Martes 04 de Enero, 2005
Los espejos han vivido equivocados
por Hernán Casciari

Nunca en la puta vida me hubiera imaginado que el diario, siempre plagado de maremotos y de incendios de discotecas, pudiera traer alguna vez una buena noticia. Pero se ve que el periodismo está cambiando, o por ahí el que está cambiando es el mundo. O yo. La cosa es que el 2005 empezó muy bien.

La madrugada del 31, después de comerme cuarenta turrones, me fui a dormir pensando que no estaría mal —ya que empezaba un año nuevo— intentar llevar a cabo alguna de esas mariconadas de inicio de época, como adelgazar o dejar de fumar o escribir una novela de amor. Elegí la primera opción y me dije para mis adentros, convencidísimo:

—Desde mañana, Jorge, empezás la dieta —(para mis adentros me llamo Jorge).

El problema de esta clase de planteos altruistas de la noche del 31, es que al día siguiente está la cocina llena de cosas que sobraron de la nochevieja. Ahí está el problema.

¿Cómo vas a empezar a adelgazar si te despertás con resaca y te encontrás con un quilombo de platos para lavar (hecho que genera ansiedad) y cuando abrís la heladera hay un pionono casi entero, medio lechón y treinticinco latitas de paté que te dicen:

—Coméme, Jorge, que si no me comés me pudro... —los alimentos también me llaman Jorge, en la intimidad.

Así es cada año. Por lo menos hasta ayer. Porque el domingo fue que ocurrió el milagro.

Nosotros en casa, como somos de derecha, compramos el ABC. Así que el sábado 1 de enero me pasé el día comiendo lo que había sobrado del 31, y me fui a dormir con culpa. A la mañana siguiente, me levanté y me fui a cagar con la revista dominical del diario.

No sé si a ustedes alguna vez les pasó que el diario les informara sobre algo personal. A mí no me había pasado nunca. Pero el dos de enero, a las nueve de la mañana, leí en el diario ABC que yo soy un chico delgado. La primera reacción, al ver la noticia, fue de escepticismo:

—Será otro Casciari —me dije.

Pero después había más datos, que confirmaban que la noticia hablaba de mí: "Hernán Casciari, un chico delgado de origen argentino", decía la prensa. Entonces ya no me quedaron dudas.

Yo no sé si será la sugestión, o el hecho de conocer la verdad incontrastable, pero desde ese segundo me sentí mucho más liviano, más elástico, hasta con ganas de salir a correr.

—Cris, Cris —le dije a mi mujer, despertándola del sueño.

—Qué pasa.

—Soy delgado.

Al principio Cristina reaccionó con escepticismo, pero cuando leyó el diario no le quedaron dudas. Incluso empezó a mirarme de otro modo.

—Es increíble —me dijo mientras desayunábamos—. ¿Y cómo has hecho, en tan poco tiempo?

—La fuerza de voluntad —le contesté—. Mueve montañas. Ahora me siento mucho mejor, mucho más alegre... Tengo ganas de hacer cosas, de comprarme ropa, de ir en bici al trabajo.

Cristina, mientras comíamos, miraba el diario frentéticamente.

—¿Qué buscás? —le pregunto.

—¿No dirá en alguna parte que yo soy rubia?

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