Martes 11 de Mayo, 2004
El lector de cerebros
por Hernán Casciari
"En este vagón de tren Retiro-Tigre, hoy sábado a la tarde, hay diecisiete señoritas —en edad de merecerme— que por hache o por bé jamás saldrían conmigo. De ese total, por lo menos una está pasando por un bache sentimental y se encuentra, digamos, vulnerable. Abordable. Con el cerebro tiernito.

"Nuestro gran problema, el de los feos, no es la falta de oportunidades, sino desconocer cuál de las diecisiete señoritas es justo ésa, la que caería en brazos de cualquier gil. Nuestro problema no es la fealdad: es no poder leerle el pensamiento a las pasajeras.

"Las mujeres deberían tener algo (¿un cartel luminoso? ¿un levísimo pitido?) cada vez que están para la cachetada. Cada vez que se hunden en esas tardes en las que se revolcarían con cualquier desconocido para vengarse del estúpido del novio, o porque andan con las defensas bajas. Mientras eso no ocurra, los feos seguiremos arrojando dardos en la oscuridad, tanteando carne de chancho en el vacío, y recibiendo miradas esquivas que nos acobardan y nos hacen miserables."

Hernán Casciari, contemporáneo, 12 de febrero de 1997. Estación Victoria.

Recupero este texto para ustedes, queridos amigos, porque acabo de leer en el Clarín de ayer que el laboratorio Brain Fingerprinting, de Seattle, ha inventado un coqueto artefacto que "permite interpretar información almacenada en el cerebro mediante la decodificación de ondas". En criollo, esto vendría a significar que en breve aparecerá en el mercado un aparatito que lee lo que las chicas están pensando en el vagón del tren.

El destino, que es en gran medida irónico e hijo de una gran puta, ha querido que este electrodoméstico se inventase justo cuando ya estoy casado (para más inri con una hija con la que siempre te terminás encariñando), y en estas épocas en las que uno ya no transita por los trenes primaverales que llevan chicas en musculosa, desde Retiro hasta el Tigre.

Debería cantar aleluyas, con corporativa alegría, por el resto de los feos de este mundo. Pero no, no me alegro. Me da bronca. ¿Para qué me sirve a mí, ahora, este anacrónico descubrimiento? ¿Qué cerebro me conviene escudriñar ahora, si hoy día lo único que me importa en el mundo es echar panza y mirar el fútbol por codificado?

¿Para qué quiero yo, a esta altura, cuando ya casi ni se me irgue la chota, un aparato Sony lector-grabador del pensamiento femenino? ¡Antes lo quería, señor inventor! ¡Cuando era joven, cuando me pasaba el día tratando de interceptar señales de amor y de congoja!

(Ya me pasó lo mismo en los ochenta: el día que por fin se inventó el autito a control remoto sin cables, a mí ya no me interesaban los juguetes, sinó las chicas de los trenes...)

Me estoy empezando a cansar de que los avances atrasen.

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