Lunes 20 de Septiembre, 2004
Casi consuegros
por Hernán Casciari

Desde que Ally McBeal lleva a su hijo a la misma placita de la esquina donde vamos con Nina por la tarde, mis deseos de que la criatura sea lesbiana han empezado a desvanecerse. Ahora, lo que más quiero en el mundo es ser consuegro de Indiana Jones, y juntarnos los fines de semana a mirar películas de él, mientras Ally conversa en la cocina con mi mujer. ¡Eso es vida!

Todo empezó el miércoles pasado, pero al principio lo adjudiqué a las drogas. Yo volvía del supermercado con dos pollos y cuando cruzaba la calle me pareció ver a Indiana Jones en la esquina de enfrente. No era exactamente el de las películas: parecía más gordo o más viejo, pero me lo quedé mirando embobado. Cuando entré a casa no dije nada, porque si le digo algo raro a Cristina lo primero que hace es racionarme el porro.

Sin embargo, dos días después fue ella la que volvió de la calle con cara de susto:

—¿Qué te pasa? —le pregunto, al verle el gesto desencajado.

—Nada —me dice—. Me pareció ver a Ally McBeal comprando comida en el OpenCor. Pero debe ser que estoy cansada.

Estuve a punto de decirle que a mí también me estaban pasando cosas raras, incluso miré de reojo el televisor, como echándole la culpa de todo (¿cuántas horas por día está ese aparato prendido?), pero otra vez me mordí la lengua. Si ya es horrible sospechar que uno está loco, peor es entender que la locura puede ser del núcleo familiar al completo. Más que nada, me dio pena por Nina, tan chiquita y con padres desequilibrados.

Pero por suerte el sábado nos sacamos un peso de encima.

A las once de la mañana salimos los tres al Paseo, porque el día estaba lindo, y entonces los vimos. Esta vez no había dudas, porque cuatro ojos no pueden ver espejismos al mismo tiempo: ¡Indiana Jones, Ally McBeal y un nene chiquito, jugando en la arena!

Estaban vestidos como gente normal, con vaqueros y camiseta blanca. Él llevaba un gorro y lentes de sol; ella llevaba su anorexia con la frente bien alta. El nene, que tendrá unos dos años, jugaba solo, sin amiguitos.

Entendimos al instante que era nuestra oportunidad:

—¿Sigues con la idea de que Nina sea lesbiana? —me pregunta Cris.

—No —respondo—. Ahora quiero que sea millonaria. ¿Y vos?

—Lo que tú digas.

Dimos media vuelta y nos volvimos para casa. No podíamos presentarle al pequeño Liam una novia mal vestida. La Nina es preciosa al natural, pero gana mucho cuando le ponemos ropa sexy. Así que empezamos a revolver los cajones buscándole algo acorde.

—Lástima que la gordita todavía no sepa inglés —me dice Cristina mientras revuelve los cajones de la cómoda—, porque el nene ése no debe hablar catalán todavía.

—No importa —la tranquilizo—, a esta edad los chicos hablan una especie de idioma universal. Lo importante es que jueguen y se hagan carne y uña.

—¿Habrá paparazzis? —se alarma Cris—. Yo no quiero que la Nina salga en las revistas, todavía.

—Es el precio de la fama, Cris. Si tiene que salir, que salga.

Le pusimos un enterito anaranjado de Ágatha Ruiz de la Prada y la peinamos para atrás, para que le resalten los ojos. Antes de salir, le cambiamos el pañal, por las dudas, y le hicimos hacer eructito, no sea cosa que soltara uno delante de la gente de Hollywood, con lo sensibles que son.

Cuando regresamos a la placita, sin embargo, se nos cayó el alma al suelo.

—Por lo visto no somos los únicos que queremos una hija famosa —dijo Cris, amargamente.

De sopetón, en un abrir y cerrar de ojos, estaban todas las nenitas menores de dos años del barrio de Gràcia alrededor del pequeño Liam. Unos doscientos padres, con cámaras digitales, intentaban inmortalizar el encuentro. Lo que tiene de bueno el primer mundo es que no había revuelo: todos hacían fila para ofrecer en sacrificio a sus hijas.

—Qué decadente —dije, dándole la mano a la Nina, que estaba muy inquieta porque había visto a Laia, la negrita marroquí con la que juega todas las tardes.

—¿Nos ponemos en la fila? —dijo Cris, sin ganas.

Nina seguia mirando a Laia. Laia, desde la arena, le tiraba besos a Nina.

—No, dejá. Vamos a sentarla con la negrita—digo—. ¿No ves que se muere por ser lesbiana esta criatura?

Al rato Liam, el nene famoso, empezó a llorar en inglés. Enseguida, AllyMcBeal e Indiana Jones se levantaron, sonrieron, y se fueron los tres en un taxi, con rumbo al Tibidabo.

A los dos minutos había desaparecido todo el mundo; padres, madres, hijas y curiosos. Fue un desbande en cámara rápida, como cuando le prenden la luz de la cocina a las cucarachas. De golpe y porrazo, como por arte de magia, el Paseo se quedó solo y en silencio.

Nina y Laia, recién entonces, empezaron a darse besitos en la boca.

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