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Más o menos una vez por semana recibo correos de lectores que me informan que han visto textos míos firmados por otros, o no firmados pero sí apropiados por terceros. Hay, en esto, dos hechos que me regocijan: el primero es que los informantes se me presentan enojadísimos, es decir, que sienten tan propios esos textos que les causa irritación verlos en otras manos; y el segundo hecho reconfortante es que el plagio menor, en sí mismo, es una forma analfabeta y torpe del homenaje.
Me confiesa, por ejemplo, el lector Dish en un correo de hace algunos meses:
En general suelo responder estos correos aconsejando a los lectores dolidos que no se hagan mala sangre, que el hecho no reviste demasiada importancia, porque (también por lo general) los usurpadores de textos suelen ser adolescentes que colaboran en foros de Internet, o personas mayores pero amateurs, que no cometen más delito que desear saber —por un rato— qué repercusión tendría, en su ámbito, un texto propio que les ha gustado.
Quiero decir con esto que no siento que me hayan usurpado ni robado en un sentido estricto o comercial, sino que sospecho que han colocado sus nombres al pie de un párrafo ajeno, para ver qué se siente, qué sensación produce verse representado por esas ideas.
Intentaré explicar mi postura con un ejemplo más claro. Imaginemos que hay un monedero que contiene un billete de cincuenta dólares y un DNI. El ladrón malo lo abre, saca el billete y se va. En cambio el ladrón bueno, o el ladronzuelo soñador, quita el DNI ajeno, pone el propio, y se queda mirando qué se siente ser poseedor de cincuenta dólares. Quizás también hace un poco de alarde entre sus amigos, pero al final de la tarde deja el monedero y el billete en su sitio. Éste no es un ladrón peligroso, es un gilún, y no merece castigo ni juicio alguno.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte he comenzado a recibir informes más serios, en donde la usurpación de textos provenía de profesionales, es decir, de personas que trabajan diariamente con las ideas y viven de ello, como yo mismo. Supe, por ejemplo, que un presentador de radio argentino llamado Beto Casella y supuestamente humorista (no lo digo con ironía ni con segundas intenciones, sino porque desconozco su rubro), había publicado en su web personal dos textos de Orsai, íntegros, omitiendo el autor y la fuente o, lo que es lo mismo, dando a entender que eran propios.
Aquí ya la cosa cambia porque, a pesar de la cara de gilún del usurpador, no se trata estrictamente de un gilún, ni de un despistado, ni de un adolescente que me está homenajeando sin saberlo, ni de un amateur. Sobre todo esto: no se trata de un amateur. Yo creo que aquí reside el punto de inflexión.
En este caso Beto Casella me estaba utilizando de guionista para sus proyectos comerciales o, como poco, para incrementar de algún modo su prestigio profesional. Y no está mal que lo haga; lo que está mal es que no me alerte, ni me pida permiso, ni me ofrezca recompensa a cambio, ni me permita un sí o un no sobre la potestad de mi propia obra.
Cuando ocurren hechos de este segundo calibre sí actúo. En aquel caso particular, hace un par de meses le escribí un correo aséptico, incluso ingenuo, al usurpador con cara de gilún:
Lo que ocurrió una semana más tarde fue bastante desolador: Beto Casella —o su webmaster, quién sabe— agregó una dirección al pie de cada artículo (una dirección que hay que copiar, no un enlace directo), no incluyó el nombre del autor del texto en ninguna parte y, lo que es realmente triste, nadie contestó jamás mi correo electrónico, ni para disculparse ni para echarle la culpa a un tercero, que es lo que siempre se suele hacer. Nada. La desidia absoluta. Mala cosa.
Hubo otro caso que me llamó muchísimo la atención, más cercano en el tiempo, que ocurrió el mes pasado y me fue alertado por el lector Ezequiel Baum. El artículo editorial de las páginas 11 y 12 de la revista argentina MDQMag (núm. 34, noviembre 2005) le ofrecía a sus lectores el siguiente contenido que, al ser editorial, no lleva firma porque se entiende que pertenece al director o jefe de redacción:

En este caso, la verdad, me quedé bastante pasmado por varios motivos. El primero la alevosía de la usurpación, claro. Pero más que nada me molestó la incomprensible fractura argumental de mi artículo España, decí alpiste. Lo habían rebajado a copete, a entradilla, a anécdota superficial. Imagino que se trata de una de estas revistas modernas para adolescentes vacíos, en donde los editores le tienen pánico a poner demasiadas letras, pues sospechan que todo se soluciona con un diseño juvenil y muchos blancos. No lo sé. Y al no saber, tampoco me quedaba claro cómo actuar al respecto.
Dejé pasar un mes sin hacer nada, y el 1º de enero envié al director de la revista, Pablo Santillán, una tarjeta de año nuevo como imagino que le gustan: con poco texto, un poco de diseño vanguardista y mucho aire:
En este caso, y al contrario que con el enmudecido Beto Casella, la respuesta fue bastante rápida, espontánea y, digamos, un poco naïf.
El director de la revista MDQMag se me presentó por mail como un muchacho realmente inexperto, una especie de recién llegado al mundo editorial que debía cargar sin saber cómo con una revista profesional al hombro, y no denotaba mala intención sino que parecía únicamente vivir adentro de un tarro de mayonesa:
La impresión que me quedó, despues de leer este correo, que está fechado ayer 4 de enero, fue muy extraña. Algunas frases, como por ejemplo “te felicitamos porque está genial”, y esta otra: “si tenés más de ésos mandalos” y sobre todo ésta: “siempre estamos publicando notas de lectores”, me generaron la ilusión óptica de que yo les había enviado a ellos algo en mi condición de lector fanático de MDQMag, que ellos valoraban mi esfuerzo, que estaban evaluando publicar mis textos y que me querían regalar un poco de ropa.
Repentinamente, la rabia que me había provocado ver el plagio en la revista desapareció. Ahora lo que sentía era una especie de compasión o tristeza. Compasión no por Pablo Santillán, sino por la calidad de los directores de medios gráficos en Argentina, si Pablo Santillán era uno de ellos. Le respondí, ya no como un autor enrabietado, sino como un padre, tutor o maestro de escuela primaria:
Supongo que en todos los casos de usurpación o plagio menor, siempre es necesario evaluar (aún a riesgo de equivocarse o de que te engañen) las características del usurpador antes de poner el grito en el cielo. Instalarse en sus zapatos, quiero decir; indagar en la esencia del delito, en el ámbito del pequeño fraude y en aquello que los abogados llaman ‘dolo’ en su segunda acepción.
Hay una gran diferencia, creo yo, entre la distracción amateur y el desafío compadrito, entre la inexperiencia bebé del que pide perdón y retracta, y la deshonestidad profesional silenciosa. Hay, sin duda, una enorme distancia moral entre el ingenuo Pablo Santillán y el malavenido Beto Casella; entre el que está comenzando y puede aprender de los errores y aquel otro que, ya de vuelta de su oficio y agotado, prefiere hundirse en la mediocridad sin rebajarse siquiera a una disculpa privada.
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