Viernes 02 de Abril, 2004
Un tiempo que no podemos entender
por Hernán Casciari

Siempre intenté imaginarme a Borges, la mañana del 2 de abril del 82, haciéndose leer los titulares de la prensa del día. No me resulta muy complicado sospechar su desconcierto, su primera ironía verbal, su posterior desconsuelo. Un hombre ya viejo, ciego, amante confeso de Inglaterra y de Buenos Aires, enterándose de la guerra entre sus pueblos.

Yo tenía once años. Mi hermana Florencia ocho. Fueron meses de comunicados por la tele, de escudos argentinos que se multiplicaban en las pantallas. Después de cada comunicado oficial, mi hermana miraba a mi mamá y preguntaba: "¿Y eso es mejor o peor?". Para entonces, y hasta el 10 de junio de ese año, todo era mejor.

Pero en ese lapso, entre el 2 de abril cuando todo empezó, y el 10 de junio en que el Ejército Argentino firmó su rendición, el director del Diario La Nación le pidió a Borges un texto sobre el conflicto, que se publicaría en la portada de la sección Cultura, y posteriormente, en 1985, fue editado en el útimo libro del escritor, "Los Conjurados".

Ese texto (un poema en prosa), habla del conflicto pero también habla de nosotros, de esta raza y de este tiempo en el que vivimos. Cada palabra, cada coma y cada idea, son perfectas, como ocurre en Borges más a menudo que en cualquier otro mortal. Y no creo que nadie deba hacer más nada que transcribir esas líneas, cuando se trate de hablar de aquello. Todo lo demás es redundancia:

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos.

Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras. López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer El Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

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