder indicava que os disfarçados mandavam nos bem vestidos, que por sua vez subjugavam os mal vestidos.

A fronteira entre os bem vestidos e os mal vestidos, em determinadas regiões da Europa, era mínima. Na França, por exemplo, unicamente o cheiro os diferenciava.

A meados do século XV aparece uma quarta classe social no concerto das indumentárias. Isto acontece quando o navegante Colombo (um dos bem vestidos) pede dinheiro aos Reis Católicos (da classe dos disfarçados) para dirigir-se num navio acompanhado de delinqüentes (os mal vestidos) à conquista de novas terras.

O homem moderno descobre então os despidos, que são muitíssimos e que sabem dançar muito bem.

Os despidos, porém, não se enquadram muito bem num mundo regido pelas vestimentas regulamentares. O Homem Saia - ou Homem de Saias - cobre com tecidos e roupagens ao despido, e o faz com mão de ferro.

Uma vez vez ataviado, o despido ocupará o quarto lugar nas posições sociais de então, sob o nome de “escravo”, mais tarde “soldado” e mais recentemente “pedreiro”.

Assim começa uma era onde o outrora mal vestido (agora chamado de comerciante) tem finalmente alguém para zombar. Esta zombaria será chamada mais tarde de capitalismo.

O Homem Bota nasce neste interim. Ele é um exemplar violento que ocupará um lugar preponderante nos conflitos entre o Homem Saia e o Bem Vestido. Estes dois grupos começarão a brigar pelos ganhos econômicos dos Despidos.

Em geral, as guerras dos séculos XVII a XIX acontecem entre povos que costumam usar disfarces divertidos, sobretudo na cabeça. Os árabes usavam turbantes, os hebreus usavam tefilins, os romanos usavam capacetes, os vikings usavam chifres, os caubóis usavam chapéus-de-caubói, os indios usavam cocares. Cada grupo de poder põe como escusa a religião ou as terras, a liberdade ou a dignidade, a honra ou a dívida rancorosa, mas na realidade como qual defende até a morte o vaidoso chapéu característico.

Finalmente triunfará o Bem Vestido, relegando o poder dos Homens Saia a uma segunda categoria: os Reis serão forçados a dar-se as mãos pelo resto da eternidade, enquanto os clérigos terão como castigo restituir trezentos e quarenta dólares por cada menino bolinado.

O Bem Vestido, ao passar dos séculos, decide através do uso de sua posição de poder, trajar unicamente um esboço de disfarce que chamará “gravata”. Neste ponto da história se desenvolve uma idéia muito avançada: a gravata, que é um símbolo primário do poder, será usada também pelo escravo. A diferença consiste que somente os Bem Vestidos usarão gravatas de um povo chamado Itália.

Segundo os historiadores contemporâneos, há duas classes de homens que usam gravata: aqueles que são obrigados e aqueles que desejam usá-las. Nos focalizaremos no segundo grupo. Há dois classes de homens que desejam usar gravatas: os que acham que serão mais bonitos e os que acreditam que parecerão mais sérios. Tomemos novamente o segundo grupo. Há duas classes de homens que desejam usar gravatas para parecer mais sérios: os empresários e os políticos. Esta rama da rama dos primeiros Homens Gravata, é a que tem dominado o mundo durante todo o século XX.

O resto dos homens de gravata são os que antigamente eram denominados “escravos” e agora são chamados “funcionários públicos” ou “servidores do Estado”.

Pare despistar, o Homem Gravata inventa (a finais do século XIX) os jogos Olímpicos, uma festa esportiva na qual as pessoas acreditam que o resto do mundo veste ornamentos típicos.

Ali são mostrados mexicanos com sombreiros gigantes, russos de calças largas, espanhois de camisa com bolinhas e africanos de tampa-sexo e túnicas coloridas. Tudo é mentira. O mundo se veste de duas maneiras: quando os Mal Vestidos querem estar a vontade afrouxam as gravatas e quando estão numa festa, as arrumam. A exceção da classe baixa é que quando está de festa põe a gravata ao redor da cabeça.

A principios do século XXI a gravata começa a desaparecer, lenta, paulatinamente. Neste novo tempo somente as usam por prazer os ladrões obcecados por dinheiro. Nas televisões do mundo afora os homens de gravata já são somente banqueiros, diretores de companhias telefônicas, senadores, presidentes de governos democráticos e outros políticos das mais diversas laias. As usam de seda, quase sempre vermelhas com terno escuro e camisa branca.

Já o caduco Homem Saia, e o misterioso Homem Disfarçado de tempos antigos, usava seus ornamentos para despistar e roubar, para matar e desapropriar. O fazia com charme e dissimulo.

O atual Homem Gravata, rodeado de camisetas e calças de jean do novo Homem Esporte, agora rouba sem pudor porque sabe que lhe resta pouco tempo. O Homem Gravata de hoje não devolve o troco nos telefones públicos. Seus bancos cobram comissões sem motivo. Seus países patrocinam guerra absurdas e se gabam nisto, Não fazem nada para dissimular sua maldade.

Eles sabem que tem quanto muito dez ou doze anos de roubalheira e mentiras. A decadência do Homem Gravata é um fato conhecido, cheirado e suspeitado por todos.

O homem de gravata está morrendo afogado, e enquanto morre dá braçadas torpes roubando-nos moedas de cinqüenta centavos ou menos. Engana os adolescentes com o valor de um mensagem de texto no celular. Sorri com riso frio nas televisões enquanto sua gravata brilha. Seu disfarce preguiçoso e antigo contudo mostra os fiapos do tempo.

O Homem Gravata dá lastimosas braçadas, estica as mãos graciosamente, mas não para salvar-se. O homem de gravata é tão obcecado que tenta pegar no ar uma gravata nova, mais cara da que já tem, antes de morrer. Isto é o que acontece nos tempos que vivemos hoje.

O castigo é poético, milimétrico e exemplar.

______________

(2) Tradução: Jorge Trimboli.
Imprimir Enviar a un amigo Teorías 127 Comentarios