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Debo decir la verdad: hago sacrificados malabares para no escribir todo el tiempo sobre Nina en este cuaderno. Principalmente por respeto a los lectores, que no se merecen que me convierta —así, de repente— en un comunicador baboso y sensiblero. Pero la verdad es que el único tema del que necesito hablar es del "tema hija". Lo demás me chupa un huevo.
Si fuera por mí, los artículos de este blog se llamarían "Hoy aprendió a enfocar", o "Ya está cagando con consistencia" e incluso "Cuando me mira y se ríe me agarra una cosa acá". ¡Pero no! Soy un profesional, y no debo sucumbir a la tentación amateur de reflejar estados de ánimo que a nadie le importan.
—Pero Casciari —dirá en este momento el lector, siempre tan atento a mis fallos—, mientras usted va diciendo que no quiere hablar de tal cosa, lo hace descaradamente, maldito esquenún.
Pues sí. Acabo de sacar las cuentas, y la última vez que escribí sobre Nina fue el 20 de abril, hace hoy treinta días, y me parece que escribir una vez por mes sobre ella no puede catalogarse, técnicamente, como una obsesión.
Así que habrán de perdonarme los que esperan de mí grandes cosas, pero hoy jueves les escribe el pelotudo que llevo dentro. Y les juro, con la mano sobre el Libro Gordo de Petete, que antes mi vida era la vida de un hombre mucho más recio...
Antes no miraba con cara de boludo las propagandas de pañales por la tele ni le prestaba atención a los hijos de mis amigos.
Antes no quería volver desesperadamente a mi casa.
Antes podía oír llorar a cualquier ser vivo sin empezar a caminar en redondo, desesperado e impotente como el Oso Yogui.
Antes, en los tiempos muertos del subte o el colectivo, yo podía automáticamente no pensar en nada ni en nadie.
Antes yo decía frases como "guguii gugú ajó guguuú" solamente cuando estaba drogado o pasado de fiebre.
Antes me parecía que mi sueldo estaba muy bien.
Antes las tetas de mi mujer eran más interesantes, pero mucho menos fundamentales.
Antes, Argentina no era un lugar donde yo debía llevar a nadie una vez cada seis meses para sentirme completo.
Antes no me había pasado nunca que la risa de otro, ante una broma mía, pudiera convertirme inmediatamente en mejor persona.
Antes la gente que abandonaba a sus hijos recién nacidos en un volquete me parecían seres desesperados, pero no reverendos hijos de puta.
Antes no me importaba ni el peso ni la altura de ningún ser humano en especial.
Antes, María Elena Walsh era un placer sólo mío
Antes yo no tenía miedo de morirme y dejarla sin mí.

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