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Algunas historias de Mirta han saltado los límites de su cuadernito, y eso me alegra muchísimo. La más notoria, hasta ayer, había sido "el post del mate". Con diferentes títulos, casi nunca citando la fuente y no siempre fiel al original, ese capítulo de la Gorda recorrió el mundo, metiéndose en el Outlook de los argentinos nostálgicos de cualquier parte del planeta. Pero la repercusión que ha tenido (y aún tiene) la carta de ayer a Diego Maradona, me dejó patitieso.
Según tengo entendido, la cosa empezó el jueves. Primero lo leyó Ari Paluch en Radio Uno, a media mañana Pergolini en Rock & Pop y más tarde sirvió como apertura en el programa de Lalo Mir, en el mediodía de radio Mitre. Desde entonces, comencé a recibir el triple de mails "para Mirta" que en un día normal, y la página se llenó de nuevos visitantes.
La cosa siguió hoy viernes, por la mañana. Me llamaron de la producción de Mitre para una entrevista con Lalo. Y desde entonces la vergüenza más grande de mi vida comenzó a erigir su sombra nefasta.
Juro que durante la entrevista (vía satélite entre Buenos Aires y Barcelona) yo pensé que todo iba sobre ruedas. Podría jurar que, en mi cabeza, Lalo Mir —quizá el ser humano que mejor conduce radio en la Argentina— me hacía preguntas y yo las contestaba. Juro que no fui conciente del papelón. Mi cerebro sospechaba que todo sonaba normal, incluso hasta simpático.
Únicamente al escuchar, más tarde y ya relajado, la grabación, descubrí mis nervios, mi verborragia enriquepintinesca y pelotuda, mis desvaríos y mi torpeza. Sólo al escuchar la grabación descubrí que dije "guerra del golfo" al querer referirme a la invasión a Irak. O que utilicé la asquerosa frase "floreciente socialismo"; o que, al intentar definir un weblog, dije que es "un diario personal escrito por personas". (Luz verde, Borja: si me querés crucificar por esa frase, estás en todo tu derecho.)
Lo siento mucho, sobre todo por mí. Yo sé que ustedes lo disfrutarán y reirán a mis espaldas. Aquí está el audio completo para que todos puedan hacer leña del árbol caído. Intenté, como siempre sin éxito, ser mejor que el personaje, más entrañable, más perdurable... Y otra vez fallé. Mi existencia es triste hoy, amigos y familiares. Hasta la Nina, al escuchar la voz pedorra de su padre en el éter, rió esta tarde por primera vez en su vida. Rió como jamás antes había oído reír a un bebé: irónicamente.
Aquí me tienen: desnudo, estúpido, desubicado e incoherente. No conocía a nadie (antes de mí) que tuviese el cerebro tan vació como para no dejar hablar a Lalo Mir, ídolo de multitudes; a nadie tan idiota como para interrumpirlo y no dejarle hacer su magnífico trabajo. Pido perdón a él y a todos; mi castigo —como corresponde— es el escarnio público.
Que les aproveche, buitres.
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