Viernes 24 de Febrero, 2006
La teoría de los guiños
por Hernán Casciari

Desde hace muchísimo tiempo tengo una teoría que —sintetizada— resulta un poco paranormal, o en cierto punto inmadura, pero que tiendo a seguir al pie de la letra. No suelo hablar de este asunto más que en sobremesas reducidas, donde conozco bien al grupo que me presta atención, porque se trata de un pensamiento que puede confundirse con lo místico, o con lo religioso, y me daría mucha vergüenza compartir una postura con Nacha Guevara o con un obispo. Pero como estamos entre amigos, hoy quisiera exponer aquí, por primera vez en público, mi Teoría de los Guiños.

Hace unos tres meses, más o menos, vino a verme a Barcelona la dueña de una editorial vasca, para proponerme un proyecto. Nos encontramos en un café de Las Ramblas por la noche, pedimos cervezas y me dediqué a escuchar la propuesta y a conocer mejor a su ideóloga. La editora resultó ser una mujer simpática, hiperactiva, llena de ideas brillantes, que me cayó muy bien; la propuesta —escribir y publicar una novela de misterio con determinadas características, en su editorial—, me pareció un gran desafío personal y una labor literaria estimulante.

Sin embargo al final de la charla, cuando llegó la hora de pagar nuestras cervezas, descubrí que me habían robado el bolso con todo lo que había dentro. Las tarjetas, el dinero, las llaves de mi casa, el teléfono, un par de libros; no mucho más. La editora me acompañó a la policía para hacer la denuncia, me dejó usar su móvil para cancelar las tarjetas y se portó como una gran amiga durante toda la burocracia que hay que hacer cuando nos roban, que a veces es más fastidiosa que ser robado.

Nos despedimos, la mujer y yo, en la puerta de la seccional de policía. Ella se fue para su hotel y yo para mi casa, desvalijado. Dijimos que seguiríamos conversando sobre la novela por teléfono, para coordinar los tiempos, los pasos a seguir, y hasta el gramaje del papel. Cuando me quedé solo, sin embargo, supe que no debía escribir ese libro. Y no lo hice.

La Teoría de los Guiños funciona, por lo general, en los momentos que la vida nos brinda una posibilidad, o nos ofrece un riesgo, o nos da la opción de pegar el volantazo y cambiar de carril. Es decir, cuando surge una expectativa o comienza a desarrollarse una esperanza. En esos momentos, creo yo, el mundo que nos rodea se pone alerta y comienza a emitir gestos de complicidad, en clave, señales sutiles y a veces irónicas, para alentarnos o para persuadirnos a seguir adelante.

Los primeros años que viví en Buenos Aires, mientras buscaba trabajo, le prestaba mucha atención al viaje entre mi casa y la oficina donde ocurriría la entrevista. Si las puertas del subte se abrían exactamente en donde yo me había detenido a esperar, por ejemplo, era un buen guiño, un buen presagio laboral. Si elegía ir en taxi y tardaba mucho en pasar uno, era una mala señal. Si durante el camino me cruzaba a un conocido que me caía bien, buena cosa. Si el conocido era un pesado, mala espina. Finalmente, aceptaba o no el puesto de trabajo según lo que me hubiera ocurrido en la calle.

Uno de los motivos más fuertes que me decidió a volar a España y cambiar mi vida, cuando hube de optar por hacerlo o no, tuvo que ver —también— con esta teoría de los guiños. Narro esa historia en los cuatro últimos párrafos de Lado B: canciones lentas. También en ese artículo hablo un poco de esta teoría: la vida está grabada en los surcos de un longplay (digo allí), y uno es la púa ciega que rasguña el vinilo. Lo difícil no es que suene la música —siempre suena—, sino dar con el surco que a cada cual le corresponde.

He sospechado siempre que la vida tiene sentido sólo cuando estamos parados en el surco del vinilo que nos corresponde. Y no siempre ocurre. Las pequeñas desgracias cotidianas son, a mi entender, productos de una mala decisión muy anterior, tan anterior que nos resulta imposible relacionar una cosa con la otra. La decisión que nos incorpora a un surco “nuestro”, en cambio, sólo puede traernos ventura.

Los guiños son complicidades del destino, que ya está escrito; son señas de truco que nos alertan justo en los momentos de cambio hacia una expectativa nueva.

—¿Es este riesgo un surco tuyo? —parece preguntarnos el destino, con un gesto mínimo— ¿Realmente deberías dar este giro, asumir ese riesgo, firmar ese papel, seguir tan lejos a esa mujer, tener ahora ese hijo, escribir esa novela, mudarte de casa; justo ahora? ¿De verdad serás feliz en esa casa, o con ese hijo, o con esa mujer, o en ese proyecto? ¿Es ése el surco del disco en el que sonarán las mejores canciones de tu vida?

Hace un tiempo, cuando una editorial me ofreció llevar al papel la novela de Los Bertotti, me llegó el contrato por correo la mañana del 16 de marzo; justo, justo, el día de mi cumpleaños. Y el libro salió a la calle, por casualidad, un 26 de septiembre: el mismo día que, dos años antes, se publicó el primer capítulo de la novela en Internet. Guiños de complicidad que sólo me alentaban, que nada más me daban ánimos o me mostraban una luz verde. Por eso seguí.

No creo que haya que tener percepciones extrañas, ni un determinado talento, para descubrir estos guiños. Me parece que el truco es ver qué tan cómodo se siente uno de camino a la decisión, cuántas pequeñas luces (verdes, amarillas, rojas) se presentan en el transcurso del tiempo que nos lleva optar por seguir adelante o quedarse en el molde.

Este pensamiento me vino a la cabeza esta mañana a raíz de otra cuestión, también editorial. El lunes que viene firmaré por fin el contrato con Plaza & Janés para publicar en papel los mejores artículos de Orsai, tanto en España como en América Latina (aquí mi primera propuesta de portada). El guiño, otra vez, ocurre con las fechas: la firma del contrato ocurrirá el lunes que viene, 27 de febrero. Justo, justo, justo, el día en que Orsai cumple dos años. La señal es inmejorable.
Primera versión de tapa. El libro aparecerá a fin año en España, y todavía no tiene fecha en Argentina. Recopila unos ochenta artículos escritos entre 2004 y 2005.

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