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Hasta hace unos años solamente pirateaba discos de músicos millonarios. Había algo, un sentimiento de culpa, hilachas de solidaridad, que me impedía bajarme canciones de gente pobre, pues me daba la impresión de que les estaba quitando el pan de la boca. Robarle 17 dólares a Paul McCartney me parecía bien, incluso sano, pero quitárselos a Peteco Carabajal no. Ahora en cambio ya no respeto nada, como todo el mundo. Y me siento raro.
Ayer a la tarde el programa eMule terminó de traspasar a mi computadora la discografía completa de Canario Luna, un cantor uruguayo que vive al día, que almuerza —cuando puede— gracias a la gente que compra sus discos, y que cuando no almuerza es por culpa de la gente que se baja sus canciones por Internet. Son ocho discos, todos muy bellos, que en el mercado me hubiesen costado unos 100 dólares. Los tengo gratis.
Cada vez que busco o comparto discos en la Red me hago la misma pregunta: ¿qué va a pasar con la música si todo sigue así? Está claro que en unos años adquirir un disco legalmente va a ser tan ridículo como comprar aire embolsado. Está claro que las discográficas (tal como las conocemos) tendrán que reciclarse y pensar en nuevos negocios. Y también está claro que los músicos dejarán de cobrar del modo tradicional por hacer su trabajo.
El viejo, caduco y mal encaminado comunismo que se intentó proponer a mediados del siglo veinte acabó por consolidarse, de casualidad, en los bienes intangibles del arte popular. La música es de todos los que tengan una conexión de adsl. Es cierto que no todos tienen ordenador, pero no estoy hablando de justicia social. Sólo digo que, por fin, todo el mundo que puede compartir algo está empezando a hacerlo de un modo sistemático. Lo mío es tuyo; lo tuyo es mío. Si viviera, Marx navegaría con Mozilla y hubiera escrito "El Capital" con código libre.
Todo muy lindo, pero, ¿qué va a pasar ahora, que hemos ganado la batalla? ¿No ocurrirá, igual que en la fábula de la gallina de los huevos de oro, que perderemos la música? ¿No será que los intérpretes y compositores morirán de hambre antes de empezar a crear, o se dedicarán a mantener empleos rentables (funcionarios municipales, por ejemplo) que no les dejarán tiempo para componer?
La verdad es que no tengo la más puta idea, pero también sé que no soy yo el que tiene que encontrar la solución a ese problema técnico. Las discográficas y los músicos tendrán que adaptarse al mundo igual que se han adaptado o se han muerto de hambre los linotipistas de las imprentas cuando apareció el PageMaker, igual que se han adaptado o han muerto los fabricantes de sombreros de copa cuando el mundo decidió que ya era hora de ir a las fiestas con la cabeza despejada.
Los tiempos cambian. Hace veinte años yo era un adolescente. Me traía a casa alrededor de cinco longplays por semana. Era una máquina de comprar música. Sin embargo, nunca tuve tantas canciones en mi habitación como tengo hoy en la carpeta "incoming" de mi disco C.
De hecho, la totalidad de música que, durante los ochentas, existía en Disco Libra (calle 24 y 27 de Mercedes) es la misma que cabe en un iPod actual. Toneladas de vinilo entran hoy en un bolsillo. Toda mi habitación mercedina, llena de libros y discos, no pesaban en realidad más de dos gigas comprimidos.
Me provoca una sensación extraña hacer estas comparaciones. Me gusta que sea así, y al mismo tiempo descubro que los baúles mercedinos que dejé cuando salí de casa, toda esa maravilla de mis quince años, eso que creía un tesoro invalorable y perdido, ahora está a dos clics de mi presente barcelonés y ni siquiera me perteneció del todo.
Trascartón, los dispositivos para almacenar música son cada día más amplios. Hace poco hablábamos de megas y nos alcanzaba. Ahora debemos hablar de gigas, pero también nos quedará chico este sistema de medida dentro de poco.
No faltará mucho para que ocurra lo que pasó con los kilómetros la tarde que comprendimos la inmensidad del espacio: tuvimos que inventar el año luz para no empacharnos de distancias. En breve mediremos la capacidad de nuestros dispositivos en años música, es decir, la medida serán todas las canciones que podamos escuchar en un año sin apagar el equipo.
—¿Cuánta memoria tiene tu iPod?
—Cuatro años música.
—Qué loco... ¿Y qué te cabe ahí adentro?
—El último disco séxtuple de Calamaro.
Pero la pregunta de este artículo sigue intacta. ¿Qué va a pasar con la música? ¿Tendrá su plato de sopa caliente, esta noche, el cantante uruguayo Canario Luna, o por mi culpa deberá salir a las calles destempladas de Montevideo a pedir monedas para comprar un cuarto de pan y una cajita de vino?
En esto pienso, amargamente, a la vez que oigo su voz , cascada y hermosa, aparecer por los altavoces de mi casa, envolviendo la tarde, llenándome de nostalgia, y mientras un lector que no conozco, en otra parte del mundo, empieza a bajar su canción desde Orsai, en lugar de ir a comprarse el CD.
¿Tendremos el año que viene un nuevo disco de Canario Luna? ¿Podrá ir mañana el maestro al estudio de grabación a preparar su nuevo disco o no tendrá siquiera para un taxi?
La solidaridad del mundo, cuando no funciona, hace mucho daño. Pero a veces sospecho que es peor cuando, de repente, funciona como si todos fuéramos hermanos.
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