Martes 10 de Mayo, 2005
Cincuenta minutos con Gravinsky
por Hernán Casciari

—Tome asiento, Casciari —me dice Gravinsky cuando entro a la consulta, y revisa con rapidez la libreta donde apunta mis cosas—… El jueves pasado usted me decía que prefiere darle la razón a todo el mundo, que le huye a las confrontaciones intelectuales. ¿Es correcto?

—Sí —le digo—, más o menos era eso. Como si tuviera agorafobia, como esa gente que tiene miedo de salir a la calle, pero en el terreno de las ideas. Me rompe mucho las bolas discutir. Ya no discuto.

—¿Y por qué cree que le tiene pánico al debate?

—No es pánico.

—Si le huye es pánico.

—No se le huye nada más que a lo que se le tiene miedo; también uno se va cuando es al pedo.

—Y usted piensa, entonces, que debatir es en vano.

—Creo que la discusión que se somete a debate hoy en día no tiene goyete.

—¿Por qué?

—La gente está muy alterada por las circunstancias, Gravinsky. Las circunstancias parecen confusas, hay muchos gritos, muchas voces. No creo que a nadie le interese realmente llegar a alguna parte. Pienso que resulta más reconfortante el medio que el fin.

—¿Cuál es el fin, Casciari? Según su óptica, claro.

—Las ideas, de eso no hay dudas. Las circunstancias debieran ser solamente los medios, y nosotros somos unos idiotas que nos vamos moviendo de un lado al otro. Pensamos cosas, hacemos cosas.

—¿Usted qué piensa?

—Nada nuevo, lo de siempre: que la humanidad está sumamente cansada, nada más. A mí me preocupa mucho el lugar que ocupa la sensatez en medio de esta especie de cansancio crónico.

—¿La sensatez?

—La inteligencia. Tendría que haber dicho la inteligencia, pero me suena a ensayo sociológico.

—¿Y qué lugar ocupa la inteligencia?

—Por lo menos, un lugar súmamente cómodo. Creo que la gente se terminó por cansar de las ideas.

—De las circunstancias también parece haberse cansado.

—Pero esto es más común: porque las circunstancias se suceden invariablemente, y nos cansamos de las cosas que pasan cada tanto. Somos muchos, nos pasan cosas distintas, hacemos una cagada atrás de la otra, tenemos miedo de morirnos, miedo de quedarnos solos, de no ser correspondidos, de no envejecer con la persona que deseamos, etcétera, y vamos actuando según eso.

—¿Entonces?

—Lo que hasta hace un tiempo pasaba, y ahora ya no, es que por encima de los hombres y de las circunstancias siempre había un lugar para las ideas. Y esas ideas eran diversas, eran muy contrastantes incluso. Ahora parece haber una sola inteligencia aceptada por todos. Un nuevo progresismo de fast food, listo para llevar. Como usted, sin ir más lejos.

—¿Cómo yo?

—Usted es sicólogo, es argentino, vive en Barcelona, es de izquierdas, tiene barba perita, es judío, está leyendo ese libro de ahí arriba, está a favor de los matrimonios gays y le encanta que nos tratemos de usted y que haya esta especie de respeto. Usted es un “bien pensante”.

—No encuentro que eso sea malo. ¿Por qué lo dice en un tono despectivo?

—Es que resulta muy fácil ser un "bien pensante". Parece que solamente hay que estar en contra y a favor de algunas cosas muy obvias: en contra de las desigualdades sociales, en contra de la matanza de gente, a favor de Olmedo como el mejor cómico nacional, a favor de la marihuana libre, a favor de los libros, en contra de la tele... Sacar patente de bien pensante no resulta un trámite en el que haya que tener demasiadas luces.

—No estoy de acuerdo en absoluto. Pensar suele ser un proceso muy lento para los tiempos que corren.

—Estoy cansado de los tiempos que corren. Cada cosa horrible que pasa alrededor tiene que ver con los tiempos que corren. ¿Usted no se da cuenta que somos nosotros los que corremos alrededor de los tiempos?

—¿Y hacia dónde supone que vamos?

—Quiénes.

—Nosotros.

—¿Usted y yo? ¿Sicólogo y paciente?

—La Humanidad, hombre. Que a dónde cree usted que va la humanidad.

—¡Otra típica pregunta de debate! No debe haber, en toda Barcelona, dos cristianos que vayan para el mismo lado, y todos quieren saber a dónde va La Humanidad... De las dos preguntas fundamentales, de dónde venimos y hacia dónde vamos, yo no tengo la más puta idea; pero se me hace que estamos llegando tardísimo. No me acuerdo quién decía esto, pero tenía razón.

—Vázquez Montalbán.

—¿Ve? Usted ahora está encantado de haber tenido una respuesta para eso.

—Pero es que, sin respuestas, no se podría debatir sobre nada.

—Es que los debates fallan no por lo que se responde, sino por lo que pregunta.

—Hágame una de esas malas preguntas que provocan un mal debate.

—"Qué piensa sobre los judíos". Ahí tiene una muy mala.

—Ahora formule una buena pregunta sobre ese tema.

—"¿Por qué piensa alguien que hay que pensar alguna cosa sobre los judíos?". Esa es buena. Pero a los progresistas les queda más cómoda la otra.

—¿Por qué?

—Porque les da pie para responder lo que hay que responder para ser un bien pensante: "¿Qué pienso sobre los judíos? Nada, son seres iguales a cualquiera".

—¿Y qué respondería usted?

—Diría: "¿Por qué habría que pensar algo sobre los judíos?"

—¡Pues porque en este siglo ocurrió una matanza sistematizada de judíos, Casciari! La más grande de la historia contemporánea…

—¡Pero qué viveza! Eso ocurre porque alguien se puso a hacer la cuenta del conjunto de judíos muertos. Yo quisiera ver cuánto da la cuenta de otros conjuntos de seres muertos, a ver qué pasa...

—¿De qué conjuntos me habla?

—Cualquiera: cuántos seres distraídos murieron en el siglo veinte, cuántos seres con pelo crespo, cuántos con aro en la oreja izquierda, cuántos con ideas raras... Por lo pronto, la matanza más grande y sistematizada de la historia del siglo no fue del grupo de seres denominado "judíos", sino del grupo de seres denominado "humanos". Y después hay otros subconjuntos tan arbitrarios como el subconjunto "judíos" que también le sacan unos cuantos cuerpos: está el subconjunto "varones", el subconjunto "mujeres" y lamentablemente el subconjunto de seres denominado "niños de corta edad". Después viene la matanza sistematizada de seres denominados "inocentes", y así podemos seguir toda la tarde.

—Es una tremenda idiotez lo que está diciendo.

—Los "judíos" ni siquiera están en el top-ten, Gravinsky. Lo único que tienen a favor los judíos, en este extraño privilegio numérico de morir en grupo, es que la muerte les ocurrió de manera no muy desparramada, motivo por el que alguien pudo hacer la cuenta. Y como esa cuenta dio aproximadamente tres millones, un enorme conjunto de seres denominado "pelotudos" debaten a favor y en contra de los judíos.

—Habla como si estuviera en contra de los judíos.

—¡La puta madre que lo parió, Gravinsky! No sé quién mierda son los judíos.

—Los judíos somos un grupo de personas que practicamos la ley de Moisés.

—Y los menotistas somos un grupo de personas que practicamos la ley del achique. Qué hay con eso.

—Usted no tiene derecho de mezclar el fútbol con la muerte de inocentes.

—Fíjese una cosa, y dígame quién confunde: si una persona da muerte a otra utilizando un palo grandote, se habla de víctima y victimario, ¿sí?

—Sí.

—Ahora, si a la víctima le ponemos una camiseta roja, blanca y negra, todos dirán que han matado a un hincha de Chacarita. Los diarios dirán "Se investiga la muerte del hincha de Chacarita" y esa forma de decir las cosas a nadie le parecerá extraña. Y después yo mezclo...

—Lo que quiero significar es que…

—A veces prendo la radio y oigo que han matado a “un-hin-cha” y no puedo creer que a alguien le suene normal esa frase. Mire: ¿quiere algunas buenas preguntas para hacer un gran debate sobre la famosa violencia en el fútbol? Yo tengo algunas.

—A ver.

—¿A cuántas cuadras de la cancha tiene que ocurrir la violencia para que sea violencia en el fútbol? ¿A diez, a veinticinco cuadras? Otra: si un tipo que sale de la cancha penetra, contra su voluntad, a una señorita vestida de verde, ¿puede decirse que violaron a una hincha de Ferro? ¿También eso sería violencia en el fútbol, o ese rótulo solamente sirve para crímenes que ocurren entre el conjunto de seres denominados "simpatizantes", y al subgrupo denominado “masculinos”? Otra pregunta interesante: si, por negligencia, se cae una tribuna de cemento con quinientos hinchas, ¿es violencia en el fútbol o violencia en el sector de la construcción?

— Casciari, ¿se da cuenta que en cada sesión, comencemos como comencemos, usted acaba siempre hablando de fútbol?

—Si quiere salimos del tema fútbol y volvemos a los judíos: si en lugar de la sede de la AMIA hubieran volado un Carrefour, ¿los progresistas se colgarían un cartel todos los años con la consigna "todos somos repositores" y saldrían a manifestarse? O si volaban un contingente de downs adentro de una combi, ¿saldría la gente con un cartel "todos somos mogólicos"?

—Usted lo que está es enfermo de la cabeza.

—¡Bingo, Gravinsky! ¿Y para qué se piensa que vengo y le pago cuatrocientos euros a la semana? Mire, hay una cantidad de debates que me encantaría oír, y me tengo que conformar con el famoso a favor y en contra del aborto, de la droga, de los políticos, de los judíos, de la moral y de la pena de muerte...

—¿Y es por eso que prefiere no confrontar?

—Debe ser por eso.

—Ya han pasado los cincuenta minutos, Hernán; nos vemos el lunes.

—Hasta el lunes, Lorenzo.

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