Lunes 15 de Marzo, 2004
La Siete Mares
por Hernán Casciari

¿Alguien se acuerda de la Siete Mares? Así se llamaba una radio de onda corta en mi infancia; tenía una antena más alta que yo mismo, y se podían escuchar emisiones de otros países. Algunas noches, necesariamente estrelladas, me recuerdo absorto oyendo por primera vez en mi vida voces en otros idiomas. En los '70 nuestros padres no la usaban para jugar, sino para saber la verdad.

La manipulación de la realidad fue moneda corriente en Argentina durante toda mi infancia. El Gobierno nos decía que éramos un país libre y sin muertos, nos decía que estábamos ganando una guerra en el sur: nos decía muchísimas cosas. Y entonces estaba la Siete Mares, con la que podíamos oír radios extranjeras, y saber la lejana verdad sobre nosotros mismos.

Hoy es técnicamente imposible que un país con desarrollo tecnológico pueda padecer una dictadura basada en la manipulación de la realidad, como ocurrió en Latinoamérica durante mi infancia. Internet hubiera sido una gigantesca Siete Mares, pero también la cueva masiva de la Resistencia.

Cada vez que, en pleno siglo XXI, el gobierno chino intenta coartar la libertad de navegación de su pueblo, la solidaridad secreta del mundo genera, en minutos, nuevos puentes allí donde Hu Jintao había cortado el paso ayer. Y esos puentes son enviados por mail a toda China, y el gobierno chino (torpe como todos los musculosos miopes) no sabe que está peleando contra todos nosotros, y que por eso perderá una y otra vez. Cuando Estados Unidos le mentía a la gente sobre la verdad en Irak, una bitácora gratuita escrita por Salam Pax desde Bagdad le contaba a la gente la verdad. La otra verdad.

Ayer, en España, el Gobierno intentó eternizar una monumental mentira hasta el fin de los comicios, para que la gente no evaluara la realidad y votase a ciegas. El Ministerio del Interior hizo lo humanamente imposible para que no se filtrase la verdadera autoría de una masacre, pues eso podía complicarles el estofado (ya habían comprado los globos, las banderas y las matracas).

Este fin de semana Internet fue fundamental. Para brindar información, sí, pero también para generar concentraciones y consignas. Algunas bitácoras españolas, como la del colega Nacho Escolar, estuvieron en la calle, contándole al pueblo español la verdad con sus ojos. Y cientos de lectores, desde cualquier parte del mundo, estuvimos en Madrid a toda hora, gracias a esa bitácora, y a otras muchas. Y supimos algunas verdades que la prensa y la televisón —a pedido de unas instituciones maquiavélicas— no querían o no podían contar.

¿Qué hubiera sido del No-Do, de Sucesos Argentinos, de la propaganda de Joseph Goebbels, en un mundo conectado como el de hoy? ¿Qué hubiera ocurrido si en cada ghetto polaco hubiese existido un cibercafé, si en cada sótano se hubiese podido resistir con una pc portátil conectada al resto del mundo libre?

No conocemos estas respuestas. Pero este fin de semana ha quedado claro que a veces (no siempre, pero sí cuando hace falta) a cada vez más personas nos queda antiguo el papel impreso de los diarios, nos queda pobre la triste verdad disfrazada de la televisión y la radio, y necesitamos otras formas de comunicar y de comunicarnos.

Durante este fin de semana, por primera vez en la vida he notado que Internet había llegado por fin a alguna parte. Es innegable: las nuevas tecnologías han tenido algo que ver en que hoy, lunes 15 de marzo de 2004, no haya triunfado otra vez una mentira en el país donde esta semana nacerá mi hija.

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