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Hace unos meses empecé a recibir correos electrónicos de paraguayos enojados. No unos pocos correos, sino cientos. La gran mayoría de los mensajes me amenazaba con diferentes destinos como la muerte, la típica golpiza o el infaltable corte de piernas. Me asusté muchísimo, porque soy cobarde, y porque soy curioso quise saber el motivo de semejante encono. Lo encontré enseguida: el periódico de mayor tiraje del Paraguay, de corte sensacionalista, había publicado un artículo donde se informaba que un personaje mío ridiculizaba a su pueblo.
El texto se titula “Kurepas chantas se burlan de paraguayita” (el vocablo kurepa, imagino, es un despectivo de argentino en el idioma guaraní) y lo transcribo completo porque no tiene desperdicio:
). Por supuesto, los editores de este diario ni siquiera sospechan que son ellos quienes, desde hace docenas de años, están ridiculizando a su pueblo con la publicación de esa prensa. Pero no quiero centrarme en ese asunto, sino en otro.
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Portada de "Diario Popular". Periódico paraguayo líder en ventas, 30 de noviembre de 2005.![]() |
¿Por qué recupero ahora este asunto de los paraguayos y su enfado, entonces? Sólo por asociación libre de ideas. Resulta que a principios de este mes ha surgido —por culpa de unas caricaturas de Mahoma aparecidas en la prensa europea, y por las que el mundo musulmán se ha sentido agredido— un debate más o menos universal sobre el humor y la ofensa; o quizás sobre la censura y el miedo; o incluso sobre la prudencia y la libertad de expresión.
(Como entiendo que no es imprescindible estar al tanto de lo que ocurre en el mundo, les dejo aquí a los lectores más despistados una cronología de los hechos y los dibujos satíricos que han provocado ya muertes, manifestaciones y amenazas de asesinato. Una vez que estemos todos al corriente, continúo.)
Como se ha visto, el rocanrról que se ha generado en el mundo a causa de unos simplísimos dibujos parece desmedido, exagerado y, por alguna razón, ambiguo. Me he encontrado varias veces en la prensa, por primera vez en años, a un montón de intelectuales que no saben qué posición moral adoptar al respecto. Esto es bueno (ya era hora de que algunos opinadores dudaran sobre algo), pero para ellos es malo e incluso vergonzoso no saber qué decir.
El hombre progre occidental se encuentra, estos días, frente a un tire y afloje ético a causa de los famosos dibujitos de Mahoma. Por una parte, el hombre progre es gran defensor de la libertad de prensa, aunque la deteste; por otro lado, es muy cuidadoso de no parecer xenófobo, aunque lo sea. Y en esta situación, parece ser, estar a favor de lo primero implica no estarlo de lo segundo, y viceversa. ¿De qué lado debe ponerse el hombre progre para no dejar de ser progre? ¿A favor del derecho universal de expresarse, o a favor del derecho universal de no burlarse de otras culturas?
Lo que no he visto, sin embargo, es a intelectuales, opinadores y demás sabelotodos discurriendo sobre el miedo. Sobre el miedo liso y llano, humano, maricón e instintivo. El miedo paralizante, digo, que es mucho más poderoso que la libertad de expresión, y que la libertad a secas. El miedo, por ejemplo, a los que están locos y tienen revólveres o cuchillos en las manos.
Cuando, hace tres meses, comencé a recibir correos de paraguayos enojadísimos, amenazantes y dispuestos a golpearme si me veían, lo primero que hice (de hecho lo único que hice) fue quitar del pie de esta página mi dirección postal y el teléfono fijo de mi casa. Cuando uno es padre, la sola posibilidad de que una carambola estúpida del destino, por más inverosímil que sea, rasguñe a tus hijos, te convierte en cobarde para siempre. No quiero usar el eufemismo prudente; quiero ser sincero y llamarme cobarde, con todas las letras.
) fue a mi juicio acertadísima por dos razones: hicieron lo correcto y no dejaron de ser graciosos, que finalmente es su objetivo.
No es la primera vez que un humorista, cuando tercia, prefiere decir la verdad en lugar de caer en el facilismo de la rebeldía intelectual, ésa de la que tienden a hablar, y mucho, los que prefieren ser héroes siempre, o cobardes toda la vida. (En general, los héroes perpetuos y los cobardes a tiempo completo jamás son personas inteligentes o sensatas: van a piñón fijo, sin sopesar los matices y las necesidades de cada circunstancia. Las religiones, llevadas al fanatismo, tienen este defecto; los que se suicidan por Alá son tan ciegos como los que luchan por la erradicación del preservativo. Y ambos grupos van disfrazados y creen demasiado en un dios.)
A mí, en lo personal, me da risa la defensa occidental de la libertad de expresión a rajatabla: esa heroicidad permanente. Me da risa porque el intelectual occidental sospecha que tal libertad existe, que goza de ella; tiene la seguridad de que todos la poseemos, de que es un bien a resguardar o conservar dentro de nuestras democracias. Y no. La libertad de expresión sólo existe en tanto lo expresado no ofenda a un idiota con pistola. Entonces, si la mitad del mundo es fanático (y lo es), la otra mitad no es libre un carajo.
Tiene razón el editor de “El Jueves”: un chiste, por magnífico que sea, por necesario que parezca, nunca vale más que la posibilidad de que alguien bombardée la embajada de tu país, o la de cualquier país. Por tanto no existe la libertad de expresión, ni en el humor ni en las ideas, porque el humor (y también las ideas) son metáforas que sólo comprenden quienes comparten un código común.
Para cada uno de nosotros hay temáticas sagradas, o dolorosas, o humillantes, o vergonzosas, o no cicatrizadas, o que aún son complejos, o secretas, o también inmorales, sobre las que no quisiéramos que se practique el humor. Las hay en lo individual, y también en nuestra pertenencia a un grupo. Y lo cierto es que nadie entiende las costumbres de los demás.
: cientos de jovencitas que en Birmania, en pleno siglo XXI, llevan unos collares dolorosos en el cuello para que les crezca el cogote, cosa que allí parece ser sexualmente provocativo. La hija del señor londinense está vomitando en el baño para que le quepa un pantalón de la talla 34, mientras su padre se mortifica mirando la Nacional Geographic y agradeciendo haber nacido del lado occidental de este mundo.
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Las "niñas jirafa" de Birmania. La foto es de Associated Press, y la noticia
apareció en la sección Entretenimientos (lo juro) del diario argentino La Nación.![]() |
Para muchísima gente, dibujar a Mahoma parece ser la inmoralidad más grande de la historia, y no comprenden ni comprenderán nunca que otros se lo tomen a la ligera. Para otra muchísima gente, poner de mucama a una señorita paraguaya en una novela argentina es, también, ahondar en una cicatriz abierta y dolorosa. A mí todo eso, la verdad, me chupa un huevo. Y sólo deja de chupármelo cuando quieren demostarte lo equivocado que estás pegándote trompadas o matándote. Ya no hay humor allí. Ya no hay nada más que personas desquiciadas.
Pero esto no es nuevo, no es de ahora, no tienen la culpa ni la velocidad de la información ni el resentimiento musulmán causado por las últimas guerras sucias, ni el hecho de que en Argentina haya muchas mucamas paraguayas, y tintoreros japoneses, y almaceneros gallegos. Esto es así desde siempre. Desde la escuela primaria, que es el sitio en donde todos empezamos a educarnos en la crueldad del humor, en donde aprendemos a ser víctimas o verdugos del chiste, en donde con mayor o menor ironía recalcamos y exageramos las diferencias del otro.
El niño de escuela primaria que bautiza “cuatro ojos” a su compañero miope, sea quizás, de mayor, un humorista. Pero el niño de escuela primaria que bautiza “cuatro ojos” a un compañero miope con navaja, será, desde entonces y para siempre, un imbécil.
Y ni éste ni aquél tienen derecho a la libertad de expresión, ni la tendrán nunca, porque el otro estará siempre al acecho con el filo de su chiste o con el filo de su navaja. Lo que tienen ambos niños, lo que tenemos todos en este mundo desde que somos chicos y para siempre, es muchísimo miedo a que los demás, sin motivos aparentes, practiquen con nosotros la crueldad.
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