| anterior siguiente |
Después de veinte años he dejado de fumar. Hace dos meses que me siento extranjero en mi propio cuerpo: un turista que levanta la cabeza para observar la altura de sus pulmones, y que le saca fotos al monumento de una escalera que subió sin agotarse. Ésa es la buena noticia. La mala es que se me acabó el ingenio para siempre. Ya no sé escribir ni se me ocurren cosas graciosas a la tarde. Hoy es la primera vez que me siento frente a una hoja para intentar un texto largo, y es probable —aviso desde ahora— que me salga choto.
Para cortar algo de raíz no hay que esperar el tiempo propicio, sino el peor momento. Si uno logra deshacerse de un vicio cuando más le duele, mantener luego la virtud es trabajo de niños. Para dejar de apostar, por ejemplo, hay que viajar a Las Vegas. Para acabar con el alcohol, lo mejor es un casamiento con barra libre. Yo elegí el peor momento para dejar el cigarro: el inicio de un Mundial de Fútbol.
Por lo general, los mundiales son épocas en que el fumador duplica la dosis diaria: el que fumaba dos atados, empieza a comprar cuatro; quien aspiraba tres cartones, entonces se reserva seis. En la primera ronda se fuma porque hay demasiados partidos para ver, porque se empieza a percibir en la piel el espíritu mundialista; y en las etapas eliminatorias se echa humo porque los partidos duran cientoveinte minutos y casi siempre hay penales, y todos los instantes son decisivos, extremos y casi siempre históricos.
Yo no fumé un puto cigarro durante todo el Mundial.
Para ponérmelo todavía más difícil, lo invité al Chiri a mi casa para que viniera a pasar el mes de junio con nosotros. Para un fumador, la llegada de su mejor amigo (después de muchos años de ausencia) provoca largas charlas nocturnas, puestas al día en miles de cuestiones trascendentes, revisión teórica de la vida entera, etcétera. Es decir, se generan momentos en donde el humo y el alcohol son protagonistas necesarios. Es casi imposible dejar de fumar en medio de la felicidad.
Yo, señores, no fumé más que saludable porro mientras departía con mi simpático amigo. Nada de tabaco. Ni uno solo. (Chiri, en cambio, se convirtió en un escuerzo.)
Al principio me sentí inmortal, una especie de superhéroe que hace lo que quiere, cuando quiere. Es la primera vez que dejo de fumar —nunca lo había intentado antes ni tenía pensado hacerlo jamás— y me estaba saliendo a la perfección. Tosí durante dos semanas como un leproso, es verdad, pero en cada esputo me sentía un poco más místico o más santo. En lugar de una desintoxicación, aquellas semanas parecieron un castigo bíblico:
—¡Escupirás de por vida por haber pecado! —me decía una voz mientras yo vomitaba en el baño.
Despues, por suerte, algo en mi laringe pareció lubricarse del todo y empecé a ser otra persona. Pude cantar el estribillo de “Nostalgias”, por ejemplo, cosa que jamás había logrado en mi juventud. Mi casa dejó de oler como una agencia hípica. Mi mujer empezó a mirarme con un cierto respeto, hijo de la voluntad. Etcétera. Hasta que un día subí con unos amigos una montaña sin asfixiarme: nunca lo había logrado antes. Nunca había estado en la cima de ningún accidente geográfico. Estaba limpio y me sentía otro.
Pero no podía escribir. Tampoco podía sentarme en el sofá anaranjado por la tarde a pensar boludeces, ni a inventar teorías, ni a componer canciones. Algo estaba ocurriendo, ya no en mi cuerpo, ni siquiera en mi cabeza. Algo empezaba a desmoronarse en mi alma. En general siempre fui una persona frívola, alegre y despreocupada. Pero desde que dejé el cigarro me he convertido en mi abuelo materno, que era un señor que vivía enojado y nadie sabía por qué.
Lo que se siente, en realidad, es la muerte de un gemelo. No hablo del cigarro sino del que uno era con el cigarro en la mano. Hace ya dos meses que no soy yo en las sobremesas, ni en la calle, ni frente a un partido de fútbol, ni puedo aportar nada en medio de una charla interesante. Pusieron a otro que no soy del todo yo, a un pelotudo con chicle; yo no estoy porque me he muerto de tos el 20 de junio. Una tarde, incluso, me descubrí doblando la ropa de la secadora.
—¿Qué carajo estoy haciendo? —me dije mientras alisaba una sábana beige— ¿Quién soy, de dónde vengo, por qué estoy doblando ropa en vez de escribir un soneto?
Hasta aquí, todos los problemas eran únicamente existenciales. Pero entonces llegó un momento horrible. Por alguna razón (a pesar de que dejé de fumar) debo seguir manteniendo económicamente a mi familia, y mi trabajo consisiste en escribir cosas graciosas. No hablo de Orsai, donde cuento gansadas por placer, sino de mis trabajos pagos, donde cuento gansadas por dinero. Allí también tengo que estar mínimamente feliz para responder con eficacia. Y empecé a no poder hacerlo.
—¿Ya has cobrado? —me preguntaba mi mujer a principios de este mes, y yo ni siquiera había enviado los artículos a las revistas, ni los guiones a la tele, ni había hecho nada gracioso… No podía sentarme frente al teclado. No me salía nada. Ni siquiera puedo, al día de hoy, hacer reír a la Nina con morisquetas. Soy un mormón, soy Jim Carrey, soy un abogado, soy un árbitro de fútbol, soy una licuadora, soy cualquier cosa de ésas que no tienen gracia.
Hace quince días, por primera vez en toda mi carrera profesional, me devolvieron un texto por mediocre. Lo hicieron con respeto: “Hernán, fíjate si puedes mejorar un poco esto que no está del todo pulido”. Me puse terriblemente colorado, solo frente a la pantalla. No. No podía mejorarlo. Había estado toda la noche en la máquina tratando de escribir esa carilla y media. Había hecho lo mejor que me salía. Yo mismo sospeché que era un texto de mierda mientras lo enviaba, pero no supe hacer nada mejor, porque ahora soy un estúpido. Un tipo sin gracia.
Pero estaba en juego el pan de la Nina, sus estudios, su futuro, y tenía que volver a ser gracioso. Entonces decidí empezar a fumar un cigarro, o dos, sólo cuando tuviera que escribir, y únicamente cuando ese trabajo me reportase dividendos. La noche del 11 de julio me senté frente a la máquina, prendí un Marlboro, y durante esos siete minutos escribí como siempre y envié el trabajo sin ningún esfuerzo. En el momento que el humo subió a mi cabeza tuve otra vez todas las cosas claras, fui repentinamente chistoso y la escritura resultó automática y fluida.
Más tranquilo, ya con las cosas económicas algo más claras, me puse a pensar qué haría entonces con mis hobbies literarios; qué haría, por ejemplo, con este Orsai. ¿Debía fumarme también un cigarro para escribir aquí una vez por semana? ¿O en cambio tenía que esperar a escribir sin fumar? Al no haber un contratiempo económico, no tenía por qué sucumbir al vicio.
Hace dos horas tomé una decisión: es posible que sea un error grave, pero ya está hecho.
Debo enfrentarme a mi mediocridad. Acostumbrarme a ser un estúpido y a que no me dé vergüenza un párrafo descoordinado. Y acostumbrar a los lectores de este cuaderno, claro, a que sigan leyendo a un tipo que perdió casi todo su potencial creativo. Ustedes me perdonarán este texto, que seguramente no ha tenido gracia ni ha tenido climax ni ha tenido nada. Debería haber regresado —después de dos meses de ausencia— con algo polenta, con algo divertido, y no con este ladrillo.
Pero es el primer artículo largo que me sale sin un cigarro en la boca. Parece mentira, pero me siento bastante orgulloso de esta cagada que acabo de escribir.
| Imprimir Enviar a un amigo | Autoayuda 359 Comentarios |
| anterior siguiente |