Miércoles 13 de Septiembre, 2006
El intermediario
por Hernán Casciari

Hay dos clases de miserables que te tocan el timbre antes de las nueve: los vendedores y los cobradores. Sólo se diferencian en que los cobradores no sonríen cuando les abrís. El que me tocó el timbre ayer era un vendedor. Tenía esa sonrisa amable que pide a gritos una trompada. Yo, en piyama, no tuve reflejos ni para cerrarle la puerta en la nariz. Entonces él sacó una planilla, me miró, y dijo algo que no estaba en mis planes:

—Disculpe que lo moleste, señor Casciari —su acento era español—, pero nos consta que usted todavía es ateo.

Eso fue lo que dijo. Textual. Ni una palabra más, ni una palabra menos.

Que supiera mi apellido no fue lo que me dio miedo, porque está escrito en el buzón de afuera. Tampoco la acusación religiosa, que pudo haber sido casual. Lo que me aterró fue la frase “nos consta que”.

Desde que el mundo es mundo, nadie que use la primera persona del plural es buena gente. Pero la frase “nos consta que” indica, además, que alguien anduvo revolviendo cosas en tu pasado. Y quien la pronuncia nunca es tu amigo, porque habla en representación de otros, y esos otros siempre son los malos. “Nos consta que” es una construcción que sólo usan los matones de la mafia, los abogados de tu ex mujer y las teleoperadoras de Telefónica.

—¿Me equivoco, señor Casciari? —insistió el vendedor al notarme disperso— ¿Es usted todavía ateo?

—Son las nueve de la mañana —le dije—. A esta hora soy lo que sea más rápido.

—Lo más rápido es que me diga la verdad.

—Entonces soy cristiano. Tomé la Comunión a los ocho años, en la Catedral de Mercedes. Tengo testigos. ¿Algo más?

—Eso lo sabemos, eso lo sabemos —dijo, sonriente—... Pero también estamos al tanto de que usted, por alguna razón, no se tragó la hostia.

Mi corazón dejó de latir. Esto me ocurre siempre que el pánico me traslada a la infancia. A mis secretos de la infancia. Y entonces la memoria me llevó, rauda, a una mañana imborrable de 1979.

Ahora estoy sentado en la séptima fila de la Iglesia Catedral de Mercedes, vestido de blanco inmaculado, junto a otras trescientas criaturas de mi edad, a punto de recibir mi Primera Comunión. La misa la oficia el padre D’Ángelo. Mis padres, mis abuelos, y una docena de parientes llegados de la Capital están a un costado del atrio, apuntándome con máquinas de sacar fotografías.

Tengo dos niños a mi lado. A la derecha el Chiri Basilis, y a la izquierda Pachu Wine. Los tres somos pichones católicos fervientes: durante un año entero hemos asistido a los cursos previos en el Colegio Misericordia. Sábado tras sábado, por la mañana, nos han preparado para esta jornada milagrosa, en que recibiremos el cuerpo de Cristo.

El padre D’Ángelo está diciendo cosas que me llenan de alegría, de emoción y de responsabilidad. Habla de ser buenas personas, habla del amor, de la lealtad y del compromiso hacia Dios. Yo estoy hipnotizado por sus palabras. En un momento miro a mi derecha, para saber si al Chiri le pasa lo mismo. El Chiri está con la boca entreabierta, lleno de júbilo. Miro a la izquierda, para saber si a Pachu Wine le ocurre otro tanto, y entonces veo su oreja.

La oreja de Pachu Wine está llena de cerumen.

La cera es una sustancia asquerosa, grasienta, que aparece a la vista sólo cuando el que la ostenta no se ha lavado las orejas. Pachu tiene kilo y medio de esa mugre pastosa, como si se la hubieran puesto a traición con una manga pastelera. Es tan grande el asco, tal la repugnancia, que toda la magia del cristianismo se escapa para siempre de mi corazón.

Dos minutos después estoy haciendo fila por el pasillo principal de la Iglesia, dispuesto a recibir la Comunión. Pero tengo arcadas. Cuando me llega el turno, el Padre D’Ángelo me ofrece la hostia y yo la tomo con los labios entreabiertos, pero no la digiero por miedo a vomitar a Cristo. Vomitar a Cristo, a los ocho años, es peor que pajearse. Entonces, con cuidado, la saco de mi boca y la guardo en el bolsillo. A la salida, entre las felicitaciones familiares, arrojo la hostia a un contenedor.

Nunca jamás le he contado esto a nadie. Y ésta es, de hecho, la primera vez que lo escribo. El hombre que había tocado a mi puerta, sin embargo, conocía la historia.

—Usted no puede saber eso —susurré. Ya no lo tuteaba.

—No se asuste, señor Casciari —me dijo—, y permítame pasar, será sólo un momento.

No se le puede negar el paso a alguien que sabe lo peor nuestro, lo nunca dicho, lo escondido. Yo debo tener tres o cuatro secretos inconfesables, no más, y el señor que ahora estaba sentándose a mi mesa sabía, por lo menos, uno. ¿Qué quería de mí este hombre? ¿Quién era?

—No importa quién soy —dijo entonces, leyéndome el pensamiento—. Y no quiero nada suyo tampoco. Sólo deseo que evalúe las ventajas de convertirse. Usted no puede vivir sin un Dios.

Respiré hondo. Creo que hasta sonreí, aliviado.

—¿Sos un mormón? —exclamé— Casi me hacés cagar de un susto. Es que como no te vi con un compañerito pensé que…

—No soy mormón —interrumpió.

—Bueno, Testigo de Jehová, lo que sea… Sos de ésos que tocan el timbre temprano. Un rompebolas de los últimos días.

—Tampoco —dijo, sereno—. Pertenezco a Associated Gods, una empresa intermediaria de la Fe.

—¿Perdón?

—Las religiones están perdiendo fieles, como usted sabe. Se han quedado en el tiempo. Nuestra empresa lo que hace es adquirir, a bajo coste, stock options de las más castigadas: cristianismo, budismo, islamismo, judaismo, etcétera, y las revitaliza allí donde son más débiles.

—¿La caridad?

—El marketing —me corrigió—. El gran problema de las religiones es que los fieles las adoptan por tradición, por costumbre, por herencia…, y no por voluntad. Nosotros brindamos la opción de cambiar de compañía sin coste adicional y, en algunos casos, con grandes ventajas.

—Yo estoy bien así —le dije.

—Eso no es verdad, señor Casciari. Sabemos que usted no está conforme con el servicio que le brinda el cristianismo.

El desconocido tenía razón. Hace un par de semanas yo estaba en el aeropuerto y se aparecieron unos Hare Krishnas. Me dio un poco de rabia verlos tan felices: siempre están en lugares con aire acondicionado y los dejan vestirse de naranja…

—…y nadie les prohíbe ir descalzos —dijo el intermediario, otra vez leyéndome el pensamiento.

Desde ese momento, más rendido que asustado, decidí seguir pensando en voz alta.

—Cuando veo a los mormones me pasa parecido —dije—: a ellos les dan una bici y un traje fresquito. A los judíos les dan un año nuevo de yapa, a mediados de septiembre. A los musulmanes los dejan que las mujeres vayan en el asiento de atrás. Los Testigos de Jehová se salvan de la conscripción… ¿Y nosotros qué? ¿A los cristianos, qué nos dan?

—Buenos consejos, quizás —dijo el hombre.

—No cojas por el culo, no uses forro, no abortes, no compres discos de Madonna —me estaba empezando a calentar—. Prefiero una bicicleta con cambio.

—Eso vengo a ofrecerle, señor Casciari: un cambio… La semana pasada convencí a un cliente cristiano de pasarse al Islam. El pobre hombre tenía una novia oficial y dos amantes. Se moría de culpa; casi no dormía. Ahora se casó con las tres y está contentísimo. Lo único que tiene que hacer es, cada tanto, rezar mirando a La Meca.

El intruso empezaba a caerme bien. Por lo menos, tenía una conversación menos previsible que la de un fanático religioso.

—¿Y cuánto cuesta cambiarse a otra creencia? —pregunté.

—Si lo hace mediante Associated Gods, no le cuesta un centavo. Es más, le regalamos un teléfono móvil o un microondas. Nosotros nos encargamos del papeleo, de la iniciación y de los detalles místicos. Y si no está seguro de qué nueva religión elegir, lo asesoramos sin coste adicional.

—Un teléfono no me vendría mal.

—En su caso no, porque usted es ateo. Está ese pequeño incidente del cerumen —me sonrojé al oirlo en boca de otro—… Los regalos son cuando el cliente se pasa de una compañía a otra, y usted no pertenece a ninguna, técnicamente.

Yo sabía que el problema con Pachu Wine, tarde o temprano, me iba a jugar en contra.

—Pero de todas maneras este mes hay una oferta especial —me dijo el vendedor—: si se convierte antes del 30 de octubre a una religión menor, le ofrecemos una segunda creencia alternativa, totalmente gratis.

—No entiendo. ¿Qué vendría a ser una religión menor?

—Hay creencias superpobladas, como el budismo, el confucionismo… La cienciología, sin ir más lejos, últimamente es lo más pedido por las adolescentes, y ya no quedan cupos… Y después hay otras religiones más nuevas, más humildes. Estamos intentando captar clientes en estas opciones, a las que llamamos creencias de temporada baja.

—¿Cuáles serían, por ejemplo?

El vendedor abrió su portafolios y miró una planilla:

—El taoismo, el vudú, el oromo, el panteísmo, el rastafarismo, por nombrarle sólo algunas. Si usted no es mucho de rezar, y no le importa que no haya templos en su barrio, le recomiendo alguna de éstas. Son muy cómodas.

—¿Se puede comer jamón?

—En algunas incluso se puede comer gente.

—Me interesa. ¿Cuál sería la más distendida?

—Si no le gusta esforzarse, le recomiendo el panteísmo: casi no hay que hacer nada. Solamente, cada mes o mes y medio, tendría que abrazar un árbol, por contrato.

Me entregó un folleto explicativo, a todo color.

—Me gusta —dije, mirando las fotos— pero tendría que conversarlo con mi mujer…

El intermediario no se daba por vencido:

—Si firma ahora le regalamos también el rastafarismo, una creencia centroamericana que lo obliga a fumar porro por lo menos dos veces al día.

—Me las quedo. A las dos — dije entonces, ansioso—. ¿Dónde hay que firmar?

El intermediario me hizo rellenar unos formularios y firmé con gusto tres o cuatro papeles sin mirarlos mucho, porque estaban todos escritos en inglés. Antes de irse, me dejó una especie de biblia panteísta (escrita por Averroes), un sahumerio, una pandereta y una bolsita de porro santo. Lo despedí con un abrazo y lo vi salir de casa y perderse en la esquina.

Como todavía era temprano me volví a meter en la cama. Guardé la bolsita y la pandereta en la mesa de luz, me puse boca arriba en la oscuridad de la habitación y sonreí. “Todo por cero pesos —pensé, satisfecho— cero sacrificio, cero esfuerzo. Nada de sudor de tu frente, nada de parirás con dolor, ni esas ridiculeces del cristianismo, mi antigua y equivocada fe”.

Cristina seguía durmiendo, a mi lado. Su reloj despertador, extrañamente, marcaba todavía las 8.59, pero eso no era posible. Habíamos estado hablando más de una hora con el intermediario. Tenían que ser casi las diez de la mañana. Entonces Cristina se dio vuelta y me abrazó.

—¿Otra vez te está doliendo la espalda? —dijo, entredormida.

Sin saber por qué, tuve un mal presentimiento. Como si algo no estuviera funcionando del todo bien.

—No, ¿por?

—Las manos… Te huelen a azufre —susurró, y se volvió a dormir.

Entonces sí, el reloj marcó las nueve en punto.

The Dealer (1)
There are two types of nitpickers that ring the door bell before nine hours in the morning: the sellers and the collectors. The difference is that the collectors don't smile.

Who knock my door yesterday was a seller.

He had that kind smile that asks screams to be cuffed.
I, still of pajamas, didn't have reflexes to beat the door in his face.

Then he took a spreadsheet from his handbag and looking at me said something that I didn't wait:

- Excuse me please, Mr. Casciari- he had Spanish accent - but we know that you still are atheistic. This was what he said. He said exactly this, nothing more nor nothing less.

That he knew me last name was not what scared me, because my name is in a tag in the sidewalk post box. It was not also the religious accusation. The thing that terrified me was the sentence “We know”.

Since the world is the world, nobody that uses the first plural person in this way is good people. Besides the sentence “We know” denote that they were investigating things about my past.

Who announces himself in this way never could be a friend, because he speaks in the name of other people and almost always are the bad boys.


“We know” is a grammatical construction used by the mobsters, by your wife's lawyers and by the customer services of big telephone corporations.


- Am I wrong, Mr. Casciari? – The seller insisted when saw my dispersion.


- Do you still continue being atheistic? -

Now is nine o’clock in the morning - I said – At this time I accept to be any thing for ending soon this issue.


- To finish soon this issue, the best thing is to speak the truth.

- Then I am Christian. I made my first communion to the eight years old, at the Cathedral of Mercedes city. I have witness. Do you want something more?

- We know everything about what you spoke - he said smiling - however we are also informed that you, for some reason, didn't swallow the Host.


My heart stopped beating. This happens every time that the panic transports me for my childhood, to my childhood secrets. Then my memory took me quickly for an unforgettable morning of 1979.

Now I am seated in the seventh bank row in the Cathedral of Mercedes city. I am wearing white immaculate clothes, seated with three hundred children with the same age than me. All we are about to receive our first communion.


The service is driven by a catholic priest called father D’Angelo.

My parents, my grandparents and a dozen relatives that came from the Capital city are placed at the lateral places of the atrium, framing me with their cameras.


At my right side is Chiri Basilis and by the left side is Pachu Wine.

We are three small devoted Catholics: during one year we assisted the catechism classes at the School of the Mercy. Saturday after Saturday, in the morning, we were prepared for this miraculous day in which we will receive for the first time the Body of Christ.


Father D’Angelo is speaking things that fill me with happiness, emotion and responsibility. He speaks about to be good persons, about the love, about the loyalty and about our commitment with God.

I am like hypnotized by the priest's words. In one moment I aim at sideways to check if Chiri is feeling the same. Chiri is listening with his half-open mouth, full of joy.

Then I turn my eyes to my left side to check if Pachu Wine has similar feelings than us, and then I see his ear. Pachu Wine’s ear is full of wax. The wax of the ear is a disgusting and greasy substance that appears when the owner didn't wash the ears.


Pachu has one and a half pounds of that disgusting dirt, as if somebody had injected with a syringe for decorating cakes.

It was so big the disgust, so enormous the repugnance, that at that moment the whole magic of the Christianity left forever of my heart.

Two minutes later I am standing in line at the main aisle of the church, ready to receive the first communion. However I feel nausea. When it arrives my time, father D’Angelo offers me the Host and I receive it with half-open lips, but I don't swallow the Host with fear of vomiting Christ. To vomit Christ to the eight years of age is worse than to masturbate.


Then, carefully I remove the Host of my mouth and I keep it in my pants pocket.
While we receive the congratulations from the relatives, I throw out the Host in a garbage can.

I never told this to anybody. In fact, this is the first time that I write about this.

However the man that knocked on the door knew about this history.

- It is not possible that you know about this history! - I whispered.

- Don't get scared Mr. Casciari - he told me – If you let me enter for a while I will explain all to you.

It is impossible to deny the entrance to somebody that knows our worst things, those things that we never said. Maybe I should have three or four unconfessable secrets and no more than this. Now the one that is sitting down at my table knows at least of one of them.

What this man wants from me? Who is this man?

It doesn't matter who I am - he said as who is reading my thoughts - I don't want anything yours. I only want to ask you to evaluate the advantages of your conversion.

You cannot live without God.

I breathed bottom. I think quiet until his smile had diminished.


- Are you a Mormon? - I asked - Almost you make me defecate of fright. As you didn’t come with another colleague I thought that...

- I am not a Mormon -he interrupted.

- OK, then you should be a Jehovah Witness, or what ever you are, you are of those that it knocks on the door soon early. You are a nitpicker of the last days.

- Also not - he calmly said- I belong to Associated Gods Corporation, a Faith dealer company.

- Pardon? - I answered asking for more explanations.

- The religions are losing entrust, as you already know. The religions are outdated. Our Company buys stocks by a low cost from the religions in crisis: Christianity, Buddhism, Islamism, Judaism, etc. Later we revitalized the weak points of these religions.

- Do you revitalize the charity in the religions?

- We revitalize their Marketing department - he corrected me - The great problem of the religions is that believers proceed by tradition, by habit, by inheritance and not by their own will.

We offered to the believers the option to change the religion without additional cost and depending on the case, with great additional advantages.

- I am that kind of believers - I said.

- This is not true, Mr. Casciari. We know that you are not satisfied with the service that the Christianity supplies.

The stranger was right. A pair of weeks ago I saw at the airport some Hare Krishna believers. I felt some rage of seeing them happy. They always walk in places with conditioned air and they are allowed to dress using orange tunics.

- And nobody prohibits them of being barefoot - the dealer said reading my thoughts again.

From that instant, I felt myself surrounded instead of afraid; I decided to follow the conversation thinking aloud.

- When I see the Mormons I feel something similar -I said- They win a bicycle and a light suit. The Jews have two new years by year. The Muslims have permission to take their four wives in the rear seat of their cars. The Jehovah's Witness are spared of the military service...And what we Christians get?

- Good advices maybe - the man said.

- Don't make anal coitus, don't use condom, don't make abortion, don't hear Madonna’s music - I was beginning to be angry - I prefer a bicycle with 5 gears transmission!

- For quite so I came, Mr. Casciari: to help you to gear up your life!

Last week I converted a Christian customer to Islamism. The poor fellow had an official bride and two hidden lovers. He was getting sick because felt himself guilty, almost he could not sleep more. Now he is married with the three women and it is very happy. The only that he must do is to pray facing to Mecca some days.


The intruder began to be a nice subject for me. At least he had a conversation more interesting than the current religious fanatic conversation.

- And how much cost to change my religion? - I asked.

- If you do through the Associated Gods Corporation it won't cost a cent. Still you win a cellular telephone or a microwaves oven. We took care of the documentation, the initiation and all the mystic details. If you still be insecure and undecided concerning which would be your new religion, we advised you without additional cost.

- A cellular telephone would be well for me.

- Not for you, because you are atheistic. And that small wax incident in your records (I blushed when hearing the issue in another person's mouth). The gifts are for the people that change from a religion to another, and you technically don't belong to any religion.


I knew that the problem with Pachu Wine would come to the surface at any moment.

- Even so, this month there is a special offer – the seller said - If you change for a smaller religion before October 30, we can totally offer free a second alternative religion.

- I didn't understand. What is a smaller religion? - I asked.

- There are religions populated in excess, as the Buddhism. Recently, Scientology has a great demand because the adolescents and there are no vacancies for it.
There are other newer religions. We are in a marketing campaign to get new believers for these new religions that also we called religions in low season.

- Which are these religions? The salesperson opened his handbag and read in a spreadsheet.

- The Taoism, the Voodoo, the Oromo, the Pantheism, the Rastafarians, for mentioning some as example. If you don’t like to pray and don't care that there are not temples in your neighborhood then I recommend you some of these. These are very comfortable.

- Can I eat ham? – I asked.

- In some of these new ones you also can eat human meat. – He answered.

- I concerned about which would be the most open mind new religion?

- If you prefer to avoid efforts, I recommend the pantheism: there is absolutely nothing to do, just every month, or a month and a half, you should hug a tree as it would be stipulated by contract.

Then he gave me an explanatory folder.

- I liked - I said admiring the pictures- however I should talk about this with my wife.

It was not easy to discourage this seller.

- If you sign now we will give you as a gift, the Rastafarian religion, that Central American religion that makes their believers to smoke marijuana at least once a day.

- I want both! - I said anxious- Where should I sign?

The dealer asked to me fill out me some forms and sign in three or four pages. I didn’t pay attention, because were written in English.

Before leaving he gave me a kind of pantheist bible, a censer, a tambourine and a marijuana sack.


I said goodbye to him with a hug and I stayed looking until he turned around the corner.

As was still early, I went back to the bed.

I kept the marijuana sack and the tambourine in the nightstand drawer and laid down looking upward and I though smiling “Everything with zero cost, zero sacrifice and zero effort. No sweated forehead, no giving birth with pains, nothing about my old and wrong faith.”

Cristina is by my side sleeping. The alarm clock showed 8:59 am, however this was not possible. I was speaking around one hour with the dealer, therefore it should be close to ten in the morning. Then Cristina was turned and she hugged me.

- Are you again with pain in your back? - She still sleepy asked.

I don’t know why but I had a bad premonition, as if some thing was going wrong.

- I am not with back pain, why are you asking? – I said.

- Your hands are smelling brimstone - she whispered and she slept again.

Then effectively the clock showed that it was 9:00 am.


______________

(1) Translation to American English: Jorge Trimboli.

O intermediário (2)
Há dois tipos de miseráveis que tocam a campainha da porta antes das nove da manhã: os vendedores e os cobradores. A diferença é que os cobradores não sorriem. O que tocou minha campainha ontem era um vendedor. Ele tinha aquele sorriso amável que pede a gritos ser esmurrado. Eu, ainda de pijama, não teve reflexos nem para bater a porta na cara dele. Então ele tirou da pasta uma planilha e olhando para mim disse algo que eu não esperava:

- Me desculpe por incomodá-lo, senhor Casciari – ele tinha sotaque espanhol – mas nós estamos sabendo que o senhor ainda é ateu.

Isto foi o que ele disse. Textualmente. Nem uma palavra a mais nem uma palavra a menos.

Que ele soubesse meu sobrenome não foi o que amedrentou, pois afinal este está escrito na caixa postal na calçada. Também não foi a acusação de cunho religioso, que poderia ser fruto da casualidade. O que me aterrorizou foi a frase “nós estamos sabendo”.

Desde que o mundo é mundo, ninguém que usa assim a primeira pessoa do plural é boa gente.
Além do mais a frase “nós estamos sabendo” denota que andaram basculhando coisas do passado. Quem se anuncia assim nunca é teu amigo, pois fala representando outras pessoas, que quase sempre são os vilões. “Nós estamos sabendo” é uma construção gramatical usada pelos mafiosos, pelos advogados de tua esposa e pelos atendentes da Telefónica.

- Estou enganado, senhor Casciari? - insistiu o vendedor ao perceber minha dispersão – Ainda o senhor continua sendo ateu?
- São as nove da manhã – eu disse – A esta hora aceito ser qualquer coisa para acabar logo com este assunto.
- Para acabar logo o melhor é o senhor falar a verdade.
- Então sou cristão. Fiz minha primeira comunhão aos oito anos de idade, na Catedral das Mercês. Eu tenho testemunhas. Voce deseja algo mais?
- Isto que falou nos sabemos – ele disse sorridente – porém também estamos informados que você, por algum motivo, não engoliu a hostia.

Meu coração parou de bater. Isto me acontece toda vez que o pânico me transporta para minha infância. Meus segredos da infância. Então minha memória me levou rapidamente para uma inesquecível manhã de 1979.

Agora estou assentado na sétima fileira de bancos na Catedral de Mercedes. Estou vestido de branco imaculado, assentado junto de trezentas crianças da mesma idade que eu. Todos estamos prestes a receber nossa primeira comunhão.

A missa é oficiada pelo padre D'Angelo. Meus pais, meus avós e uma dúzia de parentes vindos da Capital estão situados na lateral do átrio, enquadrando-me com suas máquinas fotográficas.

Há dois meninos a meu lado. À direita o Chiri Basilis e à esquerda Pacho Wine. Somos três pequenos católicos devotados: durante um ano inteirinho freqüentamos as aulas de catecismo no Colégio da Misericordia. Sábado após sábado, de manhã, fomos preparados para este miraculoso dia no qual receberemos o Corpo de Cristo.

O padre Dángelo está falando coisas que me enchem de alegria, de emoção e de responsabilidade. Fala de sermos boas pessoas, fala do amor, fala da lealdade e de nosso compromisso com Deus.
Eu estou como hipnotizado pelas palavras do padre. Num momento miro de soslaio para conferir se o Chiri está sentindo o mesmo. O Chiri está com a boca entreaberta, cheio de júbilo. A seguir olho para minha esquerda para conferir se o Pachu Wine está igual que nós, e então vejo sua orelha.

A orelha do Pachu Wine está cheia de cera.

A cera da orelha é uma substância nojenta e gordurosa que aparece quando o que está com ela não lavou as orelhas. Pachu tem um quilo e meio dessa sujeira nojenta, como se alguem tivesse injetado com uma seringa de enfeitar bolos. Era tão grande o nojo, tão enorme a repugnancia, que toda a magia do cristianismo se foi embora para sempre do meu coração.

Dois minutos depois eu estou fazendo fila pelo corredor principal da igreja, pronto para receber a primeira comunhão. Porém eu sinto náusea. Quando chega minha vez, o padre D'Angelo me oferece a hostia e eu a recebo com os lábios entreabertos, mas eu não engulo a hostia com medo de vomitar a Cristo.

Vomitar a Cristo aos oito anos de idade é pior que masturbar-se. Então, com cuidado tiro a hostia de minha boca e a guardo no bolso da calça. Na saída, enquanto recebemos os cumprimentos dos familiares, eu jogo fora a hostia num latão de lixo.

Eu nunca contei isto para ninguém. De fato, esta é a primeira vez que escrevo acerca disto. Porém o homem que bateu à porta sabia desta história.

- Não é possível que o senhor saiba desta história! - eu sussurrei sem o tratar mais de “você”.
- Não se assuste senhor Casciari – ele me disse – permita-me entrar só por um instante.

Não é possível negar a entrada a alguem que sabe nossas piores coisas, aquelas que nós nunca dissemos, aquelas que estão escondidas. Eu talvez deva ter três ou quatro segredos inconfessáveis e não mais do que isto. O senhor que agora estava sentando-se à minha mesa sabia pelo menos de um deles. O que queria de mim este homem? Quem era este homem?

Não importa quem eu sou – disse então ele lendo meus pensamentos – Eu não quero nada do que é seu. Eu tão somente desejo que avalie as vantagens da conversão. O senhor não pode viver sem Deus.

Eu respirei fundo. Acho que até sorri aliviado.

- Você é um mormon? - eu disse- Quase voce me faz cagar de susto. É que como você não está com algum coleguinha eu pensei que...

- Eu não sou um mormon – ele interrompeu.

- Bom, então voce deve ser Testemunha de Jeová, ou seja lá o que voce é, voce é daqueles que bate à porta logo cedo. Voce é um enche-saco dos últimos dias.

- Também não – disse serenamente – Eu pertenço à Associated Gods, uma empresa intermediária da Fé.

- Perdão? - eu respondi pedindo mais explicações.

- As religiões estão perdendo fieis, como o senhor já sabe. As religiões ficaram desatualizadas, Nossa empresa compra a baixo custo as ações das religiões em baixa: cristianismo, budismo, islamismo, judaísmo, etc. Depois nós revitalizamos os pontos fracos das religiões.
- Pontos fracos como a caridade? - eu perguntei.

- Revitalizamos o marketing – ele me corrigiu – O grande problema das religiões é que seus fieis as seguem por tradição, por costume, por herança e não por vontade própria. Nós oferecemos a opção de mudar de religiao sem custo adicional e dependendo do caso, com grandes vantagens adicionais.

- Eu sou assim também – eu disse.

- Isto não é verdade, senhor Casciari. Nós sabemos que o senhor não está satisfeito com a prestação de serviços que o cristianismo lhe fornece.

O desconhecido tinha razão. Um par de semanas atras vi no aeroporto uns Hare Krishna. Eu senti um pouco de raiva de vê-los tão felizes. Sempre andam em lugares com ar condicionado e eles são permitidos de vestir-se com túnicas alaranjadas.

- E ninguém os proíbe de ficar descalços – disse o intermediário lendo de novo meus pensamentos.

A partir desse instante, eu me sentindo mais rendido do que assustado, decidi seguir a conversa pensando em voz alta.

- Quando eu vejo os mormons sinto algo parecido – eu disse – Eles ganham uma bicicleta e um terno levinho. Os judeus tem dois anos novos por ano. Os muçulmanos tem permissão para levar suas mulheres no banco de atras do carro. Os Testemunhas de Jeová são dispensados de fazer o serviço militar...E que ganhamos os cristãos?

- Bons conselhos talvez – disse o homem.

- Não faça coito anal, não use camisinha, não faça aborto, não ouça músicas da Madonna – eu estava começando a ficar bravo – Eu prefiro uma bicicleta de marchas!

- Para isso mesmo eu vim, senhor Casciari: para ajudá-lo a mudar a marcha de sua vida. A semana passada converti um cliente cristão para o islamismo. O coitado tinha uma noiva oficial e duas amantes escondidas. Ele estava adoecendo por causa do sentimento de culpa, quase nem dormia mais. Agora está casado com as três mulheres e está feliz da vida. O único que ele deve fazer é a cada tanto rezar virado para a Meca.

Este intruso estava começando a me resultar simpático. Pelo menos ele tinha uma conversa menos gastada que a conversa dos fanáticos religiosos.

- E quanto custa mudar de crença? - eu perguntei.

- Se você o fizer através da Associated Gods não vai lhe custar nem um centavo. Ainda você ganha um telefone celular ou um forno microondas. Nós cuidamos da documentação, da iniciação e dos detalhes místicos. E se ainda está inseguro e indeciso acerca da qual seria tua nova religião, nós o assessoramos sem custo adicional.

- Um telefone celular cairia muito bem para mim.

- Para voce não, porque voce é ateu. Ainda tem aquele pequeno incidente do cera na orelha – eu me ruborizei ao ouvir o assunto na boca de outra pessoa – Os brindes são para as pessoas que mudam de uma religião para outra, e você tecnicamente não pertence a nenhuma.

Eu sabia que o problema com o Pachu Wine viria a tona a qualquer momento.

- Mesmo assim, este mês há uma oferta especial – me disse o vendedor – Se você se converter para uma religião menor antes do dia 30 de outubro, podemos oferecer-lhe uma segunda crença alternativa totalmente gratis.

- Eu não entendi. O que é uma religião menor? - eu perguntei.

- Há crenças povoadas em excesso, como o budismo. A Cientologia tem sido ultimamente a mais pedida pelos adolescentes e as vagas estão esgotadas. Há outras religiões mais novas, mais humildes. Nós estamos em campanha de captação de clientes para estas religiões que também nós chamamos de crenças em baixa temporada.

- Quais são estas religiões?

O vendedor abriu sua pasta e olho numa planilha.

- O taoismo, o vudú, o oromo, o panteísmo, o rastafarianismo, por mencionar algumas como exemplo. Se você gosta de rezar pouco e não se importa que não haja templos em seu bairro, então lhe recomendo alguma destas. Estas são muito cômodas.

- E eu posso comer presunto? - perguntei.

- Em algumas pode até comer carne humana. - ele retrucou.

- Me interessa. Qual seria a religião de mente mais aberta?

- Se você detesta esforçar-se, lhe recomendo o panteismo: quase não há nada para se fazer, apenas a cada mês, ou mês e meio, você deveria abraçar uma árvore segundo seria estipulado por contrato.

Então ele me deu um folheto colorido explicativo.

- Eu gostei – eu disse admirando as fotografias – porém devo conversar disto com minha esposa.

O intermediário não se dava por vencido fácilmente.

- Se voce assina agora lhe daremos como brinde o rastafarianismo, uma crença centroamericana que obriga seus seguidores a fumar maconha pelo menos uma vez ao dia.

- Fico com as duas! - eu disse ansioso – Onde devo assinar?

O intermediário me fez preencher uns formulários e assinei em três ou quatro folhas sem prestar muita atenção, porque os papeis estavam todos escritos em inglês.

Antes de ir-se ele me deu uma especie de biblia panteista, um incensário, um pandeiro e um saquinho de maconha. Me despedi dele com um abraço e fiquei olhando até que ele virou na esquina.

Como ainda era cedo, voltei para a cama. Guardei o saquinho e o pandeiro na gaveta do criado mudo, fiquei deitado olhando para cima e sorri. “Tudo por custo zero – eu pensei com satisfação – sacrificio zero, esforço zero. Nada de testa suada, nada de parir filhos com dores, nada de minha antiga e errada crença”.
Cristina seguia a meu lado dormindo. O relógio despertador mostrava estranhamente as 8:59 am., porém isto não era possível. Eu fiquei falando mais de uma hora com o intermediário, portanto deveria ser perto das dez da manhã. Então Cristina se virou e me abraçou.

- Outra vez você está com dores nas costas? - ela perguntou ainda sonolenta.

Sem eu saber porque, tive um mal pressentimento, como se alguma coisa estivesse errada.

- Não estou com dores, porque? - eu respondi.

- Tuas mãos estão cheirando enxofre – ela sussurrou e voltou a dormir.

Então desta vez sim, o relógio mostrou que era nove horas em ponto.

______________

(2) Tradução: Jorge Trimboli.
Imprimir Enviar a un amigo Historias 199 Comentarios