Martes 02 de Enero, 2007
Problemas en la relación padre-hija
por Hernán Casciari

Desde hace días la Nina quiere interactuar conmigo. Todavía es prematuro decir que intenta tener una relación estable, pero ya empiezo a oír los engranajes de su cabeza que se acomodan, se aceitan y crujen. Nexos coordinantes que aparecen de la nada, sustantivos nuevos, adjetivos precisos. Sus ojos, de repente, prestan atención a las palabras y a las formas. No hay prodigio: está en la edad. Ella parece preparada para dar el siguiente paso en su relación padre-hija. El que está cagado en las patas soy yo.

El cerebro de la Nina, a punto de cumplir tres años, es una alfombra hambrienta que lo absorbe todo. Cada cosa es un elemento nuevo que puede servir para algo: no importa que sea una canción, un escarabajo muerto en la arena, un ruido seco, el número ocho, el perfil de Julio Iglesias, la pelusa del ombligo, un pedacito de cinta scotch, mierda de perro en la vereda o un billete de cien euros. Todo tiene la misma importancia potencial. Todo brilla y es, para ella, alucinante y comestible.

Al no haber experiencia previa, la Nina no sabe qué descartar de lo que ve, ni qué olvidar, ni qué pasar por alto; no conoce lo intrascendente, tampoco lo falso, y mucho menos lo inútil. Entonces, por las dudas, lo almacena todo. Su cabeza es una pyme flamante y vacía, y ella se comporta como un pequeño entrepreneur con ganas de arrasar en el mercado de las cosas.

En su cabeza hay dos enormes almacenes. Uno está en la planta baja y no es peligroso porque tiene ventilación; el otro está en el subsuelo y hay que andarse con muchísimo cuidado. Hasta hace ochenta años nadie sabía de la existencia del almacén de abajo y los padres no se preocupaban por nada. Hermosa época. Pero entonces llegó Freud y dijo:

—Ojo con lo que guardan las chicas en el almacén de abajo, porque lo que ahí entra ahí se queda, y la culpa siempre es del padre.

No hablaré aquí de los complejos de Edipo y de Electra, porque ustedes son lo suficientemente cultos como para creer que ya lo saben todo sobre el tema, pero sí diré que cada vez que una mujer me resultó interesante, al escarbar un poco más descubrí que estaba loca, y al seguir escarbando supe que la culpa era de su padre. De hecho, los hombres que han tenido en la infancia problemas con su madre, se encajetan con mujeres que han tenido traumas con su padre. En esas parejas todo suele ir muy bien hasta que los consuegros se conocen en Navidad. Pero volvamos al tema.

Si Cristina y yo hubiésemos tenido un hijo varón, este problema gravísimo que tengo sería jurisprudencia de la madre, y yo podría descansar tranquilo y hacer mis cosas de siempre: eructar, fumar cuete, hacer zapping y decir mentiras a cada rato. Pero lo que tenemos es una hija, y entonces toda la carga moral de su desarrollo me corresponde. Cualquier barbaridad que yo haga, por más leve, por más superficial, puede quedar almacenada en el subsuelo freudiano de la Nina. Y eso sería una futura catástrofe en la vida de ella.

Yo nunca había entendido del todo aquella teoría de la mariposa que aletea en el Amazonas y provoca un terremoto en Shangai. Ahora lo tengo clarísimo, porque la ecuación es simple. Si yo me tiro un pedo con ruido en presencia de mi hija y después me vanaglorio de ello (como siempre he hecho), puede que la Nina almacene ese instante fatuo en el lugar equivocado, y quince años más tarde ella desee participar en una orgía con cuatro jugadores de hockey senegaleses.

Ésa, y no otra, es la triste verdad que nos ha dejado la psicología en los últimos años. Y yo por eso tengo el miedo metido en el cuerpo.

Y es que ahora, que la Nina está empecinada en interactuar conmigo, mi vida cotidiana se ha convertido en una sucesión peligrosa de momentos. La criatura se acerca, me pregunta cosas, quiere relacionarse o quiere que yo le haga lo que ella misma denomina “mimitos”. Yo entonces me escabullo, pongo peros, me excuso, y sobre todo intento que la pobrecita no se percate del pánico que me causa su sola presencia. ¿Qué hago, qué hago? Me está hablando, me está tocando, me está mirando los pies. ¿Debería cortarme las uñas para que en el futuro ella no intente irse a vivir a un país musulmán?

A veces estamos almorzando y olvido cerrar la boca mientras mastico la milanesa: ¿será ése el detonante de su lesbianismo? En ocasiones destapo la cerveza con los dientes: ¿vagará mi hija en el futuro por las calles, buscando alimentos en la basura? Algunas tardes, sin saber que ella me está mirando, me quito la carne de entre los dientes con la antenita del teléfono móvil: ¿será mi hija de las que intercambian favores sexuales por drogas duras?

Los intentos que he hecho de esconderme cuando ella aparece por la puerta han resultado inútiles por tres motivos: primero, la Nina piensa que se trata de un juego en el que debe descubrirme; segundo, mi casa no tiene buenos recovecos; y tercero (quizás principal) soy gordo.

Hace unos días volvió del jardín y yo me fingí cadáver para no tener que interactuar con ella de modo alguno. La Nina me hablaba y yo no respondía. Me tocaba y yo me dejaba caer al suelo con un peso muerto. Me abría un ojo, me pellizcaba, me mordía; yo intentaba no respirar. Al final la pobre santa, decepcionada o aburrida, se fue a llorar a su habitación. Más tarde, a solas, pensé que aquel juego (la muerte del padre en directo) también podía constituirse en un recuerdo negativo para ella. Quién lo sabe.

Su madre, en cambio, vive su vida con total despreocupación de Nina y sus futuros trastornos. No se reprime la comodidad de ir semidesnuda por la casa, conversa con su hija sin esquivar los subsuelos freudianos, le habla en catalán sin preocuparse por sus futuros desdoblamientos de identidad y hasta han llegado a la aberración de bañarse juntas. La criatura no parece mutar ni enloquecer ante estos acontecimientos horrorosos, como si la cosa no fuera con la madre, sino conmigo. Sólo conmigo.

De repente pienso en mi propia infancia. Una infancia feliz, sin sobresaltos, sin subsuelos aterradores... ¿Qué hicieron mis padres, hace tres décadas, para educarme de un modo tan natural y maravilloso? ¿Cómo lograron tener ellos, sin la ayuda vital de Internet ni demasiado conocimiento freudiano, un hijo como yo?

Creí encontrar aquí una luz en el fondo del túnel y entonces llamé por teléfono a Argentina. Atendió Chichita.

—Mamá —le dije sin saludar—, ¿qué hicieron ustedes conmigo entre 1973 y 1974?

—Nada.

—¿Me leían libros, me enseñaban a vocalizar, me contaban cuentos a la noches, me ponían música clásica?

—¿Música clásica? —se sobresaltó— ¿Vos estás drogado?

—Por el contrario —arremetí—, ¿hubo algo horrible que haya pasado en casa en esas fechas?

—No. Nada.

—¿Alguna vez me descubrieron mirando cuando ustedes estaban en la cama haciendo chanchadas?

—Que yo me acuerde, no —dudó Chichita—. A ver, esperá que le pregunto a tu padre.

Escuché en el auricular una breve conversación incomprensible entre Chichita y Roberto. Unos segundos después mi madre de nuevo:

—Dice que lo único que se acuerda de 1973 es el equipo completo de Huracán. Menotti, Roganti, Carrascosa, Chabay. ¿Querés que te pase con él?

—No, no. Está bien. Solamente quería saber cómo me educaron ustedes, en esa época.

—¡Ah! ¿Eso? Te dejábamos en la casa de los Varela, ¿no te acordás?

—No.

—Nosotros trabajábamos y vos estabas todo el día con los vecinos de al lado. Cuando nosotros llegábamos vos ya estabas cenado y dormido.

De repente, en medio de la conversación con mi madre, dentro de mí pareció abrirse la puerta de un sótano oscuro, y de allí emergieron un montón de recuerdos agazapados: la casa de al lado, la “tía” Otilia, sus tres hijas. Tenían una librería, había olor a cuaderno nuevo, había mapas. Ellas me enseñaron a calcar, a dibujar. Había libros, había una máquina de escribir de la afamada marca Remington.

—Listo mamá —dije—. Era eso nomás.

—Bueno, abrigáte que en Barcelona parece que hace fr...

Corté.

Por lo visto, mis padres tampoco pueden ayudarme porque me dieron en adopción justo en esa época. ¿Qué debo hacer entonces con la Nina? Me siento un poco solo y agobiado en esta relación padre-hija. Somos únicamente ella y yo; nadie parece tener la receta de la felicidad. Por las madrugadas me meto en el google y busco tutoriales que me indiquen de qué forma debe comportarse con su hija un padre atípico que no va al trabajo, que está siempre en casa escribiendo cosas ridículas y comiendo cosas ridículas. ¿De qué modo horrible puede afectar mi comportamiento zascandil en el desarrollo intelectual de la Nina?

Es posible que una de las maneras de solucionar este entuerto sea convertirme en un hipócrita. Es decir: usar la camisa dentro del pantalón en presencia de ella, ver únicamente documentales en la tele, narrarle historias de hadas y princesas, almorzar a las doce treinta, cenar a las veintiuna, pernoctar a las veintitrés, cagar en silencio sin hacer alharaca ante un sorete con forma divertida o alegórica, no conversar con objetos, no echar llamaradas usando el culo y un encendedor para hacerla reír, etcétera.

En suma: caretear paternidad. ¿Pero todo eso —en caso de que yo pudiese lograrlo— daría por resultado una futura hija sin traumas, o una futura hija de derechas?

El riesgo es tan alto que prefiero seguir paralizado de terror.

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