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El domingo apareció en el diario español La Vanguardia un artículo sobre las dos historias de ficción que escribo en Internet. Posiblemente los lectores de Orsai conozcan de sobra qué es una blogonovela, pero el público en general no tiene la menor idea, como Dios manda. Atenti, que es un hecho histórico. (Sobre todo porque habla a favor: que sinó no la pongo ni en pedo.)
El escritor y periodista catalán Josep Maria Fonalleras, en su sección editorial El runrún, se refiere al Diario de Letizia como "una estratagema sagaz, inteligente y divertida", mientras que de la Mujer Gorda dice que se trata de una "deliciosa trampa de ficción". Aquí el texto completo (e imagen) para los lectores no ibéricos, de la primera mención crítica sobre el género blogonovela en la prensa tradicional hispana.

Cuando se supo que la elegida era periodista y cuando los primeros hagiógrafos nos informaron de que además era periodista de raza, en seguida saltaron unos cuantos para reclamar que doña Letizia se quitara el doña por la noche (como quien se limpia el maquillaje) para poder escribir la crónica diaria y se supone que histórica de su paso por tan alta magistratura. Está por ver si a la flamante princesa le da por ahí. Tiene vocación y seguro que habrá material, aunque no sé si tendrá tiempo.
Mientras tanto, un inquieto escritor argentino afincado en Barcelona ha decidido suplantarla escribiendo por su cuenta y riesgo un diario apócrifo de la esposa del heredero. “El diario de Letizia Ortiz: cuando todas soñaban con ser princesas, yo sólo quería escribir” es el título del blog que cuelga de la red y que se ha convertido en el primer recurso que facilita Google cuando tecleas “Letizia” y “Ortiz”.
En realidad se trata de una estratagema sagaz, inteligente y divertida creada por Hernán Casciari para que el internauta acabe dirigiéndose a otra deliciosa trampa de ficción creada por él y llamada “weblog de una mujer gorda”, en la que bajo la apariencia de un dietario anodino de una ama de casa argentina se esconde lo que Casciari llama “fusión entre el viejo folletín y las nuevas tecnologías”.
La estrategia del escritor es ofrecer “una carnada” para que el usuario que pase por “la respetuosa ficción literaria” de Letizia acabe mordisqueando el cebo hasta verse en las fauces de la web que interesa, una web, claro, de la que la Letizia de mentirijillas se declara fan oficial.
Lo fascinante del invento es que la gente se lo cree. Y lo más fascinante es que, aun sin creérselo, siguen participando en él como si la autora de verdad fuera la mismísima Letizia. La trampa, repito, es inteligente.
Hay pequeños errores, como un extravagante “Filíp” por Felipe, o como algún americanismo (“enmantecar la tostada”), pero el resto es perfectamente posible que provenga de la pluma de una chica de Moratalaz.
Hay sentimientos (“somos dos personas que se preparan para un futuro en común”), desconcierto (cuando Letizia sueña con despertar en un mundo “donde las monedas no lleven mi rostro grabado”), humor (“ahora que ya sé utilizar la cubertería correctamente espero que mi porcentaje de aceptación ascienda hasta el 80%”), cariño (cuando Felipe le cuchichea Ortiz o Doña) y trascendencia (“mi vida ahora empieza otra vez; si queréis algo, buscad en mi alma”).
Y se lo creen. Y escriben comentarios como éstos: “vestido precioso en la boda de Dinamarca”. O “te felicito por tu sencillez, elegancia y carisma”. O le piden que conteste y le dicen lo bueno que es ver como una plebeya sube tan alto y la comparan con Grace Kelly. ¡Dios, es para morirse!
Luego están los que alucinan ante la ingenuidad del personal y los que, reconociendo el engaño, argumentan que son felices dejándose engañar. Y los que no pueden dar crédito a la falsedad: “O sea, ¿que escribe otra persona por ella?”. Más allá de toda previsión, rozando el larguero de lo absurdo, les dejo con la última misiva escrita antes de la boda: “A mí me gusta pensar que eres tú, aunque parece evidente que no es así. Espero que todo salga bien el sábado y daros ánimos para soportar todo esto”.
Para que luego digan que los cuentos de bellas durmientes están en declive.
LA VANGUARDIA, pág. 26 | 23 de mayo de 2004
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